La disputa por Chihuahua: Sale Rafael Loera.

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La salida de Rafael Loera Talamantes del gabinete estatal no tiene el aspecto de un movimiento administrativo ordinario ni la tersura de una separación convenida para permitir que un funcionario busque otro espacio político. Por la forma, los tiempos y, especialmente, el vacío informativo que acompañó el relevo, el episodio proyecta algo más delicado: una crisis interna que el PAN de Chihuahua comienza a tener dificultades para disimular.

Lo único plenamente confirmado es que Loera dejó la Secretaría de Desarrollo Humano y Bien Común y que la gobernadora Maru Campos designó a Jesús Salvador Carrillo Castillo como su sustituto. El Gobierno del Estado no aclaró inicialmente si se trató de una renuncia voluntaria o de una separación solicitada, mientras distintos medios difundieron versiones contradictorias sobre la naturaleza del relevo.

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Ese silencio institucional no es un detalle menor. En política, cuando las partes terminan bien, suelen construir juntas una explicación: agradecimientos públicos, reconocimiento al trabajo realizado, fotografías, mensajes de continuidad y alguna frase cuidadosamente redactada sobre los proyectos futuros. Cuando nada de eso basta para ordenar la conversación pública, la ausencia de una narrativa común termina convirtiéndose en la narrativa.

La primera versión sostenía que Loera abandonaba el gabinete para buscar la candidatura del PAN a la Presidencia Municipal de Chihuahua. No era una hipótesis descabellada. Desde enero, la propia gobernadora había reconocido que varios integrantes de su administración podrían separarse del cargo para competir en el proceso electoral de 2027 y mencionó expresamente que Desarrollo Humano era una de las dependencias cuyos titulares podían tomar ese camino.

Sin embargo, conforme transcurrieron las horas, aquella explicación comenzó a perder solidez. La salida dejó de parecer una puerta abierta hacia la candidatura y empezó a percibirse como una ruptura. No porque exista, hasta ahora, una prueba pública de que fue destituido, sino porque las formas políticas resultaron demasiado ásperas para sostener la idea de una transición pactada.

Loera no era una figura marginal ni un aspirante surgido de la improvisación. Había construido presencia dentro del gobierno, relaciones con alcaldes y actores regionales, además de una estructura política que lo colocaba dentro de la conversación sucesoria de la capital. La Secretaría que encabezaba tampoco era irrelevante: por su contacto con organizaciones sociales, municipios, beneficiarios y liderazgos comunitarios, constituye una plataforma con capacidad de interlocución territorial.

Retirarlo de esa posición en condiciones poco claras altera equilibrios, lastima relaciones y obliga a los grupos internos a definir lealtades. En el PAN de Chihuahua, como en casi todos los partidos, nadie abandona completamente solo un cargo de esa naturaleza. Detrás de cada funcionario existen colaboradores, operadores, simpatizantes, compromisos y agravios. Las estructuras no desaparecen con una renuncia: se dispersan, se repliegan, negocian o se incorporan a otro proyecto.

También comenzó a circular la versión de que Loera ya no buscaría la candidatura a la alcaldía. Mientras esa información no sea confirmada directamente por él, debe tratarse como lo que es: una versión política. Pero, de resultar cierta, significaría que el episodio no sólo terminó con su paso por el gabinete, sino que también habría desactivado una aspiración que ya mostraba organización y viabilidad.

Eso agravaría el divisionismo en el panismo capitalino. Un aspirante puede retirarse; sus seguidores no necesariamente lo hacen. Quedan los compromisos adquiridos, las expectativas frustradas y, sobre todo, la necesidad de encontrar un nuevo espacio dentro de la sucesión.

Un eventual tránsito de Loera hacia Morena parece poco probable por sus vínculos, su trayectoria reciente y su inserción en el entramado político del actual gobierno estatal. La pregunta pertinente no es si cambiará de partido, sino hacia cuál de las corrientes internas del panismo podría desplazarse su grupo.

Ahí aparecen dos nombres inevitables: Santiago de la Peña y César Jáuregui.

De la Peña, secretario general de Gobierno, representa la continuidad del grupo gobernante y posee la ventaja natural de operar desde el centro de las decisiones estatales. Su eventual candidatura a la alcaldía permitiría a Palacio conservar el control político sobre la sucesión municipal y mantener alineado al próximo gobierno de la capital con el proyecto de Maru Campos.

