Ciudad Juárez ya pagó demasiado caro una política que confundió vivienda con ciudad.
El nuevo programa federal abre una oportunidad histórica, pero también una pregunta incómoda; ¿vamos a construir hogares con escuelas, agua, transporte, salud y seguridad, o solamente una nueva periferia con mejor material?
Durante décadas, Ciudad Juárez practicó una extraña modalidad de planeación urbana; primero llegaron las familias; después, cuando se podía, cuando había presupuesto, cuando había presión política, llegaba la ciudad.
Primero aparecieron casas de madera, cartón, lámina y materiales reutilizados en el poniente. Después llegaron las regularizaciones, algunas redes, alguna pavimentación, alguna escuela.
Más tarde sofisticamos el modelo.
Ya no fueron únicamente casas improvisadas.
Llegaron fraccionamientos completos, perfectamente trazados, escriturados, financiados y autorizados… pero alejados de empleos, transporte, escuelas, hospitales, parques y servicios suficientes.
Cambió el material
No necesariamente cambió la lógica.
Y ese es precisamente el peligro que Ciudad Juárez debe evitar ahora que comienza una nueva etapa con el Programa Vivienda para el Bienestar.
El problema histórico de Juárez nunca ha sido solamente la precariedad de la casa.
Ha sido, sobre todo, la precariedad de la planeación alrededor de ella.
El propio Plan Municipal de Desarrollo Urbano reconoce todavía casos extremos.
En Lomas de Poleo describe asentamientos sin pavimentación ni agua potable y viviendas autoconstruidas, muchas de ellas con materiales reutilizados como madera, block, cartón y plástico.
No es una denuncia de un opositor ni una exageración periodística; es diagnóstico gubernamental.
Pero sería cómodo pensar que ese es el único fracaso.
No.
Porque después de la vivienda informal llegó otro fenómeno igualmente cuestionable; la producción masiva de casas formales en una ciudad cada vez más extendida y costosa de administrar.
Los números oficiales son demoledores.
De acuerdo con el diagnóstico del Instituto Municipal de Investigación y Planeación, la superficie urbanizada de Ciudad Juárez pasó de 14 mil 49 hectáreas en 1990 a 34 mil 642 hectáreas en 2020.
En apenas tres décadas, la ciudad ocupó más del doble del territorio.
Entre 2000 y 2010 solamente, la mancha urbana agregó más de 10 mil hectáreas.
No duplicamos la ciudad porque de pronto Juárez se hubiera convertido en Manhattan.
La extendimos horizontalmente.
Y cada kilómetro nuevo cuesta.
Cuesta tubería.
Cuesta drenaje.
Cuesta pavimento.
Cuesta alumbrado.
Cuesta recolección de basura.
Cuesta transporte.
Cuesta patrullaje.
Cuesta construir escuelas.
Cuesta llevar médicos.
Cuesta mantener parques.
Y, sobre todo, cuesta tiempo de vida a las familias que deben cruzar media ciudad para trabajar, estudiar, recibir atención médica o realizar cualquier trámite.
Por eso construir vivienda barata en tierra distante puede terminar produciendo una ciudad extraordinariamente cara.
LA GRAN PARADOJA
Para 2020, el municipio registraba 520 mil 242 viviendas particulares, y 10.8% estaban deshabitadas. El mismo diagnóstico municipal señala que la vivienda abandonada constituye una problemática especialmente importante en zonas periurbanas.
Al mismo tiempo, había 449 mil 167 viviendas particulares habitadas.
Ese dato debería estar escrito en letras enormes en la oficina de todo funcionario que autorice un nuevo desarrollo._
Juárez puede tener déficit de vivienda y, simultáneamente, miles de viviendas vacías.
¿Cómo es posible?
Porque una casa existe físicamente, pero puede fracasar socialmente.
Puede estar demasiado lejos.
Puede no tener transporte adecuado.
Puede representar gastos insostenibles.
Puede estar rodeada de lotes baldíos.
Puede carecer de equipamiento.
Puede convertirse en una dirección postal sin convertirse jamás en comunidad.
