Todos los días, en las plantas de Chihuahua, se resuelven problemas que hace apenas unas décadas requerían el respaldo de corporativos ubicados en Estados Unidos, Europa o Asia. Cientos de equipos de ingeniería automatizan procesos, validan dispositivos médicos, integran sistemas electrónicos, reducen tiempos de lanzamiento de nuevos productos y desarrollan soluciones para mejorar la calidad, la productividad y la confiabilidad de la manufactura.
Estas capacidades, por lo general, no aparecen en las estadísticas económicas, pero forman parte del verdadero patrimonio productivo de la región. Aunque no lo percibamos, las regiones como la nuestra, no sólo exporta bienes; también acumulan conocimiento para resolver problemas industriales de creciente complejidad. En la economía actual, las regiones no se distinguen únicamente por lo que producen, sino por los problemas que son capaces de resolver.
En mi columna anterior sostuve que Estados Unidos está reconfigurando la geografía industrial de Norteamérica para ejercer un mayor control sobre las capacidades que considera estratégicas para su competitividad, su liderazgo tecnológico y su seguridad económica. Si esa es la dirección que está tomando la región, la pregunta para Chihuahua deja de ser cuánta inversión puede atraer y pasa a ser mucho más exigente: ¿qué problemas necesita resolver para seguir siendo un territorio indispensable dentro de esa nueva arquitectura industrial?
La respuesta no consiste en elegir una industria de moda, pues los sectores cambian, las tecnologías evolucionan y las cadenas globales de valor se reorganizan constantemente. Lo que permanece son las capacidades que una región desarrolla para enfrentar desafíos cada vez más complejos. El futuro de Chihuahua no depende tanto de fabricar productos más sofisticados, sino de resolver problemas de mayor contenido tecnológico.
Aun así, hay que saber que no todos los problemas generan el mismo aprendizaje. Resolver un reto operativo en una línea de producción no produce las mismas capacidades que industrializar nuevas tecnologías, integrar sistemas físicos y digitales, diseñar infraestructura para una economía intensiva en datos, participar en procesos asociados a los semiconductores o acelerar la transición hacia una manufactura cada vez más inteligente. Son estos desafíos los que generan conocimiento difícil de replicar y elevan el valor estratégico de una región.
Este tipo conocimiento produce algo todavía más importante: capacidad de negociación. En las cadenas globales de valor, las regiones que resuelven los problemas más complejos dejan de competir únicamente por costos y comienzan a participar en decisiones sobre diseño, desarrollo, industrialización e innovación. No sólo capturan una mayor proporción del valor económico; también se vuelven más difíciles de sustituir. En otras palabras, resolver problemas más sofisticados no sólo genera aprendizaje, sino también mayor influencia dentro de la propia cadena de valor.
En la región Paso del Norte ya podemos ver esa transición: a su reconocida fortaleza manufacturera se suma una agenda emergente vinculada con centros de datos, inteligencia artificial, infraestructura digital, energía, defensa y tecnologías avanzadas. Por lo tanto, ya no se trata únicamente de atraer nuevas inversiones, sino de construir un ecosistema capaz de resolver los problemas técnicos, regulatorios y de talento que acompañan esta transformación. Ahí es donde se definirá la siguiente etapa del desarrollo regional.
Durante décadas, Chihuahua ha construido capacidades en automatización, ingeniería de procesos, integración de sistemas, calidad y manufactura avanzada. Ese aprendizaje constituye una ventaja competitiva que pocas regiones poseen. El desafío consiste ahora en utilizar esa experiencia para resolver problemas de mayor sofisticación tecnológica y participar en actividades donde el conocimiento genera una proporción creciente del valor.
Creo que esta debería ser la nueva conversación sobre competitividad. Debemos pensar menos en qué empresas queremos atraer o qué sectores debemos, para también pensar qué problemas queremos que Chihuahua pueda resolver.
Esa será, probablemente, la medida de la competitividad durante las próximas décadas. No el número de plantas que logremos instalar, sino la complejidad de los problemas que seamos capaces de resolver. Sin embargo, ninguna región desarrolla esas capacidades de manera aislada. El conocimiento debe circular entre empresas, universidades, proveedores e instituciones para transformarse en una ventaja compartida. Cómo construir ese ecosistema de aprendizaje será el tema de la siguiente entrega.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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