En Ciudad Juárez, cada vez que llueve contamos los daños. Las calles inundadas, los automóviles varados, los socavones, las viviendas afectadas y los millones de pesos que habrá que gastar para reparar lo destruido. Lo hacemos con una puntualidad que ya quisiéramos para otras cosas.
Pero hay una cuenta que casi nunca hacemos: la de los daños que no ocurrieron.
Después de las lluvias recientes, la J+ informó que las presas Filtros II, Puerto La Paz y Pico del Águila retuvieron 717 millones de litros de agua. En septiembre, durante otro episodio de precipitaciones, la cifra reportada había sido de aproximadamente 400 millones.
Para entender la magnitud, los 717 millones de litros equivalen a 717 mil metros cúbicos de agua. Una cantidad que, de no haber sido retenida, habría continuado su recorrido por los cauces de la ciudad. Cuánto daño habría causado es algo que requiere un estudio hidráulico, no una ocurrencia periodística.
Sin embargo, hay información que permite apreciar lo ocurrido.
El ingeniero César Triana, director de Obra de la J+ y constructor de las presas, me explicó que el arroyo de las Víboras tiene cinco subcuencas principales. Tres cuentan ya con obras de regulación y dos permanecen como proyectos. Una de las más importantes corresponde a Filtros II, que controla los escurrimientos de una superficie aproximada de 5.5 kilómetros cuadrados, equivalente, según su explicación, a una cuarta parte de la cuenca del arroyo.
Y aquí empieza lo interesante.
Triana compara las consecuencias de las lluvias anteriores con lo observado después de la construcción de Filtros II. Antes, las corrientes arrastraban grandes cantidades de tierra, piedras, pavimento y hasta piezas de concreto. En su recorrido más reciente por la calle Santiago, estimó que el arrastre de materiales sólidos fue inferior al 20% del registrado en aquella ocasión.
No se trata de una medición independiente, sino de la apreciación del responsable técnico. Pero hay otro dato que ayuda a entender la diferencia.
En el episodio anterior, la limpieza requirió alrededor de dos semanas y unos 30 equipos de maquinaria pesada. Esta vez, Triana calculó que los trabajos podrían realizarse en cuatro días, utilizando aproximadamente una tercera parte de aquella maquinaria.
Menos tierra y piedras que retirar significan menos horas de trabajo, menos equipo y, presumiblemente, menos dinero público destinado a la limpieza. Falta conocer las cantidades exactas, pero la diferencia merece ser documentada.
El ingeniero también refiere que vecinos de la calle Santiago y sectores próximos a Francisco Sarabia le comentaron que el nivel del agua fue menor.
¿Se evitaron daños mayores? La J+ sostiene que sí. Triana considera que, sin esas obras, particularmente Filtros II, las inundaciones habrían alcanzado zonas más extensas. Es una afirmación técnica que merece estudiarse, no exagerarse. Atribuirle a una presa vidas salvadas o daños por determinada cantidad de dinero exigiría pruebas que todavía no tenemos.
Lo cierto es que una obra preventiva tiene una desventaja frente a una tragedia: cuando funciona, muchas veces lo que produce es precisamente que algo no suceda.
Nadie entrevista a una familia porque su casa no se inundó. Tampoco aparece en primera plana la calle que no fue destruida. Las fotografías se las llevan los desastres. La prevención, cuando cumple su propósito, suele quedarse sin retrato.
Pero tampoco hay que confundir las cosas. Que algunas presas hayan funcionado no significa que toda la infraestructura hidráulica de Juárez esté en buenas condiciones.
La propia J+ reportó cerca de 149 hundimientos durante agosto y septiembre, con 30 atendidos al momento de aquel informe. En otra declaración técnica se mencionan 142 eventos, diferencia que deberá aclararse para conocer el corte exacto de las cifras.
Sobre las causas, Triana ofrece una explicación que conviene escuchar. Los hundimientos, dice, son resultado de la combinación de las lluvias con el deterioro previo de colectores y tuberías. Algunas conducciones ya presentan fisuras y, cuando las precipitaciones llevan los colectores sanitarios a trabajar llenos y bajo presión, pueden producirse rupturas.
Es decir, la lluvia puede desencadenar un problema que llevaba tiempo gestándose debajo del pavimento.
Tenemos, entonces, dos caras de una misma realidad: presas que ayudan a controlar los escurrimientos superficiales y redes sanitarias cuyo deterioro se manifiesta cuando llegan las tormentas.
Las primeras nos permiten preguntar cuánto daño se evitó. Las segundas obligan a preguntar cuánto podría evitarse si las reparaciones se hicieran antes de que apareciera el siguiente socavón.
Y hay una tercera pregunta: si todavía faltan dos obras de regulación en el arroyo de las Víboras, ¿cuál es su prioridad, ¿cuánto costarán y qué zonas podrían proteger?
No se trata de repartir aplausos ni culpas por adelantado. Se trata de exigir información, mantenimiento y decisiones sustentadas en resultados. Las obras públicas no deberían evaluarse solamente por lo que cuestan al construirse, sino también por lo que cuesta no tenerlas cuando hacen falta.
En Juárez sabemos contar los baches, los socavones y las calles inundadas. Ya es tiempo de aprender a contar también lo que una obra bien planeada puede evitar.
Porque reparar lo destruido siempre deja una factura. Prevenir que se destruya también cuesta, pero puede resultar bastante menos doloroso para el bolsillo y, sobre todo, para quienes viven aguas abajo. Ahí El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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