En días pasados la masonería Española se ha dado así misma un nuevo Gran Maestro. Este es el discurso íntegro que el Muy Respetable Hermano Óscar de Alfonso Ortega dirigió por última vez a la Gran Asamblea.

Queridos Hermanos:

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Empecé a escribir estas líneas el jueves pasado, hace dos días, antes de conocer quién será mi sucesor en la Silla del Rey Salomón. Lo que tengo que contaros, lo que tengo que pediros, en nada cambia sea cual sea el resultado del proceso electoral. Quiero comenzar expresándoos mi agradecimiento infinito por estos doce años al frente de la Orden en los que, por tres veces, me otorgasteis vuestra confianza para seguir adelante, a pesar de mis muchos defectos.

Me marcho especialmente orgulloso de la situación material en la que queda la Institución. La recibí en una situación muy precaria en lo económico, prácticamente en bancarrota, con 400.000 euros de deuda, con tres hipotecas y dificultades de liquidez para pagar a sus empleados. Hoy, la Gran Logia de España goza de unas cuentas totalmente saneadas, afronta el futuro sin deudas, con más de un millón de euros en sus cuentas bancarias y con un valor patrimonial neto superior a los dos millones de euros, de los cuales medio millón se encuentran en su Fondo Inmobiliario para construir el porvenir.

También estoy particularmente orgulloso de la presencia que hemos conseguido alcanzar como Institución tanto en la sociedad española como entre las Grandes Logias internacionales de la Amistad, donde hemos llegado a cotas que nos parecían inalcanzables hace unos años. En estos momentos a la Gran Logia de España se le conoce y se le respeta de una manera de la que todos nosotros debemos estar satisfechos.

Si miro atrás y me remonto a ese año 2010 en el que por vez primera me senté en este trono, me recuerdo más joven, tenía 42 años, y lleno de ilusiones. Me tocó descubrir con el tiempo que ser Gran Maestro no es un oficio fácil. Cada una de las decisiones que he tomado ha sido siempre debatida, aprobada y refrendada por el Gran Consejo Rector, por el Gran Cónclave y por esta Gran Asamblea. En cada una de esas decisiones he actuado de buena fe, sirviendo a la Masonería lo mejor que podía. Pero hay algo a lo que ni yo ni el Hermano que cargue sobre sus hombros la responsabilidad de sucederme podremos sustraernos: tomes la decisión que tomes, contentarás a unos y disgustarás a otros. Por eso quiero pediros que cerréis filas en torno a mi sucesor. Los Venerables Maestros de nuestra Institución han elegido y ahora, una vez sea instalado, deberemos, todos nosotros sin excepción, prestarle todo nuestro apoyo en la difícil tarea que tiene por delante.

A lo largo de estos doce años he vivido momentos maravillosos pero otros muy amargos donde he sentido cómo la deslealtad, el egoísmo o la vanidad personal se abrían paso en nuestra orden fraternal. Yo he optado por quedarme con el recuerdo únicamente de los buenos momentos, yo he optado por olvidar los malos y no albergar en mi corazón resentimiento alguno contra nadie. Siempre guardaré en mi corazón las ceremonias de Consagración de Templos y Logias que tuve el honor de dirigir, las charlas amenas con los Hermanos hablando de todo lo divino y humano, y el sentimiento de verdadera Fraternidad que durante este tiempo me han demostrado multitud de Hermanos, sobre todo aquellos que no ostentaban ningún cargo o rango, simples Aprendices que me enseñaban a amar la Masonería desde sus cimientos. Con especial cariño recuerdo las Jornadas del Gran Maestro con los Masones Jóvenes, donde se podía conocer de primera mano los anhelos sinceros de los Hermanos que lo único que desean es progresar como personas de bien en nuestra Institución.

Me he vaciado física y mentalmente para fortalecer y engrandecer a la Gran Logia de España

Siempre tuve dos temores, incluso desde antes de ser elegido por primera vez como Gran Maestro: uno, el de no estar a la altura de la responsabilidad asumida; otro, el de querer aferrarme al cargo bajo cualquier pretexto, tal como había visto que ocurría con mis antecesores. Al respecto os puedo asegurar que he trabajado durante estos doce años con el máximo de mis aptitudes y, con mis virtudes y defectos, lo he ofrecido absolutamente todo a la Institución, sin dejarme nada para mí. Me he vaciado física y mentalmente para fortalecer y engrandecer a la Gran Logia de España. El tiempo dirá si el coste personal, familiar y de salud mereció la pena o no. Lo más curioso es que si volviera doce años atrás en mi vida repetiría todo exactamente como lo hice. Ahora me siento cansado y ha llegado el momento de dar un paso atrás, dejando a otros que tomen el relevo y que continúen el trabajo.

Mi mayor deseo ahora, como Gran Maestro saliente, es que todos los Hermanos, con independencia de lo votado, apoyéis de corazón a quien ha de sucederme. Hermanos, muchísimas gracias por vuestro apoyo y colaboración durante este tiempo. Muy especialmente agradezco el esfuerzo demostrado por los Hermanos que me han acompañado fiel y estrechamente en esta difícil tarea, ya que sin ellos no hubiera sido posible alcanzar todas las metas logradas. Me despido con las palabras que me dijo ayer un Venerable Hermano de Madrid, y que yo hago mías completamente. El decía, refiriéndose al nuevo Gran Maestro, “a ver quién sale y, en todo caso, que sea capaz de unir a todos en paz y armonía”. Que así sea.

Un fortísimo abrazo a todos vosotros, mis Queridos Hermanos. Ha sido un verdadero honor ser vuestro Gran Maestro.

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