Hace algunos años, cuando comenzamos a hablar en esta columna sobre inteligencia artificial, parecía que todavía existía una distancia clara entre la tecnología y la vida orgánica. Las discusiones giraban alrededor de algoritmos, automatización o plataformas digitales. Más tarde analizamos el surgimiento de la imagen sintética y la manera en que la inteligencia artificial comenzaba a sustituir la huella fotográfica por simulaciones generadas computacionalmente. Después aparecieron los debates sobre vigilancia algorítmica, redes sociodigitales y automatización militar. Hoy, todos esos temas parecen converger en un mismo punto: la integración radical entre sistemas biológicos y sistemas técnicos.
La noticia de neuronas humanas fusionadas con chips electrónicos no surge de la nada. Es el resultado lógico de una carrera tecnológica que desde hace años busca convertir la cognición en infraestructura.
En esta misma columna ya habíamos discutido el caso de los proyectos científicos dedicados a mapear cerebros animales completos para comprender cómo opera la inteligencia biológica. Uno de los antecedentes más importantes fue el mapeo neuronal del cerebro de la mosca de la fruta, realizado por equipos internacionales de neurociencia computacional. El objetivo parecía modesto: comprender cómo un organismo diminuto procesa información, aprende patrones y responde al entorno. Sin embargo, detrás de ese experimento existía una ambición mucho mayor: traducir la lógica de la percepción biológica hacia sistemas artificiales.
La mosca terminó convirtiéndose en un modelo para pensar la automatización del comportamiento.No es casualidad que, paralelamente, distintas potencias tecnológicas comenzaran a desarrollar inteligencia artificial militar basada precisamente en capacidades inspiradas en organismos vivos. China, por ejemplo, ha mostrado avances en perros robots autónomos equipados con sistemas de reconocimiento, navegación y coordinación táctica. Las imágenes de estas máquinas recorriendo ejercicios militares no pertenecen a una película distópica: pertenecen al presente. Robots cuadrúpedos capaces de desplazarse sobre terrenos complejos, portar armamento y responder mediante sistemas de inteligencia artificial entrenados para operaciones estratégicas.
Cuando analizamos aquí esos desarrollos, la discusión no era solamente militar. La pregunta de fondo era otra: ¿qué sucede cuando el comportamiento animal se convierte en modelo operativo para sistemas de guerra automatizados? Porque la tecnología contemporánea ya no copia únicamente la fuerza humana; ahora intenta replicar percepción, adaptación y toma de decisiones.
En paralelo, el Pentágono ha invertido enormes cantidades de recursos en el desarrollo de inteligencia artificial aplicada a vigilancia, análisis de datos, reconocimiento de objetivos y autonomía táctica. Diversos proyectos militares estadounidenses trabajan sobre sistemas capaces de operar con mínimos niveles de intervención humana. Lo que hace apenas dos décadas parecía ciencia ficción —máquinas capaces de interpretar escenarios complejos y responder estratégicamente— hoy se desarrolla bajo presupuestos multimillonarios. Y es aquí donde todos los temas que hemos discutido en esta columna terminan encontrándose.
La imagen sintética, la automatización perceptiva, los algoritmos de vigilancia, las redes sociotécnicas, la crisis del referente y ahora las neuronas conectadas a chips forman parte de una misma transformación histórica: la externalización técnica de funciones que antes considerábamos exclusivamente humanas o biológicas.
Por eso el experimento de las 70 mil neuronas fusionadas con un chip resulta tan importante simbólicamente. No se trata únicamente de un avance científico aislado. Es la señal de una transición civilizatoria. Una donde el límite entre organismo y máquina comienza a diluirse aceleradamente.
La gran ironía es que, mientras estas tecnologías avanzan, buena parte de la sociedad continúa observándolas como entretenimiento visual o curiosidad mediática. Vemos perros robots en redes sociales como si fueran juguetes sofisticados. Consumimos imágenes generadas por inteligencia artificial como filtros estéticos. Compartimos videos de laboratorios sin detenernos a pensar que cada uno de estos desarrollos modifica profundamente la estructura cultural de nuestra época.
Mientras potencias tecnológicas como China y Estados Unidos invierten miles de millones de dólares en inteligencia artificial, neurociencia computacional y sistemas autónomos, México permanece prácticamente ausente de la discusión estructural sobre estas tecnologías. El país consume innovación, pero rara vez la produce; observa la transformación tecnológica global desde la periferia y casi siempre reacciona tarde. En los últimos años hemos visto el cierre de plantas productoras, la reducción de operaciones industriales y la pérdida constante de plazas laborales que durante décadas sostuvieron buena parte de la economía nacional. Muchas de esas industrias no desaparecieron únicamente por decisiones empresariales aisladas, sino por la incapacidad de integrarse a las nuevas dinámicas tecnológicas y productivas globales. La falta de inversión sostenida en investigación científica, desarrollo tecnológico y formación especializada ha dejado al país vulnerable frente a economías que sí entendieron que el futuro se disputa desde la automatización, la inteligencia artificial y la innovación estratégica. Porque quien controla estas tecnologías controla también los sistemas de producción, información, vigilancia y circulación de conocimiento del futuro. México posee universidades, científicos, artistas e ingenieros capaces de participar activamente en esta transformación, pero la ausencia de políticas públicas de largo plazo mantiene ese potencial disperso y desaprovechado. Apostar por investigación en inteligencia artificial, neurotecnología y sistemas híbridos no significaría únicamente competir tecnológicamente; significaría recuperar capacidad productiva, generar nuevas fuentes de empleo especializado, fortalecer la soberanía tecnológica y evitar que el país quede reducido a simple consumidor de tecnologías desarrolladas por otros.
Tal vez la pregunta central ya no sea si la inteligencia artificial alcanzará capacidades humanas. Tal vez la pregunta real sea cuánto de nuestra propia condición humana comenzará a reorganizarse según la lógica de la máquina. Porque el problema nunca ha sido únicamente tecnológico. El problema es epistemológico, político y simbólico. Y quizá por eso resulta tan urgente seguir hablando de ello.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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