El suicidio es una de las problemáticas más complejas y dolorosas que enfrentamos como sociedad. En México, las cifras son alarmantes: la tasa general de suicidio alcanzó 6.2 por cada 100,000 habitantes en 2022, y el aumento entre adolescentes y jóvenes ha sido particularmente preocupante. Este fenómeno, agravado por factores como la pandemia, el aislamiento y las demandas emocionales y sociales, no solo refleja una crisis de salud pública, sino también un llamado a reflexionar sobre el cuidado emocional de las personas que nos rodean.
Históricamente, la salud mental ha sido relegada a un segundo plano en las políticas públicas. Aunque el gobierno de México ha implementado programas como la Línea de la Vida y los Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones, la cobertura sigue siendo insuficiente. Las estadísticas revelan que el grupo más vulnerable son los jóvenes, quienes enfrentan una mezcla de presiones académicas, sociales y emocionales, exacerbadas por un entorno pospandémico que ha dejado profundas huellas psicológicas y uso desmedido de tecnología.
Además, el estigma asociado a la salud mental impide que muchas personas busquen ayuda. Esto refuerza la necesidad de educar a la población sobre la importancia de identificar y abordar las señales de alerta, como cambios bruscos de comportamiento, aislamiento, irritabilidad o tristeza prolongada.
El suicidio no solo impacta a quienes lo viven, sino también a las comunidades y familias que quedan atrás. Cada caso cercano debe ser un recordatorio de que nuestras interacciones pueden marcar una diferencia. La falta de atención o la ignorancia ante señales de alarma en amigos, familiares o colegas puede tener consecuencias devastadoras.
Es esencial fomentar un entorno donde las personas se sientan escuchadas y apoyadas. Según especialistas, preguntar directamente a alguien si está considerando hacerse daño no incrementa el riesgo, sino que puede salvar vidas al abrir un espacio de diálogo y empatía.
Para una cultura preventiva podemos considerar que para evitar el suicidio se debe trabajar con la concientización colectiva, en la que se puede incluir: educación sobre salud mental: A través de campañas escolares y comunitarias que reduzcan el estigma. Acceso a servicios de atención: fortalecer la infraestructura existente para garantizar que más personas puedan acceder a terapias y apoyo psicológico. Apoyo en el entorno cercano: promover la importancia de escuchar sin juzgar y actuar ante señales de riesgo.
En conclusión, la salud mental no debe ser un tema secundario. Cada historia de suicidio nos llama a reflexionar sobre nuestro papel en la prevención y en la construcción de una sociedad más empática. Invertir en salud mental no solo salva vidas, sino que también crea comunidades más fuertes y resilientes. Es hora de dejar de mirar hacia otro lado y asumir nuestra responsabilidad compartida.

Nora Sevilla
Comunicadora y periodista experimentada, actualmente Jefa de Comunicación en Cd. Juárez del Instituto Estatal Electoral y Tesorera en la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez. Experta en marketing político y estrategias de relaciones públicas, con sólida carrera en medios de comunicación.
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