Una escrupulosa trabajadora social, que parece que se delineó las cejas con una regla milimétrica, está decidida a hacer la vida imposible a decenas de familiares de enfermos hospitalizados en el Hospital General.

Apenas deja observar su rostro, sus ojos también rodeados de maquillaje. Atiende desde una cabinita que en vez de vidrio tiene una mica llena de hoyitos para poder escuchar a los interlocutores que, rigurosamente, tienen que llevar tapabocas quirúrgicos.

Una mujer, con el pelo teñido de rubio, explica desde el exterior que su esposo era cobrador, de esos que andan en motocicleta, pero no lo atropelló un vehículo, murió a causa del Covid. En una de las casas uno de los deudores lo infectó de muerte.

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Su viuda quiere recoger el cuerpo. Frente a la trabajadora social advierte que no tiene dinero para afrontar la deuda económica que asciende a más de 136 mil pesos… “no tengo, punto”, advierte la nueva viuda; explica que ya está harta de tantas vueltas, de tantas reglas y de tan pocos derechos.

La trabajadora social, que parece haber sido adoctrinada en la Rusia de Hitler, no mueve un centímetro la impecable ceja. “A ver cómo le hacen, pero tienen que pagar todo o una parte….pida prestado, venda algo, pídale cooperación a sus hijos…usted sabe cómo le hace”.

El silencio corta los argumentos de indignación. La viuda siente lo que será la soledad desde ese día en adelante, sin dinero y sin marido…sin fuerzas para oponerse a ese poder grosero y maligno.

“Murió mi esposo y ni siquiera le pude decir adiós”, señala la mujer, intentando dialogar con la mini Führer que finge escuchar por los agujeritos de la cabina. “Murió en la noche y me avisaron hasta el otro día a ¡Las 5 de la tarde…!”, dice la viuda que apenas rebasa los 40 años. Ya no llora. Dice que ya lloró todo lo que tenía que llorar, pero de rabia.

-Yo la entiendo, señora, pero usted sabe cuáles son las reglas. Están en el tríptico que le dimos cuando internó a su esposo. ¿Sí lo leyó?, refiere la trabajadora social, al servicio del gobierno del Estado de Chihuahua mientras cuenta las copias de los absurdos requisitos que pidió a la viuda como parte del trámite que exige el Hospital General para entregar los cadáveres.

-“No, no me entiende. Usted no sabe lo que es esto”, refiere la mujer, ahora rodeada de media decena de personas que han llegado poco a poco y que son regañados por uno de los guardias porque no cuidan la sana distancia.

En la esquina, un famélico trabajador de una funeraria que usa una carroza de lujo, con placas del Estado de Texas, se coloca el traje especial para recoger los muertos Covid. En el sitio del copiloto se apilan periódicos del día, una bolsa de galletas, unos guantes azules quirúrgicos y una maltrecha libreta donde apunta a sus muertos.

-¡Chuy, te toca!, grita el empleado de otra funeraria que no deja de fumar a pesar de que lleva tapaboca.

Chuy está listo para ir a recoger el cuerpo del cobrador, el hombre de 40 años, diabético, hipertenso y con Covid-19. Cauteloso, Jesús ingresa por la parte trasera del hospital General.

Unos paparazis que laboran en medios informativos locales y de El Paso, Texas sacan sus enormes cámaras para tomar, a escondidas, los movimientos de los empleados de las funerarias que fingen no ver a los fotógrafos. Los cuerpos, acabados por el coronavirus, se envuelven en bolsas negras, herméticas.

Desde la esquina, los paparazis, apuntan sus lentes para todos lados. En realidad nadie los molesta, nadie les prohíbe fotografiar los lúgubres momentos, es solo parte del show.

Un empleado de funeraria se acerca a una familia y le pregunta que si murió algún familiar cercano. De la parte trasera del pantalón, que parece caer por falta de cinto, saca una tarjeta de presentación con los teléfonos viejos tachados con pluma y un clarito, los nuevos números. “Están desinfectadas”, dice el hombre pero esa proeza es imposible con solo ver el arrugado cartón.

En realidad todas las funerarias de Juárez han hecho un pacto de ‘agandachaje’, nadie se baja del precio acordado; como en los tiempos de la extrema violencia, es el tiempo de las ‘vacas godas’. Juegan con los porcentajes, con los servicios, con las mentiras. De pronto, esos aprendices de buitres se vuelven misericordiosos y fingen hablar con sus patrones para que les baje un poquito más el precio del servicio.

