Hay una pregunta que aparece cada vez que se acerca una elección. Se escucha en los cafés, en las reuniones, en los programas de análisis político, en las redes sociales y hasta en los pasillos de las oficinas públicas.
¿Quién va?
¿Quién será el candidato? ¿Quién encabeza las encuestas? ¿Quién tiene más posibilidades? ¿Quién está mejor posicionado? ¿Quién ya levantó la mano?
Es una pregunta válida. La política también se construye con liderazgos. Pero llama la atención que casi nunca venga acompañada de otra que, desde mi punto de vista, es mucho más importante.
¿Para qué va?
Esta semana, el inicio del proceso interno de Morena rumbo a las elecciones de 2027 volvió a colocar los reflectores sobre los nombres. Comenzaron las especulaciones, las listas de posibles aspirantes, los análisis sobre quién lleva ventaja y las conversaciones sobre quién podría convertirse en candidato. Era previsible. Sucede en cada proceso electoral y no es exclusivo de un solo partido.
También ocurre en el PAN, en Movimiento Ciudadano, en el PRI y prácticamente en cualquier fuerza política. La conversación gira alrededor de las personas antes que de las ideas. Hablamos de perfiles, de popularidad, de estrategias, de encuestas y de posicionamientos, mientras las propuestas suelen quedarse esperando su turno.
Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de nuestra política.
Hemos normalizado discutir quién puede ganar una elección antes de preguntarnos qué piensa hacer si la gana.
Nos interesa saber quién tiene más seguidores, quién aparece con mayor frecuencia en los medios, quién logra una fotografía con un dirigente nacional o quién se mueve mejor en redes sociales. Pero pocas veces preguntamos cuál es su visión para resolver los problemas que siguen preocupando a las familias.
En Chihuahua seguimos enfrentando retos enormes: seguridad, movilidad, crecimiento urbano, acceso al agua, desarrollo económico y mejores servicios públicos. En Ciudad Juárez, además, persisten desafíos que exigen planeación de largo plazo y gobiernos capaces de tomar decisiones responsables. Sin embargo, esos temas suelen ocupar menos espacio en la conversación pública que las apuestas sobre quién será el próximo candidato o candidata.
Tal vez también nosotros, como ciudadanos, tenemos parte de responsabilidad.
Hemos aprendido a consumir la política como si fuera una competencia permanente. Seguimos los movimientos de los aspirantes casi como quien sigue una temporada deportiva: quién subió en las encuestas, quién bajó, quién aparece más, quién hizo el mejor evento o quién publicó el video con mayor alcance.
Pero gobernar nunca ha sido un concurso de popularidad. La popularidad puede abrir la puerta a una candidatura, pero no garantiza la capacidad para ejercer el poder con responsabilidad.
La historia política de México está llena de personajes que llegaron impulsados por su carisma y terminaron decepcionando a quienes confiaron en ellos. También existen perfiles mucho más discretos que, lejos de los reflectores, construyeron buenos gobiernos gracias al trabajo, la preparación y la capacidad para formar equipos.
Por eso resulta positivo que los partidos establezcan reglas para ordenar sus procesos internos. La competencia siempre será legítima cuando exista piso parejo y cuando todos respeten las mismas condiciones, sin embargo, las reglas por sí solas no resuelven el problema de fondo porque la verdadera diferencia no la harán las encuestas, ni las campañas internas, ni las estrategias de comunicación.
La verdadera diferencia la hará la respuesta a una pregunta muy sencilla:
¿Por qué quiere gobernar?
No es lo mismo buscar un cargo para servir que buscar un cargo porque representa el siguiente escalón en una carrera política, no es lo mismo entender el poder como una responsabilidad que verlo como un objetivo personal y esa diferencia termina reflejándose en la manera de tomar decisiones, de ejercer el liderazgo y de responder cuando llegan los momentos difíciles.
Vivimos una época donde la imagen ocupa un espacio enorme en la conversación pública, un video puede hacerse viral en cuestión de horas, una fotografía puede generar miles de reacciones, una frase bien construida puede convertirse en tendencia pero ninguna de esas cosas pavimenta una calle, mejora una escuela, fortalece un hospital, genera empleos o devuelve la tranquilidad a una familia.
Gobernar exige mucho más que ser conocido; exige preparación, sensibilidad, capacidad para escuchar, disposición para construir acuerdos y, sobre todo, resultados.
Las elecciones de 2027 todavía están a cierta distancia, pero el debate ya comenzó, ojalá que conforme avance el proceso, dejemos de medir únicamente quién tiene más reflectores y empecemos a exigir algo mucho más importante: experiencia, capacidad, ideas y compromiso con la gente.
Una candidatura no debería ser el premio para quien logró hacerse más visible ni la recompensa para quien apareció más veces en una encuesta o acumuló más reflectores; debería ser la responsabilidad que asume quien ha demostrado, con trabajo, resultados y congruencia, que está preparado para servir.
Quizá entonces dejemos de reducir la política a una lista de nombres y empecemos a exigir una conversación más profunda sobre ideas, capacidad y visión de futuro. No olvidemos que las campañas pasan, las encuestas cambian y los personajes van y vienen.Lo que permanece son las decisiones que transforman o frenan el desarrollo de una comunidad.
Por eso, cuando llegue el momento de elegir, ojalá no nos conformemos con preguntar únicamente ”¿quién va?”.
Ojalá tengamos la madurez democrática para hacer la pregunta que realmente importa:
¿Para qué va?

Karina Villegas
Activista social, licenciada en Administración de Empresas por el ITCJ y emprendedora con enfoque humano. Cree firmemente en que la participación ciudadana transforma realidades. Desde cada espacio que ocupa, impulsa causas que fortalecen la voz colectiva y la construcción de comunidad con visión solidaria y acción constante.
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