Hay momentos en los que uno tiene la fortuna de no ser solamente espectador de la historia, sino parte de ella.
Cuando miro hacia atrás y recuerdo aquellos primeros años de Morena, resulta difícil dimensionar todo lo que ocurrió en apenas quince años. Lo que comenzó como un movimiento de mujeres y hombres convencidos de que México necesitaba una transformación profunda terminó convirtiéndose en la principal fuerza política del país.
Hoy puedo decir con enorme orgullo que estuve ahí.
Estuve, como muchos compañeros y compañeras, cuando Morena no significaba cargos públicos ni posiciones de gobierno. Cuando había que caminar las calles, reunirnos, organizar comités, convencer persona por persona y defender nuestras ideas frente a quienes aseguraban que nunca podríamos cambiar el régimen político del país.
El Movimiento Regeneración Nacional quedó constituido formalmente como asociación civil el 2 de octubre de 2011. No fue casual la fecha. Morena quiso vincular desde su nacimiento su historia con las luchas democráticas y sociales de México.
Andrés Manuel López Obrador recorrió incansablemente el territorio nacional. Visitó municipios, pueblos y comunidades que durante décadas habían sido ignorados por la política tradicional. Alrededor suyo comenzó a consolidarse una organización formada por ciudadanos que compartíamos una convicción: México podía gobernarse de otra manera.
En Chihuahua también comenzó aquella construcción. No éramos entonces la fuerza política que somos hoy. Éramos ciudadanos organizándonos, discutiendo, recorriendo colonias y municipios, defendiendo principios y construyendo esperanza. En mi ciudad, Juárez, como en miles de comunidades del país, Morena fue creciendo desde abajo. Después vino la decisión de convertir aquel movimiento en partido político.
En 2014 Morena obtuvo su registro nacional. Y solamente cuatro años después ocurrió lo que muchos habían considerado imposible.
El primero de julio de 2018, más de 30 millones de mexicanos votaron por Andrés Manuel López Obrador. Por primera vez la izquierda llegó a la Presidencia de México con una legitimidad electoral contundente.
Recuerdo lo que significó aquella noche para quienes habíamos participado durante años en esta lucha. No era solamente ganar una elección. Era comprobar que tantos recorridos, reuniones, debates, derrotas y esfuerzos habían valido la pena.
Comenzaba la Cuarta Transformación.
Pero la historia no terminó con Andrés Manuel López Obrador.
Seis años después, Morena volvió a recibir un respaldo todavía mayor. Claudia Sheinbaum Pardo obtuvo cerca de 36 millones de votos y se convirtió en la primera mujer Presidenta de México.
Pensemos por un momento en la dimensión de ese recorrido.
En 2011 éramos un movimiento que apenas comenzaba a organizarse formalmente. En 2014 nos convertimos en partido político. En 2018 ganamos por primera vez la Presidencia de la República. Y en 2024 el movimiento consiguió nuevamente la confianza mayoritaria de los mexicanos y llevó por primera vez a una mujer a Palacio Nacional.
Todo eso ocurrió en apenas quince años.
Morena pasó de organizar asambleas a gobernar el país; de instalar mesas en plazas públicas a convertirse en la principal fuerza política nacional; de tocar puertas para conseguir simpatizantes a recibir decenas de millones de votos.
Pero quienes vivimos aquellos primeros años sabemos algo que las estadísticas no pueden contar.
Morena no nació en las oficinas del poder, nació en las calles, nació en las casas donde se reunían diez o veinte personas, en las plazas públicas, en los recorridos bajo el sol, en las conversaciones con trabajadores, estudiantes, campesinos, comerciantes, amas de casa y adultos mayores.
Nació de la indignación, pero también de la esperanza.
Por eso, cuando hoy vemos hasta dónde hemos llegado, debemos recordar de dónde venimos.
Yo tuve el privilegio de vivir esa historia desde Ciudad Juárez. Primero desde la convicción ciudadana y después desde distintas responsabilidades públicas. Me tocó en suerte ser el primer diputado de Morena en el Congreso de Chihuahua, compartiendo esta distinción con mi querida amiga Leticia Ortega Máynez y juntos hemos visto crecer un movimiento que durante mucho tiempo fue minoría hasta convertirse en una fuerza determinante para el presente y el futuro de nuestro estado y del país.
Naturalmente, quince años de historia también dejan lecciones, contradicciones y asuntos pendientes. Morena debe conservar la capacidad de revisarse, corregirse y recordar permanentemente sus principios.
Ese análisis habrá que hacerlo y habrá otros espacios para ello. Hoy corresponde celebrar. Celebrar a quienes estuvieron desde el principio y también a quienes se fueron incorporando en el camino. A quienes nunca ocuparon un cargo, pero entregaron horas, días y años a construir este movimiento. A quienes ya no están con nosotros y alcanzaron a sembrar una parte de esta transformación.
Porque Morena no pertenece solamente a quienes aparecen en las fotografías.
Pertenece también a los miles de militantes anónimos que hicieron posible lo que parecía imposible.
A quince años de distancia puedo decirlo con orgullo: yo estuve ahí.
Estuve cuando éramos pocos. Cuando había más esperanza que recursos. Cuando nos decían que nunca llegaríamos. Cuando soñar con transformar México parecía una ingenuidad.
Hoy Morena gobierna México y aquella esperanza se convirtió en una realidad política que cambió la historia contemporánea del país.
Quince años después, seguimos teniendo una enorme responsabilidad: no olvidar nunca de dónde venimos, para quién gobernamos y por qué comenzamos esta lucha.
Porque llegar al poder nunca fue el objetivo final. El objetivo siempre fue transformar México.

Pedro Torres
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