La seguridad pública no se construye con discursos, conferencias de prensa ni presentaciones matutinas. Tampoco mejora porque un gobierno afirme todos los días que los delitos van a la baja o que los operativos han sido exitosos. La verdadera evaluación de una política de seguridad ocurre en las calles, en las colonias, en los comercios y en los hogares. Es ahí donde la ciudadanía decide si vive más segura o si el miedo sigue formando parte de su vida cotidiana.
Los gobiernos tienen la obligación de informar sus resultados. Las estadísticas son indispensables para evaluar políticas públicas y medir tendencias. Sin embargo, una cosa es informar y otra muy distinta intentar convencer a la sociedad de que vive una realidad diferente a la que experimenta todos los días. Cuando la percepción ciudadana contradice de manera persistente el discurso oficial, el problema deja de ser de comunicación y se convierte en un problema de credibilidad.
La seguridad tiene una característica que pocas políticas públicas poseen: la gente la siente. No necesita consultar una base de datos para saber si vive mejor o peor. Lo percibe cuando evita salir de noche, cuando cambia de ruta para llegar a su casa, cuando instala cámaras, bardas o cercas eléctricas, cuando deja de visitar determinados lugares o cuando sus hijos le avisan por teléfono que ya llegaron porque el trayecto se ha vuelto una preocupación permanente.
A ello se suma otro fenómeno que ningún gobierno puede ignorar. Hoy las redes sociales están inundadas de videos grabados por los propios ciudadanos donde aparecen policías extorsionando automovilistas, amenazando comerciantes, abusando de su autoridad o intentando obtener dinero a cambio de no imponer una infracción o no iniciar un procedimiento. En muchos de esos casos se observa a los propios elementos ocultando deliberadamente su nombre, cubriendo el número de placa o impidiendo ser identificados. No todos los videos reflejan necesariamente conductas ilícitas ni representan a la totalidad de las corporaciones policiales, pero su constante difusión alimenta la desconfianza ciudadana y deteriora la legitimidad de quienes sí cumplen con su deber.
La confianza en las instituciones no se construye desde un atril. Se gana cuando la policía llega a tiempo, cuando el Ministerio Público investiga con profesionalismo y no se vende, cuando los delincuentes son procesados y cuando la impunidad deja de ser la regla. También se gana cuando las propias corporaciones son capaces de sancionar con firmeza a los malos policías y proteger el prestigio de los miles de hombres y mujeres que sirven con honestidad.
En muchas ocasiones escuchamos que los homicidios disminuyeron algunos puntos porcentuales o que determinado delito registró una baja.
Esos datos son importantes y deben analizarse con seriedad. Pero la seguridad no puede reducirse a una hoja de cálculo. Ningún gobierno puede declarar exitosa una estrategia de seguridad mientras millones de ciudadanos sigan modificando su forma de vivir por miedo al crimen. Si las familias dejan de salir por las noches, los empresarios invierten con temor, las carreteras se evitan por inseguridad y los jóvenes limitan su movilidad, entonces la percepción social está enviando un mensaje que ninguna conferencia de prensa puede desmentir.
Existe además un error de fondo: gobernar para las estadísticas y no para las personas. Cuando la prioridad consiste en presentar buenos números durante una conferencia de prensa, existe el riesgo de olvidar que detrás de cada delito hay una víctima, una familia y una comunidad afectada. La seguridad no es un ejercicio de comunicación política; es la responsabilidad más elemental del Estado.
Los ciudadanos no califican a un gobierno por la calidad de sus presentaciones, sino por la tranquilidad con la que pueden salir a trabajar, llevar a sus hijos a la escuela, abrir un negocio o recorrer las carreteras del país. Ese es el verdadero indicador del éxito o del fracaso de una estrategia de seguridad.
Las mañaneras pueden influir en la agenda pública, pero no modifican por sí mismas la realidad. La realidad cambia cuando disminuye la violencia, cuando el ciudadano deja de ser extorsionado por un delincuente o por un servidor público corrupto, cuando se recuperan los espacios públicos, cuando la autoridad ejerce plenamente el Estado de derecho y cuando la sociedad vuelve a vivir sin miedo.
La seguridad no se mide en las mañaneras. Se mide en las calles. Y, sobre todo, en la tranquilidad con la que viven los mexicanos.

Fernando Schütte Elguero
Empresario inmobiliario, maestro, escritor, y activista en seguridad pública. Destacado en desarrollo de infraestructura y literatura.
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