Mientras escribo estas líneas estoy en el restaurante Porta Bella de Ciudad Juárez. No hay mucha gente pero si la suficiente como para distraerse por alguna risa espontánea o el mesero que me ha preguntado muchas veces que si “todo está bien” y yo he respondido que “sí… muchas gracias”.

Dos cafés y un jugo de naranja no hacen estragos más que en el bolsillo. Cuando veo el rostro de los meseros, algunos muy jóvenes que creo deberían de estar en la universidad o en mercados laborales de otra índole, es cuando comprendo la condición del México nuestro.

Sus confesiones no son secretas: desintegración familiar, falta de oportunidades, escuelas abusonas que condicionan la educación a las cuotas de padres de familia, la muerte de uno de sus padres por la guerra el narcotráfico… y la que le queramos poner.

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También distingo a los que se hicieron viejos sirviendo mesas con el rango más alto en la función de mesoneros, atendiendo a los comensales que, ya lo sabemos, los hay de todo. Desde el mamón como el que está a mi lado que habla y habla por teléfono arreglando asuntos de casa; a grandes voces le indica a uno de sus trabajadores que laven con ácido las paredes de la alberca. Y les advierte que va a ir a checar para que no le “hagan marranadas”.

Y al colgar la llamada se ufana con los de la mesa de la alberca que construyó en su casa y de la lama que se forma en las orillas cada vez que hace mucho aire.

En otra parte del restaurante, en la mesa de la tercera edad, el ejército del siglo pasado saca su colección de pastillas para combatir todos los males que han acarreado en sus largas vidas, entre cuidados y excesos.

Escucho la voz del periodista Osbaldo Salvador que me dice: “mi Navarrone para para allá vamos…” Y me prevengo mentalmente. Cuento las idas al baño de los ancestros comensales, uno de ellos ya lleva tres meadas y diagnóstico en mi mente el ‘mal del orín’ o la ‘próstata en proceso de Houston tenemos un problema’. Quisiera darle el teléfono de mi amigo, el Urólogo Ariel Díaz-de León Herrera, pero nunca contesta y siempre llega tarde a las consultas.

Los viejitos dialogan en torno a la elección del 1 de julio. Uno de los comensales se identifica como profesor jubilado en los tiempos en los que Arnoldo Cabada de la O. realizaba sus pininos en el Canal 5 de Televisión con don Pedro Meneses.

A Armando lo conoce de “toda la vida” revela el profesor con un dejo de nostalgia.

La edad, por una parte, y las experiencias que han vivido, por otra, les da autoridad para decir que “Ciudad Juárez es un desmadre”, así como lo escuchan “un desmadre”.

Y luego la frase hechiza, recontra hechiza, el profesor y otro de los comensales de la tercera edad, que lleva el cabello pintado color ‘avellana’ de la marca Just for Men, señalan que “antes se podía dormir con las puertas de las casas abiertas y dejar las bicicletas afuera de la vivienda… ¡qué desmadre ahora!”, alcanza a decir mientras intenta sorber un café americano que ya se convirtió en agua con leche porque la cafeína le da hipo y pidió que le echaran media taza.

La indignación es suficiente para la mesa de los cinco exponentes del siglo pasado que se niegan a dejar el restaurante porque de aquí a las siete de la tarde que se van a andar muriendo de sueño, no tienen otra cosa que hacer. Quizá platicarán con otros de su generación, verán las noticias del 44 o a Héctor González en el 32.1, después al Fabiruchi en la Cuchara, antes de comer una manzana picada, ir siete veces al mear, convivir con su esposa y recibir llamadas de sus hijos y nietos que de vez en cuando se acuerdan de ellos.

Los primeros de cada mes se formarán en una caja automática del banco donde les pagan a retirar su efectivo de la pensión que obtuvieron en los trabajos de toda su vida…luego irán a los centros hospitalarios para recoger las pastillas que aliviarán el dolor de las rodillas, la cadera y las piernas.

Y aquí está, otra vez, el mesero joven, el ex Nini, recorriendo los pasillos porque el lugar se vacía poco a poco por ser ‘san lunes’ y me vuelve a preguntar que si “todo está bien”.

