Cada cierto tiempo los mexicanos nos hacemos la misma pregunta: ¿qué hicimos para merecer el gobierno que tenemos? La respuesta suele dirigirse hacia el partido en turno, hacia el presidente de moda o hacia el político que ocupa los titulares del momento. Sin embargo, la pregunta es más profunda y también más incómoda. Porque el problema no comenzó con un sexenio ni terminará con el siguiente. Lo que vemos hoy es el resultado de décadas de hábitos, costumbres y conductas que hemos tolerado, justificado e incluso celebrado como sociedad.
Nos gusta pensar que el gobierno es una especie de entidad separada de nosotros, una criatura extraña que aparece cada tres o seis años para complicarnos la existencia. Pero la realidad es menos cómoda. Los gobiernos suelen parecerse bastante a los ciudadanos que los producen. Si el reflejo no nos gusta, quizá debamos dejar de mirar únicamente al espejo y comenzar a observar al que está frente a él.
Durante años hemos cultivado la indiferencia. Nos enteramos de desaparecidos, de corrupción, de hospitales sin medicamentos, de escuelas que fracasan en enseñar lo básico o de comunidades dominadas por la violencia. Nos indignamos unos minutos, compartimos una publicación en redes sociales y después seguimos con nuestra vida. Aprendimos a convivir con el deterioro como quien se acostumbra a una gotera en casa. Al principio molesta; después se vuelve parte del paisaje. El problema es que el poder aprende rápido. Cuando una sociedad tolera algo durante suficiente tiempo, el gobierno entiende que puede seguir haciéndolo sin pagar consecuencias.
A la indiferencia se suma otro rasgo profundamente mexicano: el individualismo disfrazado de prudencia. El famoso “yo no me meto en política”. Parece una postura razonable, pero muchas veces significa renunciar a la vida pública mientras se espera que otros resuelvan los problemas. Es la filosofía del “mientras a mí no me afecte”, del “mientras mi familia esté bien” y del “yo tengo cosas más importantes que hacer”. Una nación no puede sostenerse cuando cada ciudadano vive encerrado en su propia isla. Lo público termina abandonado y el poder opera sin vigilancia.
Tampoco podemos hablar del gobierno sin hablar de la corrupción cotidiana. Nos encanta condenar los escándalos multimillonarios y las fortunas inexplicables de ciertos funcionarios, pero rara vez miramos la corrupción que vive en la esquina de nuestra casa. La mordida al tránsito. El trámite agilizado por debajo de la mesa. El favor conseguido por influencias. El conocido que evita una sanción gracias a una llamada.
Durante décadas hemos denunciado la corrupción de arriba mientras justificamos la de abajo. Y aunque resulte incómodo decirlo, la corrupción gubernamental prospera porque existe una cultura que la normaliza cuando le resulta conveniente.
Existe además un pecado moderno que probablemente explique buena parte de los demás: la ignorancia voluntaria.
No hablo de falta de estudios. Hablo de la decisión consciente de no informarse. Vivimos en la época con más acceso al conocimiento en toda la historia humana y, paradójicamente, también en una época donde millones de personas forman opiniones políticas con videos de treinta segundos, frases sacadas de contexto o titulares diseñados para provocar emociones. Dejamos de estudiar propuestas para seguir personajes. Dejamos de analizar argumentos para defender colores. Convertimos la política en entretenimiento y luego nos sorprendemos cuando los espectáculos comienzan a gobernar.
La ignorancia voluntaria abre la puerta a la manipulación. Un ciudadano que no conoce la historia de su país puede creer cualquier promesa. Uno que desconoce cómo funcionan las instituciones puede aplaudir medidas que terminan debilitándolas. Uno que no verifica información termina convertido en vehículo de propaganda. La democracia exige ciudadanos informados. Cuando éstos desaparecen, la propaganda ocupa su lugar.
A ello habría que añadir una especialidad nacional: la simulación.
Simulamos educar, simulamos combatir la corrupción, simulamos transparentar y simulamos rendir cuentas. Se producen informes, campañas y discursos que generan la sensación de movimiento, aunque los resultados reales sean mínimos.
Nos acostumbramos a confundir actividad con eficacia y burocracia con soluciones. Una sociedad que vive de las apariencias termina construyendo instituciones especializadas en aparentar.
También hemos desarrollado una relación de dependencia con el poder.
Durante generaciones aprendimos a esperar que el gobierno resolviera nuestros problemas, nos protegiera, nos subsidiara o nos indicara qué hacer. Poco a poco dejamos de actuar como ciudadanos responsables y comenzamos a comportarnos como beneficiarios permanentes. La diferencia es enorme.
El ciudadano libre exige cuentas.
El ciudadano dependiente agradece favores. Y cualquier político, sin importar el partido, prefiere tratar con ciudadanos agradecidos antes que con ciudadanos exigentes.
La historia tampoco ayuda.
Durante décadas aprendimos que acercarse al poder era más rentable que fortalecer instituciones. Aprendimos a buscar padrinos antes que reglas. Aprendimos a conseguir privilegios en lugar de exigir igualdad ante la ley. Aprendimos que una recomendación podía abrir más puertas que el mérito. Cambiaron los partidos, cambiaron los discursos y cambiaron los colores, pero muchas de esas costumbres sobrevivieron intactas.
Hay otro elemento que pocas veces reconocemos: la venta de la voluntad ciudadana.
Durante años millones de mexicanos intercambiaron su voto por una despensa, una promesa de empleo o algún beneficio inmediato. Cuando el voto deja de ser una herramienta de evaluación y se convierte en una transacción, la democracia comienza a parecerse más a un mercado que a una república.
El político aprende que no necesita convencer; basta con repartir beneficios. Y el ciudadano deja de exigir resultados porque ya recibió algo a cambio.
Quizá ahí se encuentra la respuesta a la pregunta inicial. Tal vez no tenemos el gobierno que merecemos en un sentido moral. Hay millones de mexicanos honestos, trabajadores y responsables que todos los días hacen las cosas correctamente. Pero sí tenemos gobiernos que son posibles gracias a una cultura que durante demasiado tiempo ha premiado la indiferencia, tolerado la corrupción, despreciado el pensamiento crítico y confundido la ciudadanía con la dependencia.
Por supuesto, los gobernantes tienen responsabilidades mayores. Quien ejerce el poder responde por decisiones que afectan a millones de personas. Pero ninguna democracia puede funcionar correctamente cuando los ciudadanos abandonan su papel.
El gobierno no es el padre de la nación. Es su empleado. Y la calidad de los empleados suele parecerse mucho a la calidad de los patrones.
Quizá el verdadero problema no sea que tenemos malos gobiernos. Quizá el problema sea que llevamos demasiado tiempo produciéndolos. Porque las naciones terminan pareciéndose a los valores que defienden, a las conductas que premian y a las mentiras que se cuentan a sí mismas.
La pregunta ya no es qué pecados hemos cometido para merecer el gobierno que tenemos. La pregunta es cuáles estamos dispuestos a seguir cometiendo. Y ese es, El Meollo del Asunto.

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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