En cada proceso electoral se repite la misma escena: ciudadanos que dejan de defender ideas para defender personas. La política deja de ser un ejercicio de análisis y se convierte en un acto de lealtad ciega, donde cualquier error se justifica y cualquier crítica se interpreta como un ataque. Es ahí donde nace una de las mayores amenazas para la democracia: los políticos indefendibles.
México ha conocido gobiernos de todos los colores y corrientes ideológicas. Sin embargo, el problema nunca ha sido únicamente el partido en el poder, sino la incapacidad de una parte de la sociedad para exigir resultados con el mismo rigor con el que exige respeto a sus preferencias políticas. Cuando un servidor público incumple su palabra, tolera la corrupción, abusa del poder o gobierna para unos cuantos, deja de merecer una defensa incondicional. La función pública no otorga inmunidad moral.
Estamos en tiempos de campaña y es momento de poner los pies sobre la tierra. Las promesas abundan, los discursos se perfeccionan y las redes sociales se llenan de propaganda cuidadosamente diseñada para despertar emociones. Pero gobernar no es hacer campaña. Gobernar es resolver problemas, rendir cuentas y asumir responsabilidades.
La democracia no necesita ciudadanos apasionados por un político; necesita ciudadanos comprometidos con la verdad. Defender lo indefendible debilita las instituciones, divide a la sociedad y normaliza prácticas que, con el tiempo, terminan afectando a todos, sin importar por quién hayan votado.
Es válido simpatizar con una ideología. Es legítimo apoyar un proyecto de nación. Lo que no puede ser aceptable es cerrar los ojos ante la incompetencia, la mentira o el abuso simplemente porque quien los comete pertenece al grupo con el que nos identificamos.
El voto es mucho más que un derecho: es una responsabilidad histórica. Cada boleta representa una decisión que influirá en el futuro de millones de personas. Por ello, el ciudadano informado debe preguntar, investigar, comparar y evaluar antes de depositar su confianza.
Los países no cambian cuando cambia un gobernante; cambian cuando cambia la conciencia de sus ciudadanos. Una sociedad crítica no busca ídolos, busca resultados. No aplaude discursos vacíos, exige hechos.
Porque al final, el verdadero poder no está en quien ocupa un cargo público, sino en la ciudadanía que decide quién llega a él y quién debe irse.
Un pueblo unido e informado no es aquel que sigue a un líder sin cuestionarlo; es aquel que entiende que la democracia se fortalece cuando el poder se vigila, se evalúa y se exige todos los días.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.