Jáuregui, por su parte, ha conservado interlocución con sectores tradicionales del PAN y con militantes que reivindican la historia doctrinaria del partido. Ese panismo de base suele mirar con reserva las decisiones tomadas exclusivamente desde la cúpula y puede convertirse en un factor determinante si la candidatura se resuelve mediante una competencia interna y no por medio de una designación política.

En los círculos del poder se habla de mayores afinidades personales entre el entorno de Loera y el grupo de Jáuregui. También se menciona la posible participación de personas cercanas al exsecretario en el desenlace de su salida. Son datos que, mientras no se documenten, deben mantenerse en el terreno de la versión. No obstante, reflejan algo real: la sucesión municipal ya se está jugando mediante relaciones personales, mensajes indirectos y reacomodos que difícilmente aparecerán en los comunicados oficiales.

La disputa, además, no se limita a dos nombres.

En la capital existen por lo menos cinco polos que trabajan territorio, estructuras y lealtades. Está Santiago de la Peña, fortalecido por su posición en el gabinete. Está César Jáuregui, con presencia entre sectores históricos del panismo. Está la estructura que Rafael Loera había comenzado a articular y que ahora deberá decidir si se dispersa o se suma a otro proyecto. Está Manque Granados, a quien sería un error descartar por su trayectoria, su posicionamiento y la posibilidad de que el criterio de género influya en la definición de las candidaturas. Y está el PAN institucional, encabezado por Daniela Álvarez, sobre quien recaerá la responsabilidad de conducir el proceso sin que la competencia se transforme en una fractura abierta.

A ese tablero debe añadirse Marco Bonilla, concentrado en mantener vigente su proyecto rumbo a la gubernatura. El alcalde de Chihuahua ha asumido buena parte de la confrontación pública con Morena, lo que le permite presentarse como uno de los principales referentes opositores del estado. Pero esa centralidad también exhibe una debilidad colectiva: mientras Bonilla enfrenta al adversario externo, otros liderazgos parecen más ocupados en disputarse candidaturas, posiciones y respaldos internos.

Ese es el riesgo verdadero.

El PAN puede permitirse una competencia interna; lo que no puede permitirse es erosionarse en el municipio que representa su principal bastión electoral. Una elección cerrada en la capital, precedida por agravios, operadores desplazados y grupos trabajando por separado, podría reducir sustancialmente su margen de ventaja.

Perder votos en el principal centro de poder no produce únicamente consecuencias municipales. También debilita candidaturas legislativas, reduce la capacidad de movilización, fractura estructuras regionales y afecta cualquier proyecto relacionado con la sucesión gubernamental.

Desde Morena observan el conflicto con comodidad. No necesita intervenir demasiado cuando sus adversarios realizan por cuenta propia el trabajo de desgaste. Cada filtración, cada ruptura y cada salida mal explicada fortalecen la percepción de un PAN dividido precisamente en el territorio donde tendría que mostrar mayor cohesión.

El impacto tampoco se limita a la ciudad de Chihuahua. Loera había desempeñado funciones de interlocución política con municipios y mantenía presencia en Parral, donde participó como representante del Gobierno del Estado en actos relevantes de la administración municipal.

Parral ha sido históricamente una plaza compleja para el poder estatal. Allí, los canales personales de comunicación suelen ser tan importantes como las vías institucionales. La salida de quien funcionaba como interlocutor puede generar vacíos, retrasar acuerdos o profundizar desencuentros si el Gobierno estatal no designa pronto a alguien con capacidad política, conocimiento territorial y acceso directo a Palacio.

Por todo ello, el caso Loera no debe interpretarse únicamente como la caída o separación de un funcionario. Es una señal de que la sucesión municipal comenzó antes de tiempo y de que el panismo chihuahuense ha entrado en una etapa en la que las lealtades serán sometidas a prueba.

La incógnita no consiste solamente en saber por qué salió Rafael Loera. La pregunta decisiva es qué ocurrirá con la estructura que deja, quién recogerá sus alianzas, quién capitalizará sus agravios y cuánto daño puede provocar el silencio con el que el Gobierno del Estado pretendió administrar el relevo.

Las crisis políticas ya las hemos visto antes, comienzan con una puerta que se cierra, una explicación que nadie ofrece y demasiados actores fingiendo que no pasó nada.

ADN David Gamboa
David Gamboa

Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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