¿Qué onda con la paz?

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Hace varias semanas que quería escribir sobre este tema, pero no encontraba la manera de abordarlo. Tal vez porque no existen estadísticas que puedan explicar del todo lo que muchos sentimos cuando salimos a la calle. Hay cosas que simplemente se perciben. Se viven. Se respiran.

No sé si usted lo ha notado también, pero en los últimos meses pareciera que la paciencia se agotó en Ciudad Juárez. Las peleas entre ciudadanos se han vuelto cada vez más frecuentes. Basta con abrir las redes sociales para encontrar videos de personas golpeándose por un percance vial, discutiendo en el estacionamiento de un centro comercial, enfrentándose durante una graduación o perdiendo el control por cualquier diferencia cotidiana. Lo preocupante es que ya no nos sorprende tanto como antes. Poco a poco lo estamos normalizando.

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Y eso debería alarmarnos.

Durante años, los juarenses nos hemos sentido orgullosos de ser una comunidad fuerte, resiliente y solidaria. Hemos enfrentado momentos muy difíciles y, aun así, siempre encontramos la forma de salir adelante. Nos gusta decir que Juárez abre sus puertas a quienes llegan buscando una oportunidad, que aquí se trabaja duro y que esta frontera es hogar de personas provenientes de todos los rincones del país.

Sin embargo, algo parece estar cambiando.

Hoy da la impresión de que vivimos permanentemente a la defensiva. Cualquier desacuerdo escala rápidamente. Cualquier error del otro se interpreta como una agresión. Tocamos el claxon con desesperación, respondemos con insultos, discutimos por un espacio de estacionamiento, por una fila, por un lugar en el tráfico o por un simple malentendido. La tolerancia parece haberse reducido al mínimo. No pretendo simplificar un fenómeno que seguramente tiene múltiples causas. Sería injusto atribuirlo únicamente al carácter de las personas. Vivimos en una ciudad donde la percepción de inseguridad sigue siendo una preocupación constante. Aunque las cifras muestran avances en algunos indicadores, la violencia continúa formando parte de la realidad cotidiana de muchas familias. De acuerdo con información de las autoridades municipales, los homicidios han disminuido de manera importante respecto a los años más violentos que ha vivido Juárez. Sin embargo, una reducción en las estadísticas no siempre significa que las personas se sientan más seguras. La percepción de riesgo sigue presente y eso influye en la manera en que convivimos.

A ello se suma la incertidumbre económica. Aunque Chihuahua mantiene una de las tasas de desempleo más bajas del país, muchas familias enfrentan el aumento en el costo de vida, largas jornadas laborales y la preocupación por conservar su estabilidad económica. También están el tráfico, las altas temperaturas y el ritmo acelerado que caracteriza a una ciudad fronteriza como la nuestra.

Todo eso pesa. Pero ninguna de esas circunstancias puede convertirse en una justificación para perder nuestra capacidad de convivir.Porque el verdadero problema no es únicamente la pelea que aparece en un video viral. El verdadero problema es que estamos construyendo una cultura donde la violencia parece ser una respuesta aceptable frente a la frustración.

Y eso tiene consecuencias. Nuestros hijos nos observan todo el tiempo. Aprenden mucho más de lo que hacemos que de lo que les decimos. Si ellos ven que respondemos con enojo ante cualquier diferencia, que gritamos al conductor de al lado, que insultamos a quien nos atiende, que explotamos cuando alguien se equivoca o que vivimos permanentemente molestos con los demás, terminarán creyendo que esa es la forma normal de relacionarse con el mundo.

¿Qué clase de comunidad estamos formando si normalizamos ese comportamiento?

Construir la paz no siempre requiere grandes discursos ni políticas públicas complejas. Muchas veces comienza con decisiones pequeñas que parecen insignificantes, pero que terminan marcando una enorme diferencia. Salir de casa con algunos minutos de anticipación para no conducir con prisa. Ceder el paso. Respirar antes de responder. Entender que la persona frente a nosotros también puede estar viviendo un mal momento. Elegir no responder a una provocación. Ser pacientes con quien se equivoca. Recordar que llegar unos minutos más tarde siempre será mejor que protagonizar un acto de violencia que pueda cambiar una vida para siempre. La paz también se construye en los detalles cotidianos. Las cifras pueden decirnos que algunos delitos disminuyen o que el desempleo se mantiene bajo. Pero hay indicadores que no aparecen en ningún reporte oficial: la paciencia que perdemos, la facilidad con la que explotamos, el miedo con el que salimos a la calle y el ejemplo que les estamos dando a nuestros hijos. Esos también hablan del estado de una comunidad. Tal vez este sea el artículo más sencillo que me ha tocado escribir. No contiene grandes propuestas, ni análisis políticos complejos. Sin embargo, probablemente sea uno de los que más me preocupan. Porque me angustia salir a la calle y pensar que cualquier diferencia puede terminar en una tragedia. Me preocupa que alguno de mis hijos, mi esposo, un familiar o cualquier ciudadano pueda verse involucrado en una situación que pudo evitarse con un poco de paciencia. Me inquieta que estemos dejando de reconocer estas conductas como un problema y que simplemente aprendamos a vivir con ellas. Juárez ha demostrado muchas veces que sabe levantarse de la adversidad. Lo hizo cuando parecía imposible recuperar la esperanza. También puede hacerlo ahora. Pero la reconstrucción de una ciudad no depende únicamente de las autoridades. También depende de nosotros. De cómo saludamos, de cómo manejamos, de cómo resolvemos nuestros desacuerdos y de cómo educamos a nuestros hijos.

Quizá sea momento de detenernos un instante y preguntarnos qué tipo de comunidad queremos dejarles. Si una donde la ira gobierne nuestras calles o una donde la paciencia, el respeto y la empatía vuelvan a ser parte de nuestra identidad. Porque, al final, la paz no comienza en los grandes acuerdos. Comienza cuando cada uno de nosotros decide practicarla todos los días.

ADN Marisela Terrazas
Marisela Terrazas

Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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