El mito de resistir solos

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Hay una idea profundamente equivocada que se nos ha vendido como virtud: resistir solos.

La repetimos como mantra en ciudades golpeadas, en familias cansadas y en generaciones que crecieron creyendo que pedir ayuda era una forma elegante de derrota. “Échale ganas”. “No dependas de nadie”. “Aguanta”. Como si vivir fuera una competencia de quién soporta más dolor sin quebrarse frente a otros.

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Pero resistir no siempre significa sobrevivir. A veces solo significa acostumbrarse al daño.

Durante años escuchamos que la resiliencia era levantarse después de cada caída, sonreír, aunque todo ardiera alrededor y seguir caminando aun con el cuerpo lleno de grietas. Una especie de heroísmo individual que luce bien en discursos, pero que en la vida real suele esconder agotamiento, abandono y silencios demasiado largos.

La verdadera resiliencia no ocurre en solitario. O al menos no debería.

Lo entendí hace años trabajando en gobierno, supervisando centros nocturnos. Mientras adentro sonaba la música y los adultos negociaban la noche entre humo, alcohol y billetes pequeños, afuera había niños cuidando niños. Pequeños de seis o siete años esperando a sus madres bajo luces de neón cansadas, como si la infancia pudiera ponerse en pausa hasta nuevo aviso.

Recuerdo la sensación incómoda de inutilidad. Yo estaba ahí para hacer cumplir reglamentos, horarios, permisos y sanciones. Todo perfectamente escrito en papel. Pero ninguna línea administrativa alcanzaba para explicar por qué un niño tenía sueño sentado en una banqueta a las dos de la mañana.

Y entonces entendí algo brutal: la responsabilidad sin empatía es apenas burocracia con uniforme.

Hay ciudades enteras funcionando así. Personas completas sobreviviendo así. Cumpliendo. Operando. Resistiendo. Pero profundamente desconectadas unas de otras.

El deterioro social rara vez comienza con una tragedia espectacular. Empieza con algo más discreto: la indiferencia. Ese momento en el que mirar hacia otro lado se vuelve costumbre. Cuando pensamos “no me corresponde”, “no puedo hacer nada”, “cada quien sus problemas”. Ahí es donde la comunidad empieza a fracturarse como yeso húmedo.

Porque el problema nunca es solamente económico, político o institucional. También es emocional. Hemos perdido la capacidad de sentirnos responsables unos de otros.

Y, aun así, incluso en medio de esa fractura, hay algo terco que sigue apareciendo.

La maestra que compra materiales con su dinero. El vecino que organiza una colecta sin subirlo a redes sociales. El pequeño empresario que decide no irse de la ciudad cuando sería más fácil abandonar todo. La mujer que escucha a otra sin juzgarla. El joven que todavía cree que involucrarse vale la pena.

Ninguno de ellos se siente héroe. Y quizá por eso importan tanto.

La comunidad no se construye con discursos épicos. Se construye con actos pequeños que se repiten hasta convertirse en cultura. Con personas que entienden que participar no siempre significa encabezar una organización o aparecer en una fotografía. A veces participar es algo mucho más íntimo y silencioso: negarse a endurecerse.

Pienso mucho en Ciudad Juárez cuando hablo de esto. Una ciudad a la que demasiadas veces se le ha narrado desde la herida. Como si solo pudiera existir a través de la violencia, el abandono o la tragedia. Pero quienes vivimos aquí sabemos otra cosa: Juárez también está hecha de gente que sostiene a otros incluso cuando apenas puede sostenerse a sí misma.

Tal vez por eso pertenecer importa tanto.

No porque una ciudad te vea nacer, sino porque un lugar termina construyéndose dentro de ti a través de quienes te acompañan en él. Uno pertenece donde alguien le tendió la mano cuando más lo necesitaba. Donde alguien dijo “yo te ayudo”. Donde descubres que tus batallas no eran exclusivamente tuyas.

Nos enseñaron a admirar al individuo que conquista solo. Pero quizá el verdadero acto de valentía consiste en aceptar que nadie debería vivir así.

Porque al final, lo que realmente nos sostiene no es la capacidad de sobrevivir aislados.

Es la posibilidad de encontrarnos.

ADN Raul Garcia Ruiz
Raúl García Ruiz

Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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