Mientras millones de personas utilizan diariamente el Metro para llegar a su trabajo, a la escuela o regresar a casa, el pasado viernes, en un deportivo al sur de la Ciudad de México, se libró una pelea distinta. No fue una pelea contra un rival sobre el cuadrilátero; fue una pelea contra uno de los enemigos más silenciosos que enfrenta nuestro país: el sedentarismo.
La función de boxeo organizada con la participación de Chiquita González Boxing y el Sindicato Nacional de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo dejó un resultado que llamó la atención: de los nueve combates celebrados, la mayoría fueron ganados por trabajadores del Metro. Sin embargo, el dato deportivo, por sí solo, dice poco. La verdadera noticia comenzó mucho antes de que sonara la campana.
Cada uno de esos trabajadores terminó su jornada laboral y decidió hacer algo que millones de mexicanos han dejado de hacer: mover su cuerpo, entrenar, disciplinarse y apostar por su salud. Detrás de cada combate hubo kilómetros recorridos, horas de gimnasio, alimentación, sacrificio y constancia. Esa es la victoria que merece ser contada.
México enfrenta una contradicción preocupante. Somos una nación reconocida mundialmente por producir algunos de los mejores boxeadores de la historia y, al mismo tiempo, padecemos una de las mayores crisis de salud pública de nuestra época. La obesidad, el sobrepeso, la diabetes y el sedentarismo continúan representando enormes desafíos para el sistema de salud y para la calidad de vida de millones de personas. Durante años hemos concentrado nuestros esfuerzos en atender las consecuencias de estas enfermedades, pero poco hemos hecho para fortalecer una verdadera cultura de la prevención. Construimos hospitales, adquirimos medicamentos y ampliamos servicios médicos, pero seguimos destinando escasos recursos para fomentar el deporte como una política permanente de salud pública. La medicina salva vidas; la prevención evita que esas vidas lleguen al hospital.
En ese contexto, lo ocurrido el viernes merece una reflexión más profunda. El Sistema de Transporte Colectivo pone a disposición de sus trabajadores instalaciones deportivas donde pueden desarrollarse distintas disciplinas. Pero esas instalaciones, por sí solas, no transforman vidas. Se requiere voluntad para convertir esos espacios en una comunidad activa, y es ahí donde cobra relevancia el papel del Sindicato Nacional de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo, encabezado por el Ingeniero Fernando Espinoza Arévalo.
Durante décadas, el sindicalismo mexicano ha sido evaluado casi exclusivamente por su capacidad para negociar salarios, prestaciones y condiciones laborales. Esa seguirá siendo una de sus responsabilidades fundamentales. Sin embargo, el siglo XXI exige ampliar esa visión. Hoy, defender al trabajador también significa promover su bienestar integral. Significa impulsar actividades deportivas, fomentar hábitos saludables, fortalecer la convivencia entre compañeros y ofrecer alternativas que mejoren la salud física y mental de quienes todos los días sostienen el funcionamiento de una institución.
Un trabajador sano no solamente falta menos a su empleo. También vive mejor, convive mejor con su familia, enfrenta con mayor fortaleza el estrés cotidiano y reduce el riesgo de padecer enfermedades crónicas que terminan afectando no solo a la persona, sino también a su entorno y al propio sistema de salud.
Por eso resulta significativo que el Sindicato Nacional de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo impulse este tipo de iniciativas entre sus agremiados. No se trata únicamente de organizar una función de boxeo. Se trata de enviar un mensaje claro: la calidad de vida también forma parte de la defensa de los derechos de los trabajadores. La mejor prestación laboral no siempre aparece en el recibo de nómina; muchas veces se refleja en la posibilidad de acceder al deporte, cuidar la salud y construir una comunidad más fuerte.
Las victorias obtenidas por trabajadores del Metro no son producto de la casualidad. Son consecuencia de un proyecto que promueve disciplina, perseverancia y trabajo en equipo. Cada combate ganado representa horas de entrenamiento que sustituyeron el sedentarismo; cada boxeador que subió al ring eligió el esfuerzo sobre la comodidad. Esa decisión merece reconocimiento.
Pero la reflexión no puede quedarse en el Metro. La pregunta incómoda debería dirigirse hacia el resto del país. ¿Cuántas empresas, dependencias gubernamentales, universidades, organismos públicos y sindicatos han entendido que invertir en deporte es invertir en salud? ¿Cuántos centros de trabajo cuentan con programas permanentes de activación física? ¿Cuántas organizaciones consideran que la salud mental y física de sus trabajadores también forma parte de su responsabilidad institucional?
Si México quiere reducir los índices de obesidad, diabetes y sedentarismo, la respuesta no llegará únicamente desde los consultorios médicos. Llegará cuando el deporte deje de verse como un entretenimiento ocasional y se convierta en una política pública permanente, respaldada por el Estado, las empresas, las instituciones educativas y, desde luego, por las organizaciones sindicales.
El boxeo ofrece una enseñanza que trasciende el cuadrilátero. Ningún combate se gana el día de la pelea. Las victorias se construyen meses antes, durante cada entrenamiento, cada carrera al amanecer, cada sesión de costal y cada decisión de no rendirse. Lo mismo ocurre con la salud de un país. Ninguna sociedad se vuelve saludable por decreto. Se vuelve saludable cuando millones de personas encuentran oportunidades reales para hacer del ejercicio un hábito cotidiano.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza de la función del viernes. Las victorias sobre el ring fueron motivo de orgullo para quienes las consiguieron. Pero el triunfo más importante fue demostrar que cuando una institución pública ofrece espacios para el deporte y un sindicato asume que el bienestar integral también forma parte de su misión, los beneficios trascienden el ámbito laboral.
México necesita más hospitales, sí. Pero necesita, con mayor urgencia, menos pacientes. Necesita más gimnasios, más canchas, más deportivos, más programas de activación física y más organizaciones dispuestas a comprender que la salud también se construye desde el trabajo.
Porque la pelea más importante que enfrenta nuestro país no se libra bajo los reflectores de un campeonato mundial. Se libra todos los días contra el sedentarismo, la obesidad y la indiferencia. Y esa es una pelea en la que el gobierno, las instituciones, las empresas y los sindicatos no pueden limitarse a observar desde la primera fila. Están llamados a subir juntos al ring.
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Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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