Hoy vine a recoger el cuerpo de mi hija al Hospital General de Ciudad Juárez. Murió a las 9:42. Sí, Covid.

La fría información de la trabajadora social desecha la esperanza: «le tenemos malas noticias…fíjese que…» y luego la explicación médica incierta, incompleta, incomprendida: un paro cardíaco fulminante y a pesar de los esfuerzos realizados, la ciencia derrotada en la cama 262 del hospital del Estado

Y yo, frente a esa mujer madura que veía por primera vez en mi vida, escuchando el frío relato que no quiero escuchar más, que me duele.

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Es allí donde empieza esa niebla que oscurece el día. La noticia nos mete en una burbuja donde se pierde todo contacto con la realidad, con el llamado mundo real.

Nuestra hija llegó a la familia cuando tenía 14 años. Los motivos son crudos. A sus 34 años seguía siendo dócil, noble y agradecida. Nunca nos levantó la voz ni juzgó nuestras decisiones.

Los últimos años estuvo en casa. «Siempre quiero estar aquí», decía. Día y noche, en diálogos interminables sobre la vida, sobre Jesús, sobre la doctrina de Cristo sobre su historia que poco a poco iba sanando, superando.

Una noche mi esposa y yo platicamos con ella y sembramos en su vida el deseo de luchar por su identidad, por lo que siempre deseó, «dentro de poco tendrás tu propia casa, necesitas invertir en tu futuro porque nosotros nos estamos haciendo grandes…» Sus ojos se iluminaron, porque un día nos recordó que en más de 14 años nunca tuvo una cama propia. Ni ella era de su propiedad.

Hoy se ha ido. Está en la casa Celestial. En la morada que Jesús le prometió. El Dios amado se adelantó en la intención de gratificar el enorme corazón de esa jovencita amable y generosa.

En ese sombrío hospital las gestiones nos ahogan. Servidores públicos deshumanizados; cuentas de hospital que nos hacen temblar y reflexionar sobre el doble duelo: el de la muerte y el de la pobreza, el de la escasez.

Frente al dolor familiar otros dramas. Una mujer muere frente a mis ojos, víctima del Covid auxiliada por su hija que le da respiración de boca a boca, porque cuando hay amor no hay conciencia de contagio; luego otra mujer que ya no pudo respirar y sucumbió en el asiento trasero del auto frente al hospital y frente a su hijo que, como yo, vive en esa niebla que cubre el día.

Nadie llora. La muerte se hace común, solo caen y caen lágrimas de nuestros ojos. Todos quieren ayudar pero saben el riesgo.

Ahora enfrentamos la otra realidad, la absurda tramitología que exige la Fiscalía del Estado, las corruptas funerarias, los teléfonos de emergencia que nunca contestan. El dolor es lo único cierto, lo único que es real y pega en el pecho.

Para quien no entienda el valor de un hijo que un día llega a casa y se recibe con las condicionantes que los sentimientos imponen, tan solo hay que reflexionar que en esta vida hay hijos que se gestan en el vientre y otros que Dios incuba en el corazón. Así fue Lucerito para esta familia que hoy la llora.

¡Hasta pronto hija! Ya te extrañamos mucho… solo te queremos preguntar ¿Y ahora qué vamos a hacer sin ti? Con todo nuestro amor a Lucero Hernández, Lucerito.

Rafael Navarro
Rafael Navarro Barrón
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