El fracaso de una narrativa

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En Chihuahua hay algo que el centralismo jamás ha entendido: aquí la gente puede aguantar sequías, violencia, abandono federal y hasta políticos mediocres… pero no tolera que le quieran ver la cara.

La marcha organizada este fin de semana por Morena terminó exhibiendo exactamente eso. Llegaron operadores nacionales, dirigentes partidistas, apellidos heredados del poder y discursos fabricados desde la comodidad del altiplano creyendo que Chihuahua sería una plaza dócil para el aplauso automático. Y no. Lo que encontraron fue rechazo, frialdad y una realidad imposible de maquillar.

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Los abucheos en el aeropuerto no fueron una casualidad. Fueron el síntoma de algo mucho más profundo: el hartazgo de una sociedad que ya aprendió a distinguir entre respaldo popular y espectáculo político con extras rentados.

Porque esa es la tragedia de Morena cuando pisa Chihuahua: confunden movilización con legitimidad. Creen que llenar camiones equivale a convencer ciudadanos. Creen que la estridencia sustituye a la credibilidad. Y creen que venir a dictar sentencia desde el centro del país todavía intimida a un estado que históricamente ha tenido más carácter que paciencia.

Amenazaron con “cientos de miles” de asistentes. La realidad terminó siendo otra. Y no solamente por la pobre convocatoria, sino porque quedó flotando en el ambiente esa vieja práctica que Morena juró combatir y terminó perfeccionando: el acarreo descarado, la operación clientelar y la manufactura artificial de entusiasmo.

Paradójico. El movimiento que prometía desterrar los vicios del viejo sistema terminó convertido en una versión tropicalizada del mismo manual priista… pero con transmisiones en vivo y hashtags.

Y mientras todo eso ocurría, también quedó al descubierto otra cosa: la doble moral monumental con la que el oficialismo mide a sus adversarios y protege a los suyos.

Porque para Chihuahua sí hay linchamiento político. Para Chihuahua sí hay campañas permanentes. Para Chihuahua sí hay discursos incendiarios. Pero cuando el tema toca a personajes cercanos al poder federal, entonces aparecen las frases de siempre: “no hay pruebas”, “hay que esperar”, “no se puede juzgar mediáticamente”.

Curiosa prudencia selectiva.

En el caso de Rubén Rocha Moya, las sombras no dejan de crecer. Los señalamientos públicos, las sospechas y las contradicciones llevan meses reventando titulares nacionales. Pero Morena se mueve alrededor del tema como quien rodea un cable pelado. Nadie quiere tocarlo. Nadie quiere hacerse responsable. Nadie quiere mirar directamente el elefante plantado en medio de la sala.

En cambio, contra nuestra Gobernadora la narrativa viene cargada de odio político, simplificaciones y una evidente intención de desgaste.

Y aquí es donde Chihuahua volvió a responder.

Porque más allá de simpatías partidistas, mucha gente reconoce algo elemental: Maru enfrenta abiertamente problemas de seguridad y retos que otros prefirieren negar desde la comodidad del discurso. Maru da la cara. Toma decisiones. Gobierna bajo presión real, no desde conferencias matutinas rodeadas de aplausos programados.

Eso genera adversarios. Pero también respeto.

Morena vino buscando un trofeo político y terminó encontrándose con una muralla de realidad: Chihuahua no es territorio para imposiciones teatrales ni para giras de propaganda disfrazadas de indignación ciudadana. Somos un estado que tiene algo que resulta incómodo para el poder central: memoria.

Al final del día, lo que ocurrió este fin de semana no fue solamente el fracaso de una marcha. Fue el fracaso de una narrativa.

Morena vino creyendo que éramos una plaza fácil para el espectáculo político, y terminó descubriendo que aquí tenemos algo que para ellos parece extinto: dignidad.

Y mientras desde el poder federal le fabrican enemigos, campañas y linchamientos selectivos, Maru Campos sigue haciendo lo más difícil en este país: gobernar un estado golpeado, complejo y permanentemente presionado por la violencia y el abandono federal.

Eso no se sostiene con propaganda.
Eso no se construye con acarreados.
Eso no se defiende desde un templete.

Eso se gana enfrentando la realidad. Y Chihuahua ya decidió de qué lado está.

Porque Chihuahua podrá ser muchas cosas. Pero jamás será un estado de rodillas.

ADN Raul Garcia Ruiz
Raúl García Ruiz

Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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