Y entonces aparece la vivienda abandonada.
No es solamente fracaso patrimonial de una familia.
También es fracaso de política pública.
AHORA LLEGAN LAS CASAS DEL BIENESTAR
Aquí aparece una oportunidad extraordinaria.
El Programa Vivienda para el Bienestar tiene una concepción distinta, al menos en sus documentos rectores; CONAVI establece que una vivienda adecuada debe contar con ubicación apropiada, servicios básicos, infraestructura, equipamiento y condiciones que favorezcan cohesión social y arraigo comunitario.
Eso cambia completamente la vara con la que debemos medirlo.
Porque entonces el éxito no consiste en anunciar:
“Construimos 800 casas”.
El éxito consiste en poder responder:
¿Dónde estudiarán los niños de esas 800 familias?
¿Hay cupo?
¿Dónde recibirán atención médica?
¿Existe transporte suficiente?
¿Cuánto tardarán en llegar a sus empleos?
¿Cuál será la disponibilidad real de agua?
¿Tiene capacidad el drenaje?
¿Dónde estará el parque?
¿Quién patrullará?
¿Qué centro comunitario atenderá a adolescentes?
¿Quién recogerá la basura?
¿Quién financiará toda esa infraestructura?
Eso es vivienda adecuada.
Lo demás son metros cuadrados.
LAS CIFRAS DE JUÁREZ DEBEN ACLARARSE
En abril de 2025 el Municipio informó que el programa contemplaba inicialmente 700 viviendas en Ciudad Juárez sobre 5.4 hectáreas.
Dos meses después, al anunciar el convenio de donación con Infonavit, el propio Gobierno Municipal habló de aproximadamente 800 viviendas en esas 5.4 hectáreas.
No necesariamente existe irregularidad alguna; los proyectos modifican densidades, diseños y alcances.
Pero eso precisamente es rendición de cuentas.
¿Por qué 700 se convirtieron en 800?
¿Cuál es hoy el proyecto ejecutivo definitivo?
¿Cuántas viviendas serán?
¿Cuántas personas se estima que habitarán ahí?
¿Cuántos metros cuadrados tendrá cada unidad?
¿Cuánta superficie quedará para parques y equipamiento?
¿Cuántos cajones, banquetas, árboles y áreas comunes?
¿Dónde están los estudios de impacto urbano?
Preguntar esto no significa oponerse a la vivienda social.
Significa defenderla.
Y EL AGUA YA NOS ESTÁ AVISANDO
En marzo de 2026, el Cabildo aprobó modificar el instrumento de desarrollo urbano y donar dos predios ubicados en la zona de avenida Leonardo Solís Barraza y bulevar Fundadores, en el ejido Zaragoza, con una superficie conjunta de 54 mil 409 metros cuadrados, para el proyecto de vivienda.
Tres meses después, en junio, regidores analizaban el proceso relacionado con esos predios y el Municipio informó que se contemplaba la perforación de pozos para garantizar el abastecimiento de agua del desarrollo.
Aquí debería encenderse, no una alarma contra el proyecto, sino una alarma a favor de la buena planeación.
Antes de colocar la primera familia debe conocerse públicamente; ¿cuánta agua necesita el desarrollo, de dónde saldrá, quién garantiza su disponibilidad y qué impacto tendrá sobre el sistema existente?
Juárez no puede continuar utilizando una fórmula urbanística suicida.
Primero autorizamos población; después buscamos agua.
El orden debe ser exactamente al revés.
NO REPITAMOS RIBERAS DEL BRAVO
Riberas del Bravo debería estudiarse en las facultades de urbanismo del país.
No para estigmatizar a quienes viven ahí.
Para entender qué ocurre cuando la producción de vivienda avanza más rápido que la construcción de ciudad.
Lo mismo puede decirse de grandes sectores del suroriente y de distintas zonas del poniente.
Durante años se celebró la cantidad de casas construidas como indicador de desarrollo.
Y mientras cortábamos listones de vivienda, acumulábamos déficit de escuelas, movilidad, parques, infraestructura social y seguridad.
