Soberanía: el discurso que encubre la rendición

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Hay palabras que se desgastan de tanto usarse sin asumirse.

”Soberanía” es una de ellas.

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Se invoca con estruendo en conferencias, se agita como bandera en debates y se convierte en escudo cuando conviene.

Pero, ¿hasta dónde hemos llegado como sociedad para permitir que ese concepto que debería representar dignidad, autodeterminación y control del destino colectivo, sea reducido a un recurso retórico mientras, en la realidad, se desmorona frente a nuestros ojos?

Hoy se grita “violación a la soberanía” por la presencia de dos agentes extranjeros en un operativo contra un laboratorio clandestino.

Dos.

El escándalo se construye desde la indignación selectiva.

Se politiza, se exagera, se desvirtúa.

Y, sin embargo, guardamos silencio, o peor, normalizamos, cuando la verdadera soberanía es vulnerada todos los días por el crimen organizado, que opera a plena luz, que impone reglas, que recluta a nuestros jóvenes, que desplaza comunidades enteras y que, en demasiados casos, cuenta con la sombra protectora de gobiernos omisos, incompetentes o cómplices.

La soberanía no se pierde por cooperación internacional; se pierde cuando el Estado renuncia a ejercer el monopolio de la fuerza, cuando cede territorio, físico o institucional, a intereses criminales, cuando la ley deja de ser la norma y se convierte en excepción.

Se pierde cuando la impunidad se vuelve sistema.

Como frontera, lo sabemos mejor que nadie.

Vivimos en una interconexión permanente con Estados Unidos.

En educación, miles de estudiantes cruzan diariamente en ambos sentidos; en salud, familias enteras buscan atención médica a uno y otro lado de la línea; en comercio, la dinámica binacional sostiene empleos, cadenas de suministro y desarrollo regional; en industria, la maquila es, por definición, un modelo de integración económica.

¿Y nos decimos sorprendidos cuando esa misma lógica de cooperación se extiende al ámbito de la seguridad?

La participación de agencias como el FBI o la DEA no es una invasión en sí misma; es el reflejo de un fenómeno que también es transnacional; el narcotráfico.

Las drogas no reconocen fronteras, el dinero ilícito tampoco, las redes criminales menos. Pretender combatirlas desde una visión aislada, mientras se mantiene un discurso nacionalista vacío, es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, profundamente irresponsable.

El verdadero agravio no es la presencia de dos agentes extranjeros en un operativo puntual.

El verdadero agravio es que existan laboratorios clandestinos operando con tal nivel de impunidad.

El verdadero agravio es que el narcotráfico se haya empoderado al grado de influir en economías locales, de infiltrar instituciones, de arrebatarle oportunidades a nuestros niños, niñas y adolescentes.

El verdadero agravio es que, mientras se simula indignación por la soberanía, se tolere su desmantelamiento cotidiano.

Porque la soberanía; conviene recordarlo, no es aislamiento, es capacidad. Capacidad de decidir, de proteger, de garantizar derechos, de imponer orden con legalidad.

Es la expresión de un Estado fuerte, no de uno que grita fuerte para ocultar su debilidad.

Ahí es donde debe surgir el verdadero orgullo nacionalista.

No en el discurso fácil, no en la descalificación automática del “otro”, sino en la determinación de recuperar el control de lo que nos pertenece; la seguridad, la justicia, la paz.

Defender a México no es cerrar los ojos ante la cooperación internacional; es abrirlos ante la realidad interna que nos está rebasando.

Hoy, la defensa de nuestra soberanía pasa por algo mucho más profundo que una consigna; pasa por combatir frontalmente al crimen organizado, por exigir gobiernos capaces y honestos, por romper con la permisividad social que ha normalizado la violencia.

Pasa por rescatar a nuestros jóvenes de las redes delictivas, por proteger nuestro desarrollo económico de la extorsión y la corrupción, por reconstruir el tejido social que ha sido erosionado durante años.

La pregunta no es si nos están violando la soberanía desde fuera.

La pregunta, incómoda pero necesaria, es cuánto más estamos dispuestos a permitir que se destruya desde dentro.
Porque la soberanía no se defiende con discursos.

Se defiende con Estado.

Se defiende con ley.

Se defiende con valor. Y, sobre todo, se defiende con una sociedad que deje de tolerar lo intolerable.

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