Y yo le quisiera responder: ¿Qué no ves el desgarriate? Pero creo que no lo entendería porque está metido en su propio problema. Desde las mesas de un restaurante y por el testimonio de los decanos camareros, advierte que el futuro del oficio es incierto. El decano está lleno de callos y juanetes, pero no pierde la gracia de responder con amabilidad y convivir con los comensales.

Estoy seguro que como joven revolucionario, el mesero votó por AMLO y aun no se ha entera que el 1 de julio elegimos a un nuevo presidente y que, por la perniciosa ley de la metamorfosis, ya se convirtió en ‘dios’ y estamos en un serio peligro.

Y de pronto, el joven que atiende el área donde decidí sentarme a escribir, me confiesa que aún no es mesero. Falta que el patrón le refrende el título y le conceda el nuevo uniforme, eso se tardará meses porque no es cuestión de actitud y conocimiento del oficio, sino de burda explotación.

El joven tiene el tiempo para confiarme que con las propinas “le va a toda madre” y lo creo, pero las propinas no hacen antigüedad en el Seguro Social ni se utilizan para el fondo de vivienda del Infonavit, ni otorgarían ventajas para los préstamos del Fonacot.

Es el paraíso del subempleo que, de acuerdo al Papa Francisco en su visita a Juárez, es una nueva forma de esclavitud en un mundo donde todo se vale, menos trabajar con ética.

Nosotros tenemos la culpa por rajados. Nadie más. Todo nos pasa por la condición de entreguismo en la que hemos convertido la vida social, política, empresarial, universitaria, periodística de esta frontera. A nadie más podemos culpar por tener el agua en el cuello.

Recuerdo entre risas los relatos de Juan Rulfo. Particularmente el titulado o conocido como ‘Diles que no me maten’. Así estamos nosotros, como Juventino Nava. Así empieza la narrativa del prolífico mexicano:

“-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles.

Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo

haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber

quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño…

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de

los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas

haces por mí. Eso es lo que urge.”

Frente a la realidad de Ciudad Juárez, del mismo estado de Chihuahua, estamos en la tesitura de Juventino Nava, el del cuento de Juan Rulfo: asustados, acobardados, atados a horcones porque hemos quedado sin la libertad de accionar…nos ha secuestrado el miedo. Así como lo oye, el miedo.

La cobardía nos ha hecho ceder. La valentía que tuvimos el domingo 1 de julio al acudir a las urnas cuando le dijimos ‘no’ a muchos paradigmas, a muchas trampas y absurdos, volvió a derrumbarse.

Nos prometieron ‘chilar y huerta’ y quedamos atorados en simples promesas que vinieron a profanar nuestra visión presente y futura. Estamos atorados en las telarañas –como diría mi amigo el periodista Marco Antonio Torres- de “tanto pendejete” que se cree con el derecho de exigir, imponer y dirigir los destinos de una ciudad, un estado, un país…como si fueran de su propiedad.

No es una exageración, pero ¿qué nos pasa como nación? El abuelo de Facundo Cabral refería una frase que hoy cae como anillo al dedo: “Solamente le tengo miedo a los pendejos ¿por qué? porque son muchos no se puede cubrir un frente tan amplio y al ser mayoría son peligrosos, pueden elegir hasta al presidente.”

Y si sigo por ese camino retórico pudieran surgir de estas líneas la ambigüedad cobarde y la generalización absurda que solo le dan vueltas al problema y no centran su objetivo en asuntos que son del interés general.

Antes del meollo tengo la obligación periodística de motivar la reacción analítica.

De que estamos mal, estamos mal. Este asunto ya no es de esperar a que alguien nos haga el favor de cambiar el rumbo del país. Ese lujo no está en nuestra condición de ciudad.

Y tan solo cito lo que está al alcance de nuestra capacidad de analizar el presente. No me atrevo a profetizar el futuro porque hemos tenido muchos descalabros. Está viciado el sentido común de la política y no hay otra alternativa que esperar los resultados no previstos, porque los previstos no van a llegar.

Que tengamos a un ‘diosito’ que todos los días cambia de opinión con respecto a la problemática del país, no es nada nuevo. No está en las condiciones del hombre cumplir sus promesas, el único que las cumple es el Dios Todopoderoso, el único y verdadero.

