Ciudad Juárez parece haberse convertido en un enorme taller de obra pública. Puentes, pasos a desnivel, excavaciones, maquinaria pesada, carriles cerrados y rutas alternas forman parte del paisaje cotidiano. Basta salir a las principales avenidas para encontrarse con una ciudad que intenta resolver, al mismo tiempo, algunos de sus históricos problemas de movilidad.
Y sí, hay que decirlo: hacía falta infraestructura.
Los proyectos en corredores como Paseo de la Victoria, Francisco Villarreal Torres, Juan Pablo II, Gómez Morín y Teófilo Borunda representan una intervención importante en puntos donde diariamente circulan miles de vehículos. El paquete de obras municipales, estatales y del Fideicomiso de Puentes Fronterizos contempla inversiones superiores a los mil 500 millones de pesos. Una apuesta considerable para una ciudad que lleva años creciendo más rápido que su infraestructura.
Pero hay algo que tampoco debemos ignorar: en México, las grandes temporadas de obra pública suelen coincidir con la recta final de las administraciones y la cercanía de los procesos electorales. No es una práctica exclusiva de un partido ni de un gobierno. Es una dinámica política conocida: acelerar proyectos, inaugurar infraestructura y demostrar que todavía hay resultados que presentar a la comunidad para que lo recuerden en las urnas.
La pregunta no debería ser solamente por qué se construye tanto ahora, sino por qué muchas de estas necesidades tuvieron que esperar tanto tiempo.
Las obras son necesarias, pero también deben planearse con anticipación, ejecutarse con calidad, respetar los presupuestos y concluirse dentro de los plazos establecidos. Una fotografía de inauguración no puede sustituir una evaluación de su utilidad.
Mientras tanto, quienes vivimos aquí tenemos que enfrentar la otra cara de esta transformación: el tráfico.
Y aquí comienza nuestra propia responsabilidad.
Porque podemos reclamar obras, exigir mejores vialidades y cuestionar los tiempos de ejecución, pero también debemos preguntarnos cómo nos estamos comportando mientras compartimos las calles.
Parece que cada cierre vial despierta lo peor de algunos conductores: el claxon permanente, la invasión de carriles, los cambios bruscos de dirección, quienes se meten a la fila porque consideran que tienen más prisa que los demás y quienes convierten cualquier incorporación en una competencia personal.
No faltan quienes bloquean una intersección, ignoran los señalamientos o ponen en riesgo a trabajadores que están construyendo una infraestructura que, eventualmente, también utilizarán.
La obra pública requiere paciencia, pero la convivencia vial requiere educación.
No todos podemos llegar primero. No todos tenemos prioridad. Y aunque tengamos una cita, una reunión, un turno de trabajo o una emergencia familiar, eso no nos concede el derecho de poner en peligro a los demás.
Hay que salir con anticipación, revisar las rutas alternas, respetar los límites de velocidad, seguir los señalamientos y permitir las incorporaciones. También hay que entender que detrás de cada desviación hay trabajadores expuestos al tránsito y personas que intentan cumplir con su jornada.
Y las autoridades tienen su parte: señalización visible, información oportuna, agentes viales en los puntos conflictivos, supervisión de las constructoras y transparencia sobre los avances. La paciencia ciudadana no debe convertirse en un cheque en blanco para retrasos, improvisaciones o trabajos deficientes.
Juárez necesita mejores puentes, pero también mejores conductores. Necesita infraestructura moderna, pero igualmente una cultura vial que esté a la altura de una ciudad que aspira a ser más ordenada.
Quizá estas obras terminen convirtiéndose en una solución para miles de juarenses. Ojalá así sea. Pero no podemos esperar a que concluyan para comenzar a cambiar nuestra manera de conducir y de relacionarnos con los demás.
Porque mientras las máquinas trabajan para conectar avenidas, nosotros tenemos que aprender a compartirlas.
Al final, todos tenemos un destino, todos tenemos algo importante que hacer y todos queremos llegar a casa.
Que las obras no nos hagan perder el sentido de comunidad. En una ciudad que está en construcción, la educación vial también debería estarlo.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político
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