La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó convertida en un episodio desafortunado que dejó más polémica que diálogo. Se transformó en una muestra de desconocimiento histórico, arrogancia política y falta de sensibilidad hacia un país que ha luchado y ademas durante siglos construido su propia identidad, lejos de cualquier nostalgia colonial.
Las declaraciones y actitudes de Ayuso generaron rechazo en amplios sectores de la sociedad mexicana porque tocaron una fibra profundamente sensible: la dignidad nacional. México no es un país que viva mirando hacia atrás con complejos de inferioridad. Somos una nación orgullosa de su historia, de sus raíces indígenas, de su independencia y de la enorme capacidad que ha tenido para levantarse una y otra vez frente a la adversidad. Por eso, cuando una figura extranjera intenta minimizar nuestra historia o insinuar superioridades culturales, la respuesta natural del pueblo mexicano es defenderse con firmeza.
La presidenta de México actuó con dignidad al responder y poner límites claros. Más allá de diferencias políticas internas, hay momentos en los que el país debe cerrar filas para defender su soberanía y su identidad. Y este fue uno de ellos. Porque México podrá tener debates intensos entre sus propios ciudadanos —como toda democracia viva—, pero cuando alguien de fuera pretende menospreciarnos o darnos lecciones desde una visión colonialista, la unidad aparece.
Lo más lamentable no fue únicamente la actitud de Ayuso, sino también la ingenuidad de quienes promovieron y celebraron su visita esperando que sus discursos fueran bien recibidos por el pueblo mexicano. Pareciera que desconocen completamente el momento histórico y político que vive nuestro país. México ya no acepta tutelas morales ni discursos de superioridad provenientes de Europa o de cualquier otro lugar. Somos una nación madura, orgullosa y consciente de su valor en el mundo.
Y sí: México se escribe con X, no con J. No es solamente una cuestión ortográfica; es una afirmación histórica y cultural. La X representa nuestras raíces, nuestra identidad y nuestra resistencia. Durante siglos intentaron imponernos formas de pensar, de hablar y hasta de nombrarnos. Pero el yugo colonial fue destruido hace mucho tiempo por hombres y mujeres valientes que lucharon para que México fuera libre, soberano y dueño de su destino. Nuestra historia está llena de héroes que enfrentaron imperios, invasiones y abusos con coraje admirable.
Somos únicos en el mundo. Pocas naciones tienen una riqueza cultural tan inmensa, una gastronomía reconocida internacionalmente, tradiciones milenarias, lenguas originarias vivas y una capacidad de resiliencia tan profunda como la del pueblo mexicano. Desde nuestras comunidades indígenas hasta nuestras grandes ciudades, México es una mezcla extraordinaria de historia, orgullo y fortaleza.
Quienes intentan venir a nuestro país con discursos soberbios terminan encontrándose con una realidad que no esperaban: un pueblo que ya no se arrodilla ante nadie. Un pueblo que sabe perfectamente quién es y de dónde viene. Porque México no necesita aprobación extranjera para sentirse grande. Ya lo es.
Hoy más que nunca me siento orgullosa de ser mexicana. Orgullosa de pertenecer a una nación que ha sabido defender su dignidad a lo largo de la historia. Orgullosa de un país fuerte, unido y valiente. Y orgullosa de un pueblo que, cuando es necesario, recuerda al mundo entero que nuestra soberanía no se negocia y que nuestra identidad jamás volverá a ser sometida.

Daniela González Lara
Abogada y Dra. en Administración Pública, especializada en litigio, educación y asesoría legislativa. Experiencia como Directora de Educación y Coordinadora Jurídica en gobierno municipal
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