¿Pasión o persecución? Lo que el Mundial nos enseñó sobre el odio en redes

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El Mundial de 2026 dejó grandes partidos y momentos que quedarán en la memoria. También dejó otra historia, mucho menos deportiva. Durante semanas, la Selección Argentina se convirtió en uno de los principales blancos de las redes sociales. Las críticas dejaron de centrarse en el fútbol y comenzaron a dirigirse contra un país entero. Ahí vale la pena detenernos: una cosa es la rivalidad entre aficiones y otra muy distinta convertir el deporte en un pretexto para promover el odio.

Las redes sociales tienen mucho que ver con este fenómeno. Hoy no premian necesariamente el contenido mejor argumentado, sino el que provoca una reacción inmediata. El enojo genera comentarios, compartidos y millones de reproducciones. En ese contexto, el campeón del mundo era el blanco perfecto. Cada polémica, cada decisión arbitral y cada gesto dentro de la cancha alimentaban una conversación que crecía mucho más rápido cuando estaba cargada de descalificaciones.

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Junto con esa ola aparecieron videos manipulados, audios alterados con inteligencia artificial, imágenes fuera de contexto y teorías de conspiración sobre supuestos favoritismos. Varias organizaciones dedicadas a verificar información desmintieron parte de ese contenido, pero para entonces el daño ya estaba hecho. En internet, la mentira suele viajar mucho más rápido que la aclaración.

También es cierto que algunas conductas de jugadores argentinos durante el torneo fueron ampliamente cuestionadas. Los incidentes al finalizar la Copa alimentaron la percepción de soberbia y falta de deportividad que ya circulaba en redes. Es válido señalar esas actitudes y exigir respeto dentro de la cancha. Lo que no resulta aceptable es utilizar esos episodios para descalificar a millones de personas por su nacionalidad.

Quizá la discusión más interesante ocurrió dentro de la propia Argentina. Mientras algunos atribuyeron las críticas a la envidia por los éxitos deportivos, otros reconocieron que ciertos comportamientos terminaron dañando la imagen del equipo. Esa autocrítica resulta mucho más útil que asumir que todo responde a una persecución internacional.

El deporte necesita rivalidad porque sin ella pierde la emoción. Lo que no necesita es xenofobia, campañas de desinformación ni algoritmos que descubrieron que el enojo produce más ganancias que el respeto. Cuando dejamos de discutir un partido para etiquetar a todo un pueblo, el fútbol deja de unir y empieza a dividir.

El Mundial terminó, pero la lección permanece. Antes de compartir una publicación que humilla, exagera o acusa sin pruebas, conviene preguntarnos si estamos defendiendo a nuestro equipo o simplemente alimentando una conversación que vive del enfrentamiento. El juego limpio no solo se demuestra con el balón en los pies; también se refleja en la manera en que hablamos de quienes están del otro lado de la pantalla.

ADN Georgina Bujanda
Georgina Bujanda

Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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