¿Debe un periodista ser imparcial? La mayoría respondería que sí, que es su obligación como comunicador y como profesional. Pero antes de exigirlo convendría preguntarnos qué entendemos por imparcialidad. Porque hay quienes la reconocen únicamente cuando leen o escuchan algo con lo que están de acuerdo. Si el periodista les lleva la contraria, entonces está vendido. Curiosa manera de defender la libertad de expresión: todos pueden hablar, siempre que digan lo que yo quiero.
Un muy querido amigo, el periodista Manuel Gómez, decía: «El periodista no puede ser imparcial, debe de ser veraz». Tuve el gusto de conocerlo y de ser su última pareja profesional en los medios. Lamento que el tiempo compartido no haya sido mayor, porque le aprendí muchas cosas. Entre ellas, este axioma que considero una piedra angular del oficio.
La frase exige una explicación. Ningún periodista llega vacío a su trabajo. Tenemos educación, creencias, experiencias, preferencias y hasta nuestros respectivos desencantos. Todo eso influye en la manera de mirar lo que ocurre. Pretender que podemos dejarlo en un cajón antes de sentarnos a escribir sería engañarnos. El problema aparece cuando permitimos que nuestras preferencias decidan cuáles hechos merecen contarse y cuáles conviene esconder.
Investigar sin favorecer de antemano a una parte, aplicar el mismo rigor a los distintos protagonistas y estar dispuesto a corregirse sí constituye un deber profesional. Podemos tener una opinión firme y descubrir que los hechos la contradicen. En ese momento toca revisar la opinión. Lo contrario sería querer corregir el termómetro porque no nos gustó la temperatura.
Ahí se pone a prueba la integridad del periodista. Si encuentra información comprobada que perjudica a quien admira, debe comunicarla. Si descubre que una acusación contra alguien a quien critica es falsa, debe decirlo también. Guardarse cualquiera de las dos cosas para proteger la propia preferencia es administrar el engaño. Y hacerlo con buena redacción no mejora el asunto.
Esto vale al informar sobre política, educación, religión, violencia o corrupción. El funcionario que nos cae bien debe responder por sus actos. Una denuncia en una escuela requiere investigación, aunque provoque indignación desde el primer momento. Una institución religiosa merece el mismo examen de los hechos que cualquier otra. Ante la violencia, corresponde verificar responsabilidades y escuchar a las víctimas sin convertir una sospecha en sentencia. Y la corrupción no se vuelve aceptable porque beneficie a nuestra causa.
También debemos reconocer algo incómodo: el público puede premiar el sesgo. Una acusación escandalosa encuentra aplausos antes de encontrar pruebas. Después llega una aclaración y ya nadie tiene tiempo para leerla. El periodista sabe que puede perder seguidores si contradice a quienes lo celebran. Pero si para conservarlos tiene que ocultar información, ya tiene clientela a la cual complacer y una independencia bastante maltrecha.
Ser veraz tampoco consiste en repartir la razón en porciones iguales. Si los documentos acreditan una irregularidad, no corresponde rebajar su importancia para que el señalado salga menos raspado. Hay que darle oportunidad de responder, revisar su explicación y publicar lo que pueda sostenerse. Escuchar todas las versiones pertinentes es parte del trabajo; presentarlas como igualmente ciertas, aunque una carezca de sustento, puede confundir al lector.
Desde luego, el periodista se equivoca. Por eso debe distinguir entre lo comprobado, lo probable y lo que todavía ignora. Rectificar no le quita autoridad. La pierde cuando se aferra a un error por orgullo o porque reconocerlo favorecería a alguien que le desagrada. La integridad se conserva asumiendo las consecuencias de lo que uno publica en sus espacios.
La enseñanza de Manuel Gómez sigue acompañándome porque obliga a examinar la propia conciencia antes de examinar la conducta ajena. ¿Estoy contando lo que encontré o solamente aquello que me conviene? ¿Le exigiría las mismas pruebas a alguien de mi simpatía? Son preguntas sencillas. Responderlas con honradez ya cuesta un poco más.
De eso trata todo esto del periodismo, pero también el de la visa. Es preferible ser veraz por sobre todas las cosas, porque eso de ser imparcial, es sólo para el Juez que ha de juzgarlo todo y a todos. Ahí El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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