Viernes, cinco de la mañana. El agua caliente de la regadera vaporiza el espejo y cristales del baño, mientras en la habitación las maletas ya estaban listas.

Apenas el miércoles nos habíamos decidido a realizar el viaje, más que por necesidad, por justicia y amor, había que estar presentes, somos familia…

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El más pequeño, con tan solo 8 meses, aún no tenía su acta de nacimiento oficial.

Por motivo de la pandemia las oficinas del registro civil en el estado de Chihuahua habían cerrado sus puertas y confinado el trámite de registro de nacimientos en unas cuantas oficialías.

En Ciudad Juárez sólo una, allá en el Mezquital, en los límites al suroriente de la ciudad, realizaba el trámite.

Sorteando la pandemia, tres veces fui, cada vez más temprano que la anterior, sin poder encontrar una ficha para ser atendido.

La última vez que intenté fue en el mes de junio, eran las seis de la mañana y la fila ya daba la vuelta en la esquina, fue entonces cuando me di cuenta porque no alcancé una ficha las 50 fichas que daban cada mañana.

Cada intento el empleado de gobierno que hacía las veces de filtro en la entrada de la oficina gubernamental se limitaba a decir: «hay que formarse temprano», pero no decía que temprano era a las tres de la mañana.

Consideré que el proceso estaba mal, asignar fichas para ser atendidos solo a los primeros 50 en la fila, obligaba a exponer a las familias a formarse desde la madrugada.

Un sistema de citas en línea o por teléfono habría dado un mejor resultado sin exponerse a nadie…

Hice un par de llamadas buscando esa opción inexistente. La respuesta fue la misma debía ir y formarme.

Ese día comprendí, que ahí alguien ganaba algo al mantener tan arcaico el proceso, en este México bárbaro todo puede pasar, y decidí esperar para cuando llegaramos a un mejor momento, finalmente, estamos en una condición especial, en una nueva realidad.

Como sociedad empezamos a ser más empáticos, o eso pensé.

Llegó el momento en que las oficialías reabrieron sus puertas para estos trámites y lo realizamos sin mayor problema, salvo por la nimiedad de que salimos sin un acta.

A diferencia del proceso antes del Covid, el acta no se entrega el día en que se realiza el trámite, sino que se asigna una fecha en el futuro para recibirla.

Mi hijo menor, «Covidio», lo más hermoso que nos dejó el confinamiento en casa, tendrá la suya hasta el 29 de noviembre y su información tampoco está disponible en el RENAPO para tramitar la CURP, mucho menos un pasaporte.

Mientras tanto, al ser desposeídos del Certificado de Nacimiento Original por efectos del trámite, se nos invita a conservar una copia simple y el «comprobante» del trámite, que es un papelito con el logo de Gobierno del Estado con la fecha de entrega del acta manuscrita grapado a un formulario, para efectos de identificación del niño.

Además, como refuerzo, la cartilla de vacunación, que también son copias simples de una original con sus respectivos sellos, con la «promesa» de tener una original en cuanto estén disponibles nuevamente.

Si no hay cartillas disponibles, qué podemos esperar de las vacunas, hay un lamentable desabasto, no de ahora, desde la administración federal anterior, pero eso es materia para otro relato.

En ese escenario, considerándos en orden, compramos los boletos de avión por Viva Aerobus, viajaríamos mi esposa y yo con el bebé, «Covidio», mientras los niños nos esperan en casa acompañados de un familiar.

En las vacaciones pasadas, esos mismos documentos fueron más que suficientes para viajar y pasar por migración un par de veces, en la que inspeccionaron a detalle, los documentos del vehículo y de todos los pasajeros abordo.

Sin embargo, para Viva Aerobus no era suficiente.

Ya en el aeropuerto y formados para documentar, un perrito, de esos entrenados para compañía, se adelantó graciosamente a nosotros, su dueño, por un lado, se adelantaba cargando la transportadora.

Algo le dijo el empleado del mostrador y este, molesto, guardó al perro en su jaula.

Por fin, posado frente al mostrador con «Covidio» colgado de mi en su canguro, maleta y portabebé en mano y mi esposa malabareando a mi lado con otra maleta, se oyó del otro lado un «buenos días a dónde vuela» casi imperceptible, ahogado por el cubrebocas KN95 y una barrera de acrílico de unos 5 mm sin perforaciones.

Ciudad de México contesté, con la emoción apenas comprendida por nosotros dado el motivo de nuestro viaje.

¿Va a documentar algo? ¿Me permiten sus identificaciones? Dijo todavía amable el joven detrás del plexiglass.

¿Me permite la identificación del bebé?

Mi esposa le entregó la copia del certificado de nacimiento y el comprobante donde se enunciaba la fecha de entrega del acta original y la cartilla de vacunación.

Estos no son válidos para viajar, dijo sin ver a detalle los documentos, necesitamos una CURP, acta de nacimiento o pasaporte vigente, dijo ya con voz seria firme.

