Lo que se rompe cuando nadie duerme

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En Juárez hay casas donde el desayuno y la cena nunca coinciden. Papá entra al primer turno cuando los hijos apenas abren los ojos. Mamá llega del segundo cuando ya están dormidos. Es una coreografía que la ciudad ha normalizado tanto que ya casi nadie la nombra como lo que es: una forma de vida que le cobra una factura enorme a la salud emocional de quienes la viven, y que rara vez aparece en ningún diagnóstico clínico porque nadie va al médico a decir que está agotado de no ver a su familia.

Los datos, cuando alguien se toma la molestia de levantarlos, no dejan mucho espacio para la indiferencia. La tasa de nuevos diagnósticos de depresión en Juárez creció de 17.4 casos por cada diez mil habitantes en 2021 a 21.1 en 2023, según el informe de salud mental presentado por Plan Estratégico de Juárez. Uno de cada cuatro juarenses encuestados reportó tristeza persistente o pérdida de placer. Más de una quinta parte presentó síntomas de ansiedad. Y el número que más debería incomodar a quienes toman decisiones en esta ciudad: 126 personas murieron por suicidio en 2024, y el 51 por ciento de esas muertes corresponde a jóvenes de entre 15 y 34 años.

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En cuanto al suicidio, la ciudad registró avances reales pero frágiles: en el primer semestre de 2025 se contabilizaron 68 casos, con mayor incidencia en hombres de entre 15 y 30 años, una baja respecto a años anteriores que los especialistas advierten no debe interpretarse como señal de que el problema está resuelto. Dos de cada diez juarenses han tenido pensamientos suicidas en algún momento de su vida, y Chihuahua sigue siendo el estado con la tasa más alta del país.

El vínculo entre trabajo por turnos y deterioro de la salud mental está bien documentado a nivel internacional. Lo que la ciencia lleva años confirmando es que el ser humano no está construido para vivir en contra de su ritmo biológico de manera indefinida. El turno nocturno no solo desordena el sueño; fragmenta los lazos afectivos, aumenta la irritabilidad, eleva el riesgo de depresión y ansiedad, y convierte el hogar en un lugar donde todos conviven pero nadie realmente se encuentra. En una ciudad donde la maquila es el corazón del modelo económico y los tres turnos son el latido con el que todo funciona, ese costo invisible se reparte de manera silenciosa entre cientos de miles de familias que no tienen nombre para lo que sienten, solo el cansancio de sentirlo.

Lo más grave no es la enfermedad. Lo más grave es la brecha entre quienes la padecen y quienes podrían atenderla. Juárez concentra apenas el 26 por ciento de los psicólogos y menos del 30 por ciento de los psiquiatras de todo el estado de Chihuahua, en una ciudad que representa una fracción mucho mayor de su población y de su actividad económica. Dicho de otra forma: la ciudad que más produce es la que menos recursos de salud mental tiene en proporción a sus necesidades. La oferta pública existe en papel, dispersa entre el DIF municipal, algunos centros comunitarios y la UACJ, pero está muy lejos de ser suficiente para absorber la demanda real de una ciudad de casi dos millones de personas viviendo bajo presión constante.

Hay además una capa de silencio cultural que lo complica todo. En Juárez, como en buena parte del norte del país, pedir ayuda psicológica todavía carga con un estigma que la gente carga sola antes de cargarla con alguien más. El trabajador de maquila que lleva meses sin dormir bien no se identifica a sí mismo como alguien con un problema de salud mental; se identifica como alguien cansado, que tiene que seguir. La madre que siente que se le escapa la vida de entre los dedos no busca un terapeuta; busca aguantar. Y aguantar, en esta ciudad, ha sido siempre la respuesta más disponible.

Juárez se ha acostumbrado a medir su fortaleza en toneladas exportadas y empleos formales. Esos números importan, y nadie debería minimizarlos. Pero una ciudad que no puede contabilizar cuántas de sus familias se están fracturando por dentro, que no invierte en salud mental con la misma seriedad con que atrae inversión extranjera, y que sigue tratando el agotamiento emocional como un asunto privado que cada quien resuelve como puede, no está construyendo bienestar. Está aplazando una deuda que, a diferencia de las exportaciones, tarde o temprano se cobra.

ADN Cesar Calandrellly
César Calandrelly

Comunicólogo / Analista Político

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