La peligrosa costumbre de esperar menos.
Hay derrotas que no llegan de golpe. No hacen ruido, no ocupan titulares y tampoco tienen una fecha precisa. Ocurren lentamente, casi sin que nos demos cuenta, cuando aquello que un día nos indignó comienza a parecernos normal.
Quizá una de las formas más silenciosas de deterioro social sea esa: acostumbrarnos.
Nos acostumbramos a las calles que llevan años esperando atención, a los servicios que no llegan a todos, a la inseguridad que modifica nuestras rutinas y a las promesas públicas que sobreviven mucho más que las soluciones. En Ciudad Juárez, hemos aprendido a hacer ajustes sobre la marcha, a encontrar alternativas y a seguir adelante, incluso cuando lo cotidiano exige demasiado.
Y es que esta ciudad sabe resistir. Lo ha demostrado en su historia, en su actividad económica, en su gente y en esa voluntad casi obstinada de continuar.
Pero hay algo que deberíamos preguntarnos: ¿en qué momento la capacidad de resistir comenzó a ocupar el lugar del derecho a vivir mejor?
Porque una cosa es reconocer la fortaleza de una sociedad y otra, muy distinta, convertir esa fortaleza en una justificación para sus carencias. Que la ciudadanía resuelva, improvise y se adapte no significa que las responsabilidades públicas hayan desaparecido.
El problema de acostumbrarnos a lo malo no consiste únicamente en soportarlo. Consiste en transformar nuestras expectativas hasta que lo insuficiente comienza a parecernos suficiente.
Y entonces sucede algo todavía más delicado: dejamos de preguntar por qué no se resolvió un problema y comenzamos a celebrar que, al menos, no empeoró. Confundimos estabilidad con progreso, anuncios con resultados y la ausencia de una crisis con la existencia de bienestar.
El poder conoce el valor de las expectativas. Sabe que una sociedad que exige resultados establece límites, mientras que una sociedad agotada puede terminar conformándose con explicaciones. Por eso, la rendición de cuentas no debería ser un ejercicio de cortesía política ni una conversación reservada para los tiempos electorales. Debería ser una práctica permanente.
Sin embargo, tampoco sería justo responsabilizar exclusivamente a una ciudadanía que muchas veces tiene que elegir entre resolver sus necesidades inmediatas o dedicar tiempo a exigir respuestas. La participación requiere condiciones, información y voluntad institucional para escuchar.
Por eso, recuperar la inconformidad no significa vivir permanentemente en el enojo. Significa recuperar la capacidad de distinguir entre lo inevitable y lo corregible; entre las dificultades propias de una ciudad compleja y las deficiencias que sí pueden y deben atenderse.
Juárez no necesita que le recuerden todos los días lo mucho que aguanta. Necesita que su resistencia encuentre correspondencia en decisiones públicas, servicios dignos y resultados verificables.
Porque quizá el mayor triunfo de una mala costumbre es conseguir que dejemos de reconocerla como tal.
Y una sociedad no pierde sus aspiraciones únicamente cuando deja de soñar. A veces las pierde cuando comienza a negociar, en silencio, con aquello que nunca debió aceptar.
No deberíamos medir el progreso de Juárez por todo lo que su gente ha aprendido a soportar, sino por todo aquello que ya no tenga que soportar.

Aida López Carrillo
Licenciada en Derecho por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, con experiencia en administración pública, gestión institucional y vinculación ciudadana. Ha colaborado en áreas del gobierno municipal y en el Tribunal de Disciplina Judicial, participando en coordinación administrativa, manejo de documentación oficial, atención a ciudadanos y seguimiento de asuntos institucionales.
Su trayectoria combina trabajo jurídico, organización administrativa y contacto directo con la comunidad, con un perfil orientado a la resolución de problemas, la adaptación y el servicio.
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