Cuando estaba en la preparatoria y realizaba aquellos tests vocacionales que parecían definir el rumbo de nuestra vida, una de mis principales motivaciones para estudiar la licenciatura en Educación era profundamente idealista: quería cambiar la educación de mi país. Creía, con la convicción propia de la juventud, que desde un salón de clases se podían transformar generaciones enteras y construir un México más justo, más preparado y más humano.
Con el paso de los años, la realidad golpea fuerte. No porque falten maestros apasionados o jóvenes con vocación, sino porque el sistema educativo mexicano parece diseñado para resistirse al cambio. La rigidez burocrática, la politización de las decisiones y la falta de incentivos reales han convertido a la educación en un terreno donde muchas veces sobrevivir importa más que innovar.
Hoy la educación en México obedece, en gran medida, a factores políticos e ideológicos antes que pedagógicos. Cada cambio de gobierno implica una nueva reforma, nuevos discursos y nuevas prioridades que pocas veces nacen de las necesidades reales de los estudiantes o de la experiencia de quienes viven diariamente el aula. Los docentes y alumnos terminan siendo piezas de un experimento permanente donde las decisiones se toman desde oficinas lejanas, muchas veces sin escuchar a quienes sostienen el sistema educativo todos los días.
Mientras tanto, el verdadero objetivo de la educación —formar ciudadanos críticos, preparados y humanos— queda relegado. Hace falta valentía para hablar con honestidad de lo que realmente importa: el desarrollo integral de los estudiantes. Hace falta recuperar la figura del maestro que marca vidas, del docente que inspira, del educador que enseña a pensar y no solamente a memorizar.
Sin embargo, resulta difícil exigir excelencia cuando las condiciones laborales y estructurales son cada vez más precarias. Los presupuestos destinados a educación han mostrado una tendencia preocupante. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano para la Competitividad y del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria, el gasto público en educación como porcentaje del PIB ha disminuido en los últimos años, pasando de niveles cercanos al 5% hace más de una década a cifras considerablemente menores. Además, gran parte del presupuesto se concentra en gasto operativo y no necesariamente en infraestructura, capacitación o innovación educativa.
En muchas escuelas del país los maestros trabajan en aulas sin equipamiento básico, con grupos saturados y recursos insuficientes. En algunos casos ni siquiera existen condiciones adecuadas de climatización, acceso tecnológico o materiales didácticos modernos. Hablar de competitividad internacional en Ciencias, Matemáticas o Pensamiento Crítico parece casi un acto de ironía cuando miles de estudiantes siguen aprendiendo en contextos profundamente desiguales.
A ello se suma otro problema estructural: los docentes pocas veces reciben incentivos reales por su preparación extraordinaria o por su desempeño sobresaliente. Muchos dependen todavía de decisiones sindicales o administrativas alejadas del mérito académico. La capacitación constante, los posgrados o la innovación en el aula no siempre representan mejores oportunidades laborales o salariales. En consecuencia, el mensaje que recibe el maestro es devastador: esforzarse más no necesariamente cambia nada.
Y aun así, miles de docentes siguen dejando el alma en las aulas.
México tiene maestras y maestros extraordinarios. Personas que compran material con su propio dinero, que trabajan horas extras sin reconocimiento y que hacen mucho más de lo que el sistema les exige. El problema nunca ha sido la falta de talento humano; el problema es que las herramientas son cada vez más pobres y los incentivos cada vez menos motivantes.
También resulta preocupante la ligereza con la que se manejan los calendarios escolares y las horas efectivas de aprendizaje. Cada suspensión, cada puente y cada ajuste administrativo parece ignorar una realidad evidente: el tiempo educativo importa. Ningún país alcanza niveles altos de competitividad reduciendo el tiempo de formación o improvisando estrategias pedagógicas. Las naciones que lideran en innovación y desarrollo económico entendieron hace mucho tiempo que la educación no puede tratarse como un tema secundario.
Mientras otros países impulsan programas robustos en robótica, inteligencia artificial, comprensión lectora avanzada y pensamiento científico desde edades tempranas, México sigue atrapado en discusiones ideológicas que poco ayudan a elevar la calidad educativa. No existen estrategias verdaderamente innovadoras que coloquen a nuestros estudiantes en escenarios internacionales de competitividad en Ciencias, Matemáticas, Literatura o habilidades analíticas.
La consecuencia es visible: generaciones enteras enfrentan enormes desventajas frente a estudiantes de otras partes del mundo. Y eso no solamente afecta el presente académico; afecta el futuro económico y social del país.
La labor docente ha sido cada vez más demeritada, no porque no existan personas soñando con cambiar la educación en México, sino porque las herramientas para lograrlo son cada vez más limitadas y los incentivos cada vez menos alentadores. Se le exige demasiado al maestro y se le ofrece muy poco a cambio.
Pero no debemos olvidar algo esencial: son la educación y los docentes quienes sostienen el desarrollo de los países. Ninguna nación alcanza prosperidad duradera sin invertir seriamente en sus escuelas, en sus universidades y en quienes enseñan. Ahí deberían estar todas las miradas, las prioridades y también las inversiones. Porque cuando un país abandona a sus maestros, en realidad está abandonando su propio futuro