De la revolución de octubre a la revolución del Gallo Pinto

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Si un buen observador del acontecer internacional y de la historia de los grandes imperios se diera a la tarea de ubicar las características más comunes de cualquier proyección del poder geopolítico con alcances globales, notaría que en la mayoría de los casos, se ha requerido al menos la posibilidad de que el Estado que se observa pueda conjugar elementos como capacidad económica, innovaciones tecnológicas, poder militar, legitimidad política interna, algún pretexto político externo, interés económico o comercial en los objetivos de su política exterior, y la vocación de mitoteros en el perfil de su idiosincrasia nacional.

Así, si este observador se ubicara en Rusia, hace 109 años, como lo hizo en su momento el famosísimo periodista estadounidense John Reed, en este mes estaría siendo testigo del nacimiento de una de las rivalidades más intensas e interesantes que ha modelado la geopolítica hasta nuestros días, incluso con la presente irrupción de China entre los tres factores de poder real que conducen el destino del planeta.

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Consecuentemente, nuestro observador estaría presenciando la revolución de octubre de 1917, que finiquitó casi 400 años de monarquía feudal, y evaporó las capacidades represivas del ejército imperial que paró militarmente a Federico “El Grande” y derrotó a Napoleón, pero no pudo contra el peso de su propio pueblo. Esta revolución, resistió el acoso militar de las economías más poderosas del comienzo del siglo XX y dio paso a un imperio, que a lo largo de todo el siglo pasado difundió en el mundo una perspectiva de vocación globalista, distinta a la occidental que, como contrapeso al poder estadounidense, entre otros fenómenos, sentó las bases de la paz mundial mediante la amenaza latente de la guerra nuclear; impulsó la tropicalización de su oferta económica y política, en distintas latitudes, como una alternativa a las problemáticas derivadas de la imposición del discurso económico liberal aplicado en sociedades de economías no desarrolladas y con perspectivas ciudadanas poco democráticas, e inspiró a millones de personas en todo el mundo a seguir con más fe que criterio, la idealización de un modelo económico fracasado y una utopía, hasta ahora irrealizable que ha cobrado casi tantas vidas y libertades como el capitalismo más salvaje.

Sin embargo, otro efecto indirecto de su disputa imperialista frente a los Estados Unidos de América ha sido la creación de modelos políticamente democráticos, y que económicamente promueven un liberalismo con responsabilidad social y ambiental, justo en las fronteras culturales de los dos imperios. Esto es en Europa, Corea del Sur y Japón.

Con el aniversario de la Revolución Rusa, asistimos a un nuevo escenario geopolítico, impulsado por el protagonismo tanto del Kremlin como de Washington, en el que la tecnología les ha permitido ampliar y modificar las condiciones de su centenaria disputa por la influencia extraterritorial, en la que sus enfrentamientos indirectos les han permitido obtener de sus respectivos desastres militares, como lo son Ucrania e Irán, consecuencias económicas positivas al ayudarles a convertirse en factores determinantes para las fluctuaciones de recursos esenciales como el petróleo o las tierras raras, cuyas dinámicas de explotación internacional, fluctuaciones de mercado y abasto les proyectaban riesgos a la continuidad de su relevancia a nivel mundial.

En esta apuesta que sacrifica el prestigio militar por el control económico, las izquierdas latinoamericanas han perdido totalmente la brújula del materialismo histórico, confundiendo los recuerdos del pasado con el realismo del presente, desdibujando su capacidad de adaptarse y reinventarse, y se pliegan en “apoyo” a una Rusia autoritaria que confunden con su recuerdo de la URSS, y se abandonan a la vía fácil de buscar viejos esquemas de ejercicio del poder contra los que alguna vez combatieron pero que hoy justifican con su recuerdo de la guerra fría, sirviéndoles de pretexto para olvidar el discurso histórico de izquierda latinoamericana crítico, democrático y legitimador.

Pareciera que revientan su pasado, aferrándose al poder y justificándose con una alucinante reinterpretación del realismo político que ofrecen actualmente China y Rusia, abrazando o rescatando estructuras económicas propias del fundamentalismo económico que esas izquierdas latinoamericanas soñaban en la década de 1970.

Esperemos que el ensoñamiento de esas élites latinoamericanas de izquierda concluya, para que empiecen a trabajar por lo que alguna vez dijeron querer construir, y dejen de afanarse en parecerse tanto a aquellos modelos autoritarios que combatieron en sus juventudes. Ojalá que Cuba empiece por primera vez a sonar como Camilo y deje de recordarnos a Batista, o que Nicaragua pueda sentirse más como el sueño de Sandino, y menos como una patética continuidad de Somoza.

Este octubre se registró la Trigésima Primera Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores para considerar la situación en Nicaragua, ojalá pueda ser detonante de una nueva revolución de octubre, una latinoamericana, que libere a las izquierdas de esa devoción enfermiza por los muertos, a costa de los vivos, y esa confusión lamentable que les lleva a justificar a autócratas como Daniel Ortega, por su aporte a una lucha de hace 40 años, a la que traicionaron en cuanto llegaron al poder.

Raen Sanchez
Raen Sánchez Torres

Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.

Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


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