El hombre dice en un altar que promete ser fiel en lo próspero y en lo adverso, lo hace la mujer, y al siguiente día están incumpliendo su palabra.

Por eso debemos de creer que lo que prometieron los políticos era broma, no era en serio. Se trató de una simple versión electoral que no tenía pies ni cabeza. No era real, fue una simplada, como un eructo con más aire que aroma.

Y así nos ocurrió con Javier Corral. Tenemos a un huevón dirigiendo al estado. Un pendenciero que no le gusta levantarse temprano ni le gusta trabajar. El palacio de gobierno es como un club social donde puede practicar con su perro las suertes que aprendió en la escuela canina.

Entonces no esperemos nada. Dejemos que el niñito huevón juegue a ser gobernador, nosotros tomemos en serio nuestra misión ciudadana pagando los impuestos, atendiendo la moral y las buenas costumbres, sosteniendo el buen gusto por trabajar, por sobrevivir y por soñar.

Es necesario no esperar más en relación con la advertencia de cinco de los diez candidatos perdedores a la rectoría de la Uacj que, molestos por la marranada, habían decidido impugnar, pero ya no. Dejarán que asuma el cargo Juan Ignacio Camargo Nassar, el catedrático que plagia el trabajo de otros y que no tiene cabeza para hilar de la ‘A’ a la ‘Z’ un programa de gobierno, por eso el plagio, por eso copiar, que es motivo grave para reprobar en la Uacj y ser expulsado.

Para el personaje ganador eso no reviste un problema. El salió inflado de la sesión del Consejo Universitario, agradecido con su padrino, el ex gobernador César Duarte que, desde el exilio le mandó una felicitación sincera, cordial, burlona, porque pasó por encima de Javier Corral y le demostró que “el poder es para poder”.

¿Armando Cabada o Javier González Mocken? Ni la empresa Caliente se atreve a someter la determinación del Tribunal Federal Electoral a la mesa de apuestas. Los descendientes del Profesor Carlos Hank se comen las uñas con esa decisión que el TEE tiene entre manos.

Es el México donde todo se puede. Aquí las insinuaciones ya no son tras bambalinas, se dicen a los cuatro vientos y no ocurre nada. Antes de la resolución del Tribunal Estatal Electoral que le dio el triunfo a Cabada se hablaba de decisiones ya tomadas, de indicaciones bien recibidas y atendidas por los miembros del TEE a favor del independiente. De muchos millones repartidos a cada uno de los magistrados.

El tema es público…nadie investiga, nadie se toma la molestia de ir a preguntarles “Perdonen, señores magistrados, ¿recibieron alguna cantidad por emitir ese dictamen?” Y esperar respuestas, las que sean, las que los exhiba ante la opinión pública sobre lo que son y no sobre lo que deberían de ser.

Mientras no se descarte la posibilidad moriremos creyendo que son unos corruptos y, posiblemente, no lo sean.

Pero cómo quitarnos la duda de que todo se cumplió al pie de la letra. Nadie se salió del programa y se demostró que el pasado 1 de julio fuimos testigos de una sucia elección y de la participación de instituciones timoratas que se negaron a intervenir porque en este momento la estructura federal está atemorizada por su futuro.

El máximo órgano electoral de la PGR, la Fepade se despide del sexenio como lo que siempre ha sido, un organismo inútil, corrupto e innecesario.

Por eso el sistema de especulación política y periodística se está moviendo en atención a sus filias y fobias. La misma alcaldía teje sus propios enredos y crea sus propios castillos.

La versión se vuelve otra vez viral, pero no sabemos si ocurrirá lo mismo en el TRIFE que en el TEE, si habrá el dinero que dicen que hubo…los millones que dicen que se repartieron. Lo que sabemos es que no podemos adelantar nada, porque no está en las manos del colegiado la decisión, sino en las manos sucias, en los tribunales pestilentes que se mueven desde el amparo del poder político que funciona con las caras de PRI, PAN y Morena…y toda la camarilla de minis partidos que son comparsas de ese poder del que ya estamos hartos.

Rafael Navarro
Rafael Navarro Barrón
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