Las cifras sobre el incremento de los conflictos vecinales en Ciudad Juárez merecen atención, pero sería un error leerlas únicamente como un problema de convivencia entre particulares. Las discusiones por el volumen de la música, los espacios de estacionamiento o los límites de una propiedad son apenas la manifestación más visible de un fenómeno mucho más amplio: vivimos en una sociedad donde el conflicto dejó de ser una excepción para convertirse en la forma habitual de relacionarnos.
No ocurre solamente entre vecinos.
En los últimos años hemos visto enfrentamientos públicos entre organismos empresariales que antes encontraban puntos de coincidencia para impulsar proyectos comunes. La discusión política parece haber renunciado al acuerdo como herramienta democrática para instalarse en una confrontación permanente donde el objetivo no es convencer, sino anular al adversario. Las redes sociales terminaron de consolidar esa lógica: quien piensa distinto ya no es alguien con quien debatir, sino alguien a quien exhibir.
Podría parecer que se trata de episodios aislados, pero en realidad forman parte del mismo ecosistema social.
Una comunidad comienza a fracturarse cuando desaparecen los espacios de confianza. Y la confianza no se rompe únicamente por la delincuencia o por las crisis económicas. También se erosiona cuando cada diferencia se interpreta como una agresión, cuando cualquier desacuerdo termina convertido en litigio, denuncia pública o campaña de desprestigio.
El aumento de los conflictos vecinales registrado por las autoridades municipales no debería preocupar únicamente porque representa más expedientes administrativos. Debería preocupar porque funciona como un indicador del estado emocional y político de la ciudad. Las sociedades hablan de sí mismas a través de los problemas que más se repiten.
Juárez siempre ha sido una ciudad intensa. Forjada por la migración, el trabajo industrial y la condición fronteriza, aprendió durante décadas a convivir entre diferencias. La diversidad nunca fue el problema. Lo preocupante es que hoy pareciera disminuir nuestra capacidad para administrar esas diferencias sin convertirlas en confrontaciones.
No es casualidad que en distintos países los especialistas hablen del debilitamiento del capital social. Es decir, de la pérdida de las redes de confianza que permiten cooperar incluso entre personas que no piensan igual. Cuando ese capital disminuye, la sociedad sigue funcionando, pero cada decisión cuesta más, cada proyecto encuentra más resistencias y cada crisis resulta más difícil de enfrentar.
La paradoja es evidente.
Nunca habíamos tenido tantos canales para comunicarnos y, sin embargo, cada vez parece más complicado escucharnos. Nunca había sido tan sencillo expresar una opinión y, al mismo tiempo, tan difícil construir un acuerdo. La discusión pública se ha llenado de voces, pero ha perdido conversación.
El riesgo político de esta dinámica es enorme. Una ciudad donde prevalece la confrontación permanente termina debilitando su capacidad para exigir resultados, porque la energía colectiva se consume en disputas internas. Mientras vecinos, sectores económicos, organizaciones y actores políticos invierten tiempo en enfrentarse entre sí, los problemas estructurales siguen esperando soluciones: movilidad, agua, crecimiento urbano, seguridad, desarrollo económico o calidad de vida.
No se trata de pensar igual. Una democracia sana necesita desacuerdos. Lo que resulta insostenible es una sociedad que ha sustituido el diálogo por el choque constante como mecanismo para resolver cualquier diferencia.
Las cifras sobre conflictos vecinales no son, entonces, una nota curiosa para la estadística municipal. Son una señal de alerta sobre el estado de nuestra vida pública. Porque una sociedad que pierde la capacidad de construir acuerdos en la banqueta difícilmente podrá construirlos en el cabildo, en el Congreso, en las cámaras empresariales o en cualquier espacio donde se decide su futuro.
Juárez no necesita menos diferencias. Necesita recuperar la convicción de que existen causas más grandes que los intereses individuales. Una ciudad se vuelve verdaderamente fuerte cuando entiende que competir no significa destruir al otro, que discrepar no obliga a romper puentes y que ningún desafío colectivo se resuelve desde el aislamiento. Si el conflicto se convierte en nuestra identidad, tarde o temprano dejaremos de ser una comunidad para convertirnos únicamente en un territorio compartido. Y esa sería, con mucho, la derrota más costosa de todas.

Raúl García Ruiz
Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.
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