El propio instrumento municipal de planeación reconoce entre los problemas de Juárez la dispersión urbana, carencia de equipamiento e infraestructura, movilidad ineficiente, segregación socioespacial, asentamientos irregulares y un alto porcentaje de vivienda deshabitada.
Es decir:
el Gobierno ya conoce el diagnóstico.
Ahora falta saber si tendrá voluntad para no repetirlo.
AQUÍ ESTÁ LA VERDADERA RENDICIÓN DE CUENTAS
Por eso Ayuntamiento, Cabildo, Infonavit, SEDATU, CONAVI, Gobierno del Estado, COESVI, JMAS y las dependencias responsables de educación, salud, seguridad y movilidad deberían publicar, antes de entregar las viviendas, un tablero público de indicadores.
No un boletín.
No una fotografía.
No un render.
Un expediente ciudadano.
Que diga, cuando menos.
Número exacto de viviendas y población proyectada.
Fuente y capacidad garantizada de agua potable.
Capacidad instalada de drenaje y saneamiento.
Número de lugares escolares disponibles por nivel educativo en el área.
Distancia y capacidad de los centros de salud.
Rutas, frecuencia y costo del transporte público.
Kilómetros de vialidades y banquetas concluidas.
Metros cuadrados de áreas verdes y espacio público por habitante.
Cobertura policial, alumbrado y atención de emergencias.
Distancia promedio entre vivienda y principales zonas de empleo.
Presupuesto destinado a equipamiento social.
Porcentaje de viviendas ocupadas después de uno, tres y cinco años.
Entonces sí podremos medir bienestar.
Porque lo que no se mide termina convertido en discurso; y lo que solamente se inaugura termina convertido en propaganda.
HAY QUE ROMPER EL CICLO
La casa de cartón representó durante décadas el rostro brutal de la pobreza urbana juarense.
Después llegó la casita financiada en la periferia.
Era de block.
Tenía escritura.
Tenía crédito.
Pero muchas veces seguía estando lejos de todo.
Sería una tragedia que ahora cambiáramos nuevamente el nombre, “Vivienda para el Bienestar”, sin cambiar el modelo.
No basta pasar del cartón al concreto.
Tenemos que pasar de construir viviendas a construir comunidades.
Ese debe ser el verdadero parteaguas.
Porque una familia pobre no necesita solamente cuatro paredes subsidiadas.
Necesita una escuela donde sus hijos tengan lugar.
Una clínica que pueda atenderlos.
Un parque donde puedan jugar.
Una patrulla que pueda llegar.
Un camión que pase.
Una calle transitable.
Agua todos los días.
Drenaje suficiente.
Y un empleo razonablemente accesible.
Eso es ciudad.
Eso es dignidad.
Eso es bienestar.
LA PREGUNTA QUE DEBE RESPONDER EL PODER
El programa federal tiene una oportunidad que pocas políticas públicas reciben; corregir décadas de errores urbanos con recursos, suelo y una filosofía que formalmente reconoce que vivienda y entorno son inseparables.
A escala nacional, el Gobierno federal elevó su objetivo a 1.8 millones de viviendas y reportó en junio de 2026 cientos de miles de unidades contratadas o en construcción.
La magnitud hace todavía más importante la vigilancia.
Ciudad Juárez no puede ser una fábrica de errores habitacionales en serie.
Ya tuvimos casas de cartón sin ciudad.
Ya tuvimos fraccionamientos de interés social sin suficiente ciudad.
Ahora tendremos Casas del Bienestar.
Perfecto.
Pero esta vez la exigencia debe ser diferente; antes de entregar las llaves de una vivienda, entréguennos las garantías de la ciudad que vendrá con ella.
Porque después de medio siglo de expansión, Juárez ya no puede aceptar aquella vieja filosofía:
“Primero construimos las casas; después vemos cómo les llevamos la ciudad”.
Esta vez debe ser al revés.
Primero planeen la ciudad.
Y dentro de ella, construyan las casas.
Eso sí sería bienestar.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.



