¿Realmente estas bien?

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La decimos cuando no queremos explicar demasiado, cuando tenemos prisa, cuando estamos cansados o simplemente cuando sentimos que contar lo que realmente nos pasa sería demasiado complicado.
Pero ¿cuántas veces ese “estoy bien” significa realmente que estamos bien?
Hace unos días me quedé pensando en algo que, de alguna manera, todos hemos experimentado. Esa sensación de tener la cabeza llena, de pensar demasiado, de preocuparnos por lo que pasó, por lo que está pasando y, sobre todo, por lo que podría pasar.
El problema es que hemos aprendido a vivir así.
“Es el trabajo.”
“Son los hijos.”
“Es el dinero.”
“Es la inseguridad.”
“Son los problemas de pareja.”
“Así es la vida.”
Y seguimos adelante.
Hasta que el cuerpo o la mente empiezan a pasar factura.

Hablar de salud mental no debería ser solamente hablar de enfermedades. También debería significar aprender a reconocer cuándo algo dentro de nosotros necesita atención.

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La ansiedad, por ejemplo, es una respuesta que todos podemos experimentar. Sentir preocupación antes de una situación difícil es normal. Lo que merece nuestra atención es cuando esa preocupación se vuelve constante, intensa, difícil de controlar y empieza a meterse en nuestra vida cotidiana.
Y esto no es un asunto menor.

La Organización Mundial de la Salud estima que 359 millones de personas vivían con un trastorno de ansiedad en 2021, convirtiéndolos en los trastornos mentales más comunes a nivel mundial. Además, aproximadamente una de cada cuatro personas que necesitan tratamiento recibe atención.

Pero más allá de las cifras, pensemos en algo mucho más cercano.
Pensemos en esa persona que conocemos y que lleva meses diciendo que no duerme bien.
En quien se levanta cansado aunque haya dormido varias horas.
En quien está constantemente preocupado por cosas que todavía no suceden.
En quien se irrita fácilmente y después se siente culpable.
En quien dejó de salir porque ya no se siente cómodo en ciertos lugares.
En quien sonríe, trabaja, atiende a su familia y cumple con todo, pero por dentro siente que ya no puede más.

Ahí es donde la salud mental comienza a importar de verdad.
Porque una ansiedad que permanece y no recibe atención puede convertirse en la puerta de entrada a otros problemas.
Puede aparecer la depresión. Y no necesariamente como imaginamos. No siempre es una persona llorando todo el día. A veces es alguien que simplemente deja de disfrutar lo que antes disfrutaba, se distancia, pierde energía y comienza a sentir que nada tiene sentido.
También puede aparecer el consumo de alcohol u otras sustancias como una forma de intentar apagar temporalmente aquello que duele. “Una copa para relajarme”, “algo para poder dormir”, “algo para dejar de pensar”. El problema es que aquello que empezó como una forma de escape puede terminar convirtiéndose en otro problema.

Está también el aislamiento.
Primero dejamos de ir a una reunión. Después evitamos determinado lugar. Luego preferimos quedarnos en casa. Y poco a poco empezamos a organizar nuestra vida alrededor de aquello que queremos evitar.
Y entonces aparece otro enemigo: el miedo al miedo.
Una persona puede experimentar una crisis de pánico y después comenzar a vivir con el temor de que vuelva a suceder. Ya no solamente tiene miedo de la crisis; tiene miedo de estar lejos de casa, de conducir, de estar entre muchas personas o de no tener a alguien cerca que pueda ayudarla.
Y así, sin darnos cuenta, la ansiedad puede empezar a decidir por nosotros.

También está el deterioro silencioso de la calidad de vida.
Porque cuando una persona no duerme, no puede concentrarse, está permanentemente preocupada o vive agotada emocionalmente, eso termina alcanzando el trabajo, la familia, la pareja, las amistades y hasta la capacidad de disfrutar las pequeñas cosas.

Por eso me parece peligroso que sigamos utilizando expresiones como “échale ganas” o “todos tenemos problemas” para responder a alguien que está sufriendo.
Sí, todos tenemos problemas.
Pero no todos los enfrentamos de la misma manera.
Y hay momentos en los que echarle ganas simplemente no es suficiente.

Hay que pedir ayuda.

Y hay un último punto del que debemos hablar con mucho cuidado: el riesgo suicida.
No significa que una persona con ansiedad necesariamente llegará a ese punto. No. Pero la OMS advierte que los trastornos de ansiedad pueden aumentar el riesgo de pensamientos y conductas suicidas, especialmente cuando existen otros problemas de salud mental.
Por eso no deberíamos esperar a que una persona llegue al límite para preguntarle cómo está.
Quizá tenemos que empezar a hacerlo antes.
Preguntar de verdad.
Escuchar de verdad.
Y entender que ir al psicólogo o al psiquiatra no significa estar “loco”, ni ser débil, ni haber fracasado.
Significa reconocer que nuestra mente también necesita cuidados.
Vivimos pendientes de la presión arterial, del colesterol, de la glucosa, del peso. Y qué bueno que lo hacemos.
Pero también deberíamos preguntarnos de vez en cuando:
¿Cómo está mi mente?
¿Estoy durmiendo bien?
¿Estoy disfrutando mi vida?
¿Estoy viviendo o solamente cumpliendo pendientes?
¿Estoy preocupado todo el tiempo?
¿Estoy evitando cosas que antes disfrutaba?
¿Estoy utilizando alcohol, medicamentos o alguna otra cosa para poder sentirme tranquilo?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Estoy realmente bien o solamente me acostumbré a decir que sí?

La salud mental no debería entrar en nuestra conversación solamente cuando alguien está en crisis.
Debería formar parte de nuestra cultura de prevención.
Porque atender nuestra mente a tiempo no es exagerar.
Es cuidarnos.
Y, en algunos casos, puede ser precisamente lo que evite que una preocupación termine convirtiéndose en una tragedia.

ADN Nora Sevilla
Nora Sevilla

Comunicadora y periodista experimentada, actualmente Jefa de Comunicación en Cd. Juárez del Instituto Estatal Electoral y Tesorera en la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez. Experta en marketing político y estrategias de relaciones públicas, con sólida carrera en medios de comunicación.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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