“El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio… es la guerra sin los disparos.”
— George Orwell, El espíritu deportivo (1945).
Hoy no se jugará únicamente una semifinal del Mundial. Hoy se representará una de las guerras simbólicas más importantes de nuestro tiempo. Por esa razón, de manera extraordinaria, decidí dedicar esta columna a un partido de fútbol. No por el resultado que pueda arrojar el marcador, sino por todo aquello que revela sobre nosotros como sociedad.
Hace unos días releía El espíritu deportivo, el célebre ensayo que George Orwell publicó en 1945. Han transcurrido más de ochenta años desde que escribió aquellas líneas y, sin embargo, pocas veces un texto me había parecido tan vigente. Orwell sostenía que el deporte internacional difícilmente fortalece la amistad entre los pueblos; por el contrario, suele convertirse en una expresión del nacionalismo y de las rivalidades políticas. Mientras avanzaba en su lectura, tuve la impresión de estar dialogando con él ocho décadas después, teniendo como pretexto el partido que hoy paralizará a millones de personas.
Hay guerras que se libran con pólvora y hay guerras que se disputan con un balón. Las primeras dejan ciudades destruidas; las segundas dejan memorias, himnos, banderas y cicatrices emocionales capaces de sobrevivir durante generaciones. En unas horas, cuando Inglaterra y Argentina salten al terreno de juego, millones de personas creerán estar viendo un partido de fútbol. En realidad, asistirán a una representación mucho más compleja: la escenificación ritual de un conflicto donde la victoria no solo se mide en goles, sino en orgullo, identidad y memoria colectiva.
El fútbol posee una capacidad extraordinaria para condensar aquello que las sociedades sienten sobre sí mismas. Durante noventa minutos, una nación deja de ser un concepto político para convertirse en once jugadores vestidos con los colores de una bandera. Cada ataque parece una incursión sobre territorio enemigo; cada gol, una conquista; cada atajada, una defensa heroica. El estadio sustituye al campo de batalla y el árbitro reemplaza, por un instante, a la diplomacia. No hay disparos, pero sí vencedores y vencidos.
Por eso el nacionalismo encuentra en el fútbol uno de sus escenarios más poderosos. Ningún otro espectáculo civil reúne con tanta intensidad los símbolos de una nación. El himno, la bandera, el escudo, la historia y el orgullo colectivo convergen alrededor de un balón. La selección deja de ser un equipo para convertirse en la representación de un país entero. El adversario ya no es únicamente un rival deportivo; se transforma en “el otro”, aquel frente al cual reafirmamos quiénes somos.
No es casualidad que el fútbol también haya sido escenario de algunos de los episodios más dolorosos de la historia del deporte. Desde los violentos encuentros medievales en Inglaterra hasta la tragedia del Estadio Nacional de Lima en 1964 o el desastre de Heysel en 1985, las pasiones futbolísticas han demostrado que pueden desbordar los límites del juego. No porque el fútbol produzca violencia por sí mismo, sino porque ofrece un espacio donde conflictos sociales, políticos y culturales encuentran una forma particularmente intensa de manifestarse.
Pocas rivalidades ilustran mejor esa condición que la de Inglaterra y Argentina. Antes de que el balón comenzara a rodar, ambas naciones ya compartían una historia marcada por profundas tensiones. La Guerra de las Malvinas dejó heridas que todavía forman parte de la memoria colectiva de ambos pueblos. Cuatro años después, Diego Armando Maradona transformó aquel enfrentamiento deportivo en un episodio mítico. La “Mano de Dios” y el llamado “Gol del Siglo” dejaron de pertenecer exclusivamente al fútbol para convertirse en símbolos culturales de revancha para unos y de agravio para otros. Desde entonces, cada Inglaterra-Argentina revive inevitablemente esa historia.
Me pregunto entonces si la FIFA, los gobiernos y los propios medios de comunicación no han descubierto, quizá sin proponérselo, el escenario político perfecto. Durante noventa minutos, el nacionalismo puede expresarse con una intensidad extraordinaria bajo la apariencia inocente de un juego. Se grita, se insulta, se celebra el error del adversario, se desea su derrota y, en ocasiones, incluso su humillación deportiva. La goleada vale más que tres puntos porque hiere el orgullo del otro y alimenta un relato que puede repetirse durante décadas. Todo parece permitido porque, al final, “solo es fútbol”. ¿De verdad basta esa frase para explicar lo que ocurre dentro y fuera de un estadio?
Es ahí donde aparecen también los rostros menos amables del espectáculo. Los estereotipos nacionales, los insultos, la xenofobia y el desprecio hacia el adversario no nacen en las tribunas, pero encuentran en ellas un poderoso amplificador. Los argentinos escuchan viejos prejuicios; los ingleses responden con los suyos. Lo mismo ocurre en muchas otras rivalidades internacionales. El fútbol no inventa el odio ni el resentimiento; les presta un escenario, un lenguaje y una audiencia de millones de personas.
Y, sin embargo, aquí surge la mayor contradicción. Desde hace décadas repetimos que el deporte une a los pueblos, fomenta la amistad y construye puentes entre las naciones. Es una idea noble y, en muchos casos, verdadera. El deporte ha generado encuentros, respeto y cooperación que difícilmente habrían ocurrido por otros caminos. Pero el fútbol también nos obliga a mirar la otra cara del espejo. Existen partidos que acercan a las personas, y existen otros que despiertan memorias dolorosas, exacerban viejos nacionalismos y convierten al rival en un enemigo simbólico.
Quizá el problema no sea el deporte, sino nosotros. El balón no conoce el odio, la revancha ni la xenofobia. Somos los seres humanos quienes cargamos de significado un objeto tan simple como una pelota. El fútbol funciona como un espejo que amplifica nuestras virtudes y también nuestras miserias. Puede ser un lenguaje universal capaz de acercar culturas, pero también un ritual donde proyectamos resentimientos que creíamos superados.
Orwell escribió El espíritu deportivo al término de la Segunda Guerra Mundial, convencido de que el deporte internacional podía convertirse en una expresión del nacionalismo más agresivo. Más de ochenta años después, sus palabras siguen provocando una pregunta incómoda. Hoy, cuando el árbitro marque el inicio de Inglaterra contra Argentina, once jugadores disputarán una semifinal del Mundial. Pero millones de personas pondrán en juego algo mucho más profundo que un resultado: su memoria, su identidad y su manera de entender al otro.
Tal vez esa sea la mayor paradoja del fútbol. Aspiramos a que el deporte una a los pueblos, pero con demasiada frecuencia terminamos utilizándolo para recordar por qué nos sentimos diferentes. Ahí reside su grandeza como fenómeno cultural y, al mismo tiempo, el mayor desafío que nos plantea como sociedad.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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