Uno de los empleados ha conseguido que les obsequien una cruz de madera con las letras grabadas, no pintadas, además de 50 ‘tarjetitas’ del recuerdo luctuoso, con la imagen de la virgen de Guadalupe a todo color, una oración y el nombre del difunto que, en este caso, fue víctima inocente de una balacera. De 6 mil 600 pesos lo bajaron a 6 mil 300 y las tarjetitas.

Decenas de vehículos particulares rodean el nosocomio y en muchos de ellos hay personas que tienen días durmiendo detrás del volante o en el asiento trasero. Los más afortunados comen las vendimias de los puestos ambulantes. No les queda gasolina para ir a casa y regresar al hospital y esperan en los vehículos pidiendo clemencia a los inspectores de Estacionómetros municipales que son igual de buitres que los recoge-muertos de las funerarias locales. No se tientan el corazón para cobrar la multa. Las guardias en el exterior del hospital llegan a costar hasta 50 pesos por día.

A cualquier hora, si tienen suerte, llegarán los ‘hermanos cristianos’ que entre Salmos, coritos y citas del Nuevo Testamento, que hablan de la condenación eterna, catafixian burritos, lonches y un vaso de Zuko que ese día es sabor limón.

Y allí, entre la angustia, el dolor, la escasez, la indolencia oficial, el abuso de las trabajadoras sociales que ‘exprimen’ a los familiares de los muertos y vivos que tienen casi secuestrados en el interior del nosocomio cuerpos de tres días de fallecimiento, los maltrechos guardias, como sacados de una película de Calzonzin Inspector, son los héroes; son los que ingresan al interior y preguntan sobre la salud de los sanos y moribundos, de los enfermos del Covid, porque el tríptico dice que los médicos son los responsables de hablarle por teléfono al familiar que registró al paciente.

Las llamadas de los médicos es una farsa. Nadie habla, además nadie puede ingresar, nadie puede saber el Estado de Salud de sus seres queridos. Cualquier negligencia es encubierta con la enfermedad de moda, porque hay impunidad protegida con un seudo protocolo que nadie sigue, solo los familiares de los pacientes.

Ese día se unió a la vigilancia un grupo de soldados del Ejército Mexicano que llegaron a darle protección a las calles que rodean el nosocomio. Se han unido a los escuálidos guardias que por un burrito son capaces de romper las reglas hospitalarias.

Los referidos soldados vienen de Oaxaca. El que cuida la puerta principal lo hace con la gallardía de un bebé zambo. Al caminar suena su rifle reglamentario que choca con una enorme macana de madera que tiene lista para frenar a cualquiera que no cumpla las reglas.

El zambo ya hizo amistad con los guardias y tienen horas platicando las proezas militares a cambio de las historias de terror que tienen que ver con el narcotráfico que, cada fin de semana, ocasiona que el hospital General esté rodeado de patrullas.

El covid avanza en la ciudad que ahora ya tiene semáforo rojo, otra vez. Las ambulancias privadas, de Rescate Municipal, de la Cruz Roja, abarrotan la entrada de la zona de emergencias. No pueden bajar a los enfermos porque los médicos les advierten que no hay camas disponibles, que los tienen que llevar a otro nosocomio.

-¿A dónde, a cuál?, pregunta un socorrista molesto.

-Ese es asunto suyo, no mío, responde el médico con la prepotencia que le da el título universitario y la autoridad de ser el jefe de turno.

Todos los hospitales Covid están llenos. Y qué decir de los privados que han perdido toda mesura, ética, dignidad, piedad por los enfermos: en Poliplaza Médica les advierten que tienen que dejar 200 mil pesos de fianza; en Hospital Ángeles 400 mil pesos; en el Centro Médico, 250 mil pesos. Y así la lista que ahoga al paciente de Covid y a los familiares que, literalmente, no tienen ni en qué caerse muertos.

Ni mencionar la clínica 6, 35 y 66 del Seguro Social. En el IMSS la saturación es total, gente tirada en el piso, muy enfermos. Los pasillos de urgencias están llenos; afuera, en la vía pública, sus familiares –medio enfermos- esperan ponerse peor para solicitar atención médica, porque una desgracia, nunca llega sola.

Es jueves, 23 de octubre. Y creo que este testimonio debe ser leído, entendido y divulgado.

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Rafael Navarro
Rafael Navarro Barrón
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