La máscara de Machado

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Corría el quinto mes de 1920, y una serie de decisiones basadas en una sobrevalorada autopercepción terminaron forzando al presidente a cambiar el Palacio Nacional por un jacal de carrizo, levantado en un caserío a mitad de la sierra norte de Puebla, llamado Tlaxcalaltongo. Don Venustiano Carranza había dejado que su discurso y su imagen se posicionaran sobre su sagacidad política, desatendiendo contextos y realidades que, para la segunda quincena de mayo, le habían dejado como único margen de maniobra, el intentar cruzar Puebla, a lomo de mula, con un puñado de leales, y adentrarse en Veracruz donde quizá su yerno, el Gral. Cándido Aguilar, le podría brindar condiciones para salvar la vida y escapar de la aniquilación política.

Muchos de sus amigos lo habían dejado a su suerte y se habían sumado a un movimiento armado para derrocarlo, otros también eran perseguidos y estaban dispersos en la misma serranía, o ya habían sido derrotados. En cualquier caso, el estado de cosas que predominaban se había gestado como consecuencia de sus decisiones y acciones, desde la Presidencia de la República, en contra de quienes durante siete años habían sido sus aliados más poderosos, aquellos con los que había vencido a las masas armadas de los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata.

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Aunado a todo esto, los vientos tampoco le eran favorables con los vecinos del norte, quienes no moverían un dedo para apoyarlo porque, por un lado, les era enteramente insignificante una nueva fractura entre la anárquica, violenta y explosiva clase política mexicana, y por otro lado, su mayor apoyo coyuntural, el estadista y constitucionalista Woodrow Wilson, que había gobernado desde 1913 los destinos de los Estados Unidos de América, y que entre 1914 y 1915 decidió inclinar la balanza del abasto de armas en favor del ejercito liderado por el “Barón de Cuatro Ciénegas”, en ese momento veía prácticamente extinguido su presente y futuro político, en medio de un padecimiento crónico, degenerativo e incapacitante. Esta situación en el panorama norteamericano inevitablemente favorecía a la multitud de militares que se levantó en armas contra Carranza con el “Plan de Agua Prieta”.

Así, con la desolación que deja la derrota y la traición, en medio de la adversidad -de acuerdo con las crónicas de sus acompañantes- el presidente Carranza terminó de comer un poco de cecina, y se dirigió a la choza en la que alrededor de las 3 am del 21 de mayo de 1920 fue ejecutado.

Las primeras noticias de su muerte, la posición del cadáver y las heridas que presentó, han permitido correr versiones sobre si lo mataron sus propios acompañantes, las balas de los verdugos que llevó el Gral. Rodolfo Herrero, o si ante la catástrofe, él mismo acabó con su vida al verse irremediablemente acorralado.

Lo cierto es que, desde la perspectiva del poder, se puede apreciar que independientemente de la muerte biológica de Venustiano Carranza, el personaje político había sucumbido mucho antes. Tal vez, empezó a morir cuando decidió dejar de considerar, en sus decisiones de gobierno, la naturaleza de su propio poder, cuando optó por desconocer el origen mismo de esa fuerza que le permitió liderar a la mayoría de los opositores de Victoriano Huerta, obtener el apoyo de los EEUU, e imponerse sobre los ejércitos de la Convención. Es decir, cuando no entendió el cambio de contextos, nacional e internacional, y a pesar de toda su experiencia y conocimiento, perdió las dimensiones de los pilares que lo sostenían, no en el discurso, sino en la realidad política.

El escenario del derrumbe de Carranza, visto desde la perspectiva del poder, invita a recordar al gran Antonio Machado, en su extraordinaria obra Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, cuando observó sobre las y los políticos, o mujeres y hombres públicos, lo siguiente:

“Al hombre público, muy especialmente al político, hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una: fidelidad a la propia máscara…”, misma “que sea, en lo posible”, su propia obra “para evitar que os la pongan -que os la impongan- vuestros enemigos o vuestros correligionarios; y no la hagáis tan rígida, tan imporosa e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara”.

