Hace unos días, la periodista Mary Harrington publicó una reflexión inquietante: pensar profundamente se está convirtiendo en un lujo. La frase parece exagerada hasta que observamos con honestidad el mundo que hemos construido. Vivimos hiperconectados, pero cada vez más distraídos; rodeados de información, pero con menos capacidad para comprenderla. La tecnología prometía democratizar el conocimiento, pero comienza a producir algo mucho más peligroso: una nueva desigualdad intelectual.
La discusión ya no es únicamente educativa. Es política, social y profundamente humana. Porque mientras algunos sectores conservan espacios para leer, reflexionar y desarrollar pensamiento crítico, millones de personas crecen atrapadas en entornos digitales diseñados para capturar atención, generar dependencia y reducir la capacidad de concentración.
La analogía es incómoda, pero precisa: las redes sociales funcionan cada vez más como la comida chatarra. Son inmediatas, adictivas y masivas. Y, como ocurre con los alimentos ultraprocesados, sus efectos golpean con mayor fuerza a quienes tienen menos recursos. Mientras las élites tecnológicas limitan pantallas en casa y pagan escuelas con modelos educativos alejados de la hiperestimulación digital, buena parte de las infancias consume horas interminables de contenido diseñado para no dejar pensar.
El problema no es la tecnología en sí, sino un ecosistema construido para interrumpir constantemente la atención. La neurocientífica Maryanne Wolf ha advertido que la lectura profunda modifica la manera en que pensamos y fortalece capacidades esenciales como el análisis, la memoria y la comprensión compleja. El entorno digital, en cambio, nos entrena para hojear, reaccionar y saltar de estímulo en estímulo. Nos acostumbramos a consumir fragmentos, pero perdemos resistencia para sostener una idea larga.
Las consecuencias políticas son enormes. Una sociedad incapaz de concentrarse también tiene mayores dificultades para cuestionar, deliberar y defender sus libertades. Giovanni Sartori lo advirtió hace décadas en Homo Videns: una ciudadanía que deja de abstraer y reflexionar se vuelve más vulnerable a la manipulación emocional, la propaganda y los liderazgos simplistas.
Y quizá ahí reside el verdadero peligro. La concentración comienza a convertirse en un privilegio de clase. Pensar con profundidad exige tiempo, silencio y espacios que cada vez menos personas poseen. Defender la alfabetización profunda ya no es nostalgia intelectual: es una batalla democrática.
Porque una ciudadanía agotada, distraída y emocionalmente secuestrada difícilmente podrá exigir rendición de cuentas o sostener instituciones libres. El derecho a pensar también es un derecho humano. Y permitir que se convierta en un lujo sería una de las derrotas más graves de nuestra era.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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