Hagan sus apuestas… tras los bombardeos de Rusia sobre Ucrania y el desencuentro de Rusia con la OTAN y Estados Unidos, la gran interrogante es saber cuál será el papel que desempeñará China en este nuevo escenario, tanto al interior del Consejo de Seguridad en Naciones Unidas como en su política exterior. 

Desde el primer momento de la escalada del conflicto las miradas apuntaron hacia la tierra de la pólvora y el dragón. ¿sería China el aliado clave de Rusia? ¿se uniría las dos potencias contra el bloque occidental representado en la OTAN? ¿Será este el quiebre definitivo en el conflicto que sostienen Estados Unidos y China? ¿Estamos presenciando la caída de un imperio y presenciando el arribo de una nueva súper potencia?

Son muchas las interrogantes y las hipótesis que los expertos empiezan a formular, pero este sencillo escrito no intenta vaticinar el futuro de estas dos naciones enfrentadas, solo se limita a desgranar las claves de este conflicto, que, si bien no tiene elementos de guerra “caliente” o bélica, el tamaño e influencia de estos dos actores tiene impacto en todo el globo.

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La primera consideración a tomar en cuenta es que la capacidad armamentística y nuclear de China es infinitamente inferior a la de Estados Unidos, por ello que la confrontación entre estos países difícilmente se desarrollará en los términos tradicionales de una guerra. Lo más probable es que el conflicto transite entre una guerra en el mundo del ciberespacio, en el espacio exterior, desarrollo tecnológico, económico, incluso, misiles balísticos intercontinentales.   

A diferencia de Estados Unidos y Rusia, China no destina su dinero a mantenimiento de guerrillas, o grupos subversivos fuera de sus fronteras y tampoco tiene la inquietud expansionista de Rusia, para ellos, todo su dinero se va a los bolsillos de los miembros del Partido Comunista, a construcción, equipamiento e infraestructura material, así como innovación y al desarrollo de nuevas tecnologías. 

Quizás por ello la tibieza de China ante el embate militar de Rusia sobre Ucrania, al que han calificado como; “operación militar especial” y su abstención de voto ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. 

China está jugando su propio juego, por un lado, el pragmatismo inmediato de garantizar su suministro de gas y petróleo crudo por parte del mercado internacional, ya que el 70% de su consumo interno de petróleo proviene del extranjero y el 40% del gas. Y por otro el ya muy conocido juego de una supuesta “neutralidad” en donde lo que lo mueve es garantizar su integridad territorial, la no injerencia y el deseo de limitar los daños colaterales provocados por las sanciones económicas hacia Rusia.

Pero estos deseos suenan casi imposibles, al menos incompatibles en la práctica, pues esa supuesta neutralidad es entendida como un claro intento no solo de favorecer la postura soviética, sino de mermar la supremacía estadounidense en una franca confrontación con el vecino americano por erigirse como la próxima súper potencia hegemónica. 

Recordemos que antes de la incursión rusa sobre cielo ucraniano, el frente abierto que mantenía Estados Unidos era precisamente con China, tan grande es la brecha que se abierto entre ellos que ni el arribo de Joe Biden a la Casa Blanca paró la escalada de animadversión encendida durante la administración del presidente Trump. 

Pero, ¿cómo se originó ese choque entre Estados Unidos y China? Tratando de simplificar el asunto podemos dar como inicio los aranceles impuestos por USA a lavadoras y paneles solares, la mayoría de ellos traídos de China en 2018 como una de las muchas medidas que el presidente Trump tomó para frenar lo que él llamó una descarada estafa por parte de uno de sus socios. 

Muy rápido se propagó el sentimiento de Donald Trump a su gobierno, partido político, medios y ciudadanos hasta convertirse en una posición ideológica y forma de hacer política exterior, hasta los miembros del Partido Demócrata comenzaron a pedir una postura más severa respecto a las relaciones comerciales con China. 

Estados Unidos se siente estafado en sus intercambios comerciales, la presión por parte de sus sindicatos fue determinante para esta situación, la invasión de productos chinos producidos a bajo costo, bajo condiciones de semiesclavitud invadiendo el mercado mundial es solo una de las muchas y grandes puntas del iceberg. 

El toma y daca en cuanto a impuestos arancelarios de uno y otro lado, así como la disputa por el robo de propiedad intelectual, así como la denuncia de transferencia forzada de tecnología americana a China, fueron los primeros escarceos de este conflicto que ha mantenido una fuerte escalada. Viviendo sus momentos más mediáticos cuando el presidente Trump arremetió contra la compañía china Huawei por el dominio en la red de telecomunicaciones 5G y el nuevo gigante de las redes sociales Tik Tok.  

Pero lo que más lo aviva el fuego a esta situación es el sentimiento anti China que se ha albergado en el pueblo estadounidense, para ellos el verdadero enemigo es China, no Rusia, de ahí que se muestren tan poco entusiastas en cuanto a dar su apoyo a Ucrania y enfrentar a Rusia de manera militar. 

La verdadera guerra que se libra es en el terreno ideológico, pero sobre todo económico, de ahí que China no esté interesada en pronunciarse contra Rusia, ni en imponer sanciones y muestra esa máscara de “neutralidad” en una forma de expresar que: “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo”.

Si la guerra con China y Estados Unidos se mantiene únicamente sobre el ámbito de competencia económica y tecnológica desarrollados bajo un sistema democrático y el otro, los beneficios pudieran ser buenos, pues más que probado está el hecho que una de las consecuencias indirectas de este conflicto es el aumentar el presupuesto para actividades de investigación y desarrollo asociadas con nuevas tecnologías, lo cual ya ha quedado comprobado es parte del crecimiento económico y social. 

El gran riesgo es que Estados Unidos se confíe en ganar esta segunda guerra fría. Si desea mantenerse en la jugada deberá ser muy inteligente en cuanto a sus frentes que mantendrá abiertos, cada vez son más tanto en su política interior como exterior. Además de asegurarse de mantener en la carrera de investigación y desarrollo de nuevas tecnologías.

La verdadera Guerra Fría es la que libran China y Estados Unidos, una guerra que está prevista para ser muy, muy larga. China al parecer ha optado por la estrategia de esperar, hablar poco, y solo actuar bajo circunstancias muy precisas y convenientes para ellos. Una espera que solo tiene como objetivo: erigirse en la nueva superpotencia. 

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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