Así, a Carranza lo sofocó su propia máscara, y le hizo perder las dimensiones de sus capacidades políticas para imponer sus idealidades ante las realidades. Perdió el control de las características de su máscara, al atentar contra su propia autoridad moral cuando intentó intervenir agresivamente en el relevo del poder presidencial, rompiendo la posibilidad de elecciones libres, que habían sido un rasgo clave para la legitimidad de su liderazgo en la etapa contra Victoriano Huerta, misma que borró en la elección de 1920, al hostigar a los generales Pablo González y Álvaro Obregón.

También, quien fuera conocido como Jefe del Ejército Constitucionalista, dejó de lado su capacidad extraordinaria para leer a las personas, e interpretar a la clase política de su tiempo, olvidando su necesidad de entenderse con una élite de generales al intentar imponer a un civil como el Ing. Ignacio Bonillas, sin considerar que al romper con los militares, alimentaría el calculo político de los grupos de interés en los Estados Unidos de América, quienes ante un eventual relevo violento que requiriera de su reconocimiento, propiciarían una nueva etapa de negociación con respecto a sus posiciones en torno al petróleo mexicano. Por todos estos motivos, se puede decir que el propio Carranza se sofocó con su propia máscara, al alimentar un problema que terminó por comprometer la estabilidad del país, y en consecuencia tuvo el final trágico de la noche de Tlaxcalaltongo.

Hoy, las letras de Antonio Machado no sólo sirven para reinterpretar nuestra historia en el 105 aniversario luctuoso de Venustiano Carranza, quizá también puedan servir para entender los nuevos retos que enfrenta México a partir del contexto internacional actual.

Es decir, estamos en una coyuntura que implica a la relación bilateral más importante de nuestro país, y que esta caracterizada por una la asimetría de poder que potencializa la posibilidad de un despliegue unilateral de violencia, por parte de nuestros vecinos, contra actores políticos mexicanos, con total impunidad y en detrimento de nuestra soberanía.

Consecuentemente, si una de las características más importantes en el liderazgo político más encumbrado de nuestro país ha sido el pragmatismo y la adaptabilidad, sacrificando en el camino incluso relaciones maritales, y con ese perfil político se logró el éxito obtenido, entonces el hecho de dejar de aprovechar esa cualidad, en el escenario actual, sería algo así como perder la posibilidad de controlar la máscara.

Autores como Guillermo Garduño Valero, Roxana Juárez Parra o el clásico de El Colegio de México, Mario Ojeda Gómez han observado que tanto la relación cívico militar en nuestro país, como el margen de maniobra que tienen nuestros gobiernos para desplegar decisiones y acciones con plena independencia, desde la década de 1940, frente al poder militar de los EEUU, ha radicado en que no representemos un riesgo a la seguridad nacional de nuestro vecino del norte. Hoy muchos elementos parecen indicar que ya hemos traspasado ese límite, y consecuentemente habrá que pagar un precio más costoso en tanto no encontremos la manera de reconstruir ese aspecto de la relación bilateral.

En este sentido, la coyuntura del mecanismo de extradición, y las entregas que algunos funcionarios sospechosos de tener vínculos con la delincuencia, han llevado a cabo ante autoridades estadounidenses, una nueva posibilidad de conflicto entre las naciones de Norteamérica.

Así, en los próximos meses tendremos que tomar decisiones y proceder a acciones, quizá tan trascendentes como los megaprocesos en la Italia de Giovanni Falcone, pues de no implementar dichas acciones, el poder asimétrico, y unilateral de nuestro socio comercial actuará al margen de nuestras preferencias, arrebatándonos el control de la máscara, y llevando a quienes hoy se envuelven en una bandera soberanista, a adentrarse en un jacal de carrizo, donde nadie saldrá bien librado.

Raen Sanchez
Raen Sánchez Torres

Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.

Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

 

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