Democracia en pausa: cuando la gente deja de creer

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En América Latina la democracia sigue viva, sí, pero claramente muy cansada. No porque la gente ya no vote, sino porque cada vez cree menos, porque las promesas se convirtieron en letra de cambio y la realidad en una escena que se pretende tapar con un telón de teatro. Y cuando el pueblo deja de creer, la democracia no se cae de golpe: se desmorona.

El problema no es nuevo, pero en 2025 es imposible ignorarlo. Hay elecciones, hay discursos, hay promesas… pero también hay una sensación generalizada de que las decisiones importantes no se toman donde deberían. Que el poder se mueve lejos de la gente y que las instituciones ya no representan, sino administran el enojo.

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La desconfianza hacia todos los partidos, congresos que parecen servir de chiste, gobiernos que gobiernan para unos pocos y tribunales a modo deja claro que esta desconfianza no nació de la nada. Se alimenta de malos resultados, de desigualdad persistente y de una percepción muy clara: el sistema escucha poco y responde peor. Por eso la protesta se ha vuelto el lenguaje político más común a nivel mundial. No porque esté de moda, sino porque muchos sienten que es el único canal que queda.

Aquí está uno de los grandes dilemas democráticos: protestar es legítimo, pero cuando el sistema no sabe procesar el reclamo, la calle sustituye a la institución. Y cuando eso pasa, la política se vuelve reactiva, polarizada y, en algunos casos, peligrosamente frágil.

La desigualdad también juega su parte. No se puede hablar de participación democrática real cuando millones de personas viven resolviendo lo urgente. El voto existe, pero la voz pesa distinto según el ingreso, la educación o el acceso a oportunidades. Eso destruye la idea básica de equidad política.

México no es ajeno a este escenario. Aquí también vemos tensiones claras: concentración de poder, debilitamiento de contrapesos, reformas apresuradas y un discurso que divide entre “los buenos” y “los malos”. El problema no es la crítica —esa siempre es necesaria—, sino cuando se normaliza gobernar sin diálogo, sin técnica y sin rendición de cuentas.

Porque ojo: la democracia no se mide solo en elecciones. Se mide en instituciones que funcionan, en reglas claras, en autoridades que explican y en gobiernos que aceptan límites. Cuando eso se pierde, lo que queda es una democracia formal, pero vacía. Desgraciadamente, lo vemos desde congresos que se preocupan más por prohibir que por luchar por los derechos y libertades de los ciudadanos.

Al final, el verdadero reto de la gobernanza democrática en América Latina —y en México— no es inventar nuevos discursos, sino reconstruir la confianza. Y eso no se logra con propaganda ni con confrontación permanente, sino con resultados, legalidad y respeto a las reglas del juego.

La democracia no muere de un día para otro. Se apaga cuando deja de importarle a la gente. Y ese, quizá, es el aviso más serio que hoy deberíamos estar escuchando. Porque no hay ningún ciudadano complacido; todo lo contrario: el sol no se tapa con un dedo.

ADN Alvin Alvarez
Alvin Álvarez Calderón

Político y abogado chihuahuense con experiencia legislativa y empresarial. Exsubdelegado de PROFECO, ex dirigente del PVEM en Ciudad Juárez y cofundador de Capital and Legal. Consejero en el sector industrial y financiero, promueve desarrollo sostenible e inclusión social.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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