Le comenté que el trámite estaba hecho y esperábamos el acta original y que en fechas recientes el bebé ya había viajado y pasado migración con esos mismos documentos que las autoridades migratorias si revisaron e hicieron perfectamente válidos.

Consultó, extendiendo sin ver los documentos, con su compañera, quién contestó sin tomarse tampoco la molestia de ver los documentos, «solo son válidos acta de nacimiento, curp y pasaporte».

Ninguno veía lo que tenían en las manos, ni se daban la oportunidad de buscar una solución.

¿Entonces qué hago? Le pregunté.

Consiga una “carta de nacido vivo” tiene hasta las ocho o deje al niño, respondió en ese tono firme, apresurando el diálogo para atender al siguiente en línea.

¿Cómo considera que voy a dejar a mi bebé? – Pues quédese uno con él –

¿Y me reembolsaran un boleto? – Miró su pantalla.

¿De donde saco una carta de esas? No sé, llame a este número y ahí le dicen. respondió al tiempo que extendía un papelito con el número – 81 82 150 150

Pase…, le decía al siguiente en línea.

Bateados nos retiramos impotentes, molestos, incrédulos de la poca apertura al diálogo.

Los entrenaron a ver tres documentos y solo tres, quitando todo nivel de criterio común o a falta de éste de escalación a un supervisor o gerente in situ, en su lugar había un frío e inútil call center.

Luego del molesto menú de opciones contestó una operadora, quien escucho lo que pasaba para rendir dos respuestas aprendidas de memoria del librito de capacitación:

«Necesita acta de nacimiento, curp o pasaporte vigente»

Señorita, le dije, necesito que vean los documentos, con estos ya viajó el bebé sin problema alguno… -Repitió su respuesta-

No íbamos a ningún lado.

¿Entonces me reembolsaran el boleto que no se usará?

Usted no pagó el servicio … y debe cancelar por lo menos 4 horas antes del vuelo

Pero yo no estoy cancelando Srita., son Ustedes con sus políticas y falta de disposición a ver los documentos… «Necesita acta de nacimiento, curp o pasaporte vigente…»

Colgué. Era inútil.

Mi esposa insistió en quedarse con el bebé y llorando de impotencia, con el ideal de este viaje derrumbado, me dirigí nuevamente a documentar. Este viaje era muy importante para nosotros.

Ya en línea para abordar me percato que el vuelo va lleno, había pagado Pase VIP y elegido asientos, pensando en que, además de mi esposa, llevaría cargando en el canguro a “Don Covidio”, por lo que fui el primero en abordar al avión.

Los asientos “Priority”, por los que había pagado una suma adicional, no ofrecían confort adicional, simplemente una ubicación al frente del avión. Butacas duras forradas de una piel sintética que destacan visualmente del resto de los asientos, pero butacas duras, incómodas y no reclinables.

Sentado en la ventana, los asientos a mi lado estaban vacíos esperando a sus ocupantes que no llegarían.

Sumido en mis pensamientos, aún furioso, impotente, una voz femenina me pregunta:

¿Están ocupados? – Como cascada pasó por mi mente todo lo vivido esa mañana. La imagen del empleado del mostrador mirando su pantalla y extendiendo el número del call center en vez de contestarme que no podía reembolsar nada y de pronto me quedó claro, el avión viene lleno, faltan asientos, la casa no va perder…

Sí, respondí.

Caminó unos pasos de regreso a la entrada del avión, conversó con el sobrecargo, quien miraba a los pasajeros escrutando a la distancia por lugares vacíos, luego la ubicó en algún lugar detrás de mí.

El regreso fue más sencillo, ya sabía lo que me esperaba, me aposté a documentar antes que nadie, pues había pagado “Viva Express” para documentar antes que nadie.

Quien ha viajado con bebé sabrá lo complicado que es cargar maletas, portabebé, carreola, al bebé mismo y todavía tener control de la documentación, pero ahora no lo necesitaba porque iba solo.

El porta trajes con el que viaje de inicio iba guardado en una maleta más grande y por la que tuve que pagar una cuota adicional por documentar, como si no fuera suficiente el peso y espacio de equipaje que “Don Covidio” y su mamá no usarían para compensar.

El empleado detrás del mostrador me escuchó mientras capturaba algo y me extendía la terminal para que introdujera una tarjeta para liquidar el excedente… La respuesta fue negativa, la casa no va a perder…

Me indicó que fuera a la oficina de ventas a unos pasos de ahí para que revisaran mi caso, sería la oportunidad de hablar con alguien en persona.

La respuesta amable y directa fue: vaya a Profeco. ¡No lo podía creer! ¡Vaya cinismo!

En mi reflexión “Volar barato” con Viva Aerobus me resultó muy caro y me dejó un pésimo sabor de boca.

Por lo pronto no volveré a volar con Viva Aerobus y ya veremos qué me dicen en Profeco.

David Gamboa
David Gamboa

Lic. en Mercadotecnia por la UVM. Es un profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Actualmente es Editor y Director General de Juárez a Diario y Consultor en temas mercadotecnia.