Noviembre de dos mil veinticuatro, Los Ángeles. Por primera vez me subí a un Waymo, el auto sin conductor que ya circula por las calles del centro. Esquivó a personas en situación de calle, frenó a tiempo cuando alguien cruzó a media calle, cambió de carril con criterio. A unas cuadras vi pequeños robots entregando comida sobre las banquetas. Y me hice la pregunta incómoda: ¿estamos listos en México? ¿Cuánto rezago tenemos? ¿Veinte años?
La respuesta que escucho cada vez que cuento esta experiencia es siempre la misma. La he escuchado de choferes de Uber, de colegas en la maquila, de empresarios, de estudiantes. “Aquí en México eso nunca podrá ser”. Y vienen los argumentos. Los baches. Los semáforos sin sincronizar. El tráfico. La cultura del mexicano. Las calles malas. La inseguridad.
La lista varía, pero el destino siempre es el mismo: imposible. Quizá en dos décadas. Quizá en dos mil cuarenta. Quizá nunca.
Como auditor llevo veinte años escuchando esa misma frase, dicha con otras palabras, en plantas industriales, en oficinas corporativas, en organismos públicos. Aquí eso no se puede. Y casi siempre, cuando uno examina los pretextos con seriedad, descubre que cada uno tiene solución. El problema no era técnico. Era de voluntad y de creencia.
Examinemos los argumentos uno por uno.
Se dice que los baches y las calles mexicanas hacen imposible la conducción autónoma. Pero la mano de obra que pavimenta calles en Los Ángeles, en Texas, en California entera, es en buena medida mexicana y latinoamericana. Los mismos brazos, los mismos oficios. La diferencia no está en la fuerza laboral; está en la calidad de los materiales que se usan, en los plazos que se respetan y en la supervisión que se exige. Es un problema de procesos y de presupuesto, no de capacidad humana.
Se asume que las ciudades mexicanas son demasiado caóticas por el tráfico. Pero la zona metropolitana de Los Ángeles tiene cerca de dieciocho millones de habitantes. La de Guadalajara y Monterrey rondan los cinco millones cada una. Si Los Ángeles, con más del triple de población, logró desplegar Waymo, el argumento del volumen vehicular se cae solo. Lo que falta no es escala, sino infraestructura semafórica inteligente y planeación urbana. Y eso, una vez más, es decisión, no destino.
El argumento de la cultura del mexicano es el más curioso, porque es el que más fácil se desmiente. El mexicano se adapta. Es de las cosas que mejor sabemos hacer. Voy en el transporte público y veo señoras de setenta años revisando TikTok. Veo trabajadores pidiendo Didi. Veo adolescentes editando video en su teléfono. El que dice que el mexicano no se adapta a la tecnología no ha visto a su abuela mandando audios por WhatsApp.
Cada uno de los pretextos, examinado con calma, se disuelve. No porque sean falsos del todo, sino porque tienen solución conocida.
Aquí está lo que pocos están dispuestos a decir. El rezago de México frente a la inteligencia artificial y la automatización no es tecnológico. No es de infraestructura. Ni siquiera es cultural en el sentido en que se discute.
Es mental.
Creemos que no podemos antes de intentarlo. Aceptamos los pretextos como si fueran diagnósticos. Repetimos los porqués que nos paralizan, en lugar de los porqués que nos llevan a la causa raíz.
Cuando un equipo me dice en una auditoría “es que aquí no se puede”, lo que escucho es “nunca lo hemos intentado en serio”. Y casi siempre, cuando se intenta en serio, descubrimos que sí se puede. Lo que falta no es talento. No es ingenio. Falta convicción de que algo distinto es posible.
Y aquí entra la parte incómoda final. Somos creativos. Lo sabemos. Lo vemos todos los días. Pero estamos usando esa creatividad en lo pequeño.
Hace poco se viralizaron videos del robot humanoide Unitree G1 bailando la Chona y el huitlacoche en celebraciones mexicanas. Es divertido. Es ingenioso. Es muy nuestro. Pero también es una postal de hacia dónde estamos canalizando nuestra capacidad de adaptarnos a la tecnología: hacia el entretenimiento, no hacia la transformación.
¿Y si esa misma creatividad la usáramos para diseñar semáforos inteligentes en una ciudad mexicana? ¿Para desarrollar pavimentos que aguanten más? ¿Para construir una flota de transporte autónoma adaptada a nuestras calles, con nuestro talento de ingeniería?
La pregunta no es si México está listo para la inteligencia artificial. La pregunta es si nosotros decidimos creer que podemos. Porque el rezago, en el fondo, no se mide en años. Se mide en convicciones.

Oscar Peinado
Cuenta con más de 20 años de experiencia implementando sistemas de gestión, auditoría y liderazgo transformacional en empresas del sector manufacturero. Es consultor y profesor en programas de maestría y profesional especializados en tecnologías, calidad, y logística. Su perspectiva combina el rigor técnico con el análisis profundo de cómo la falta de estrategias y liderazgo debilita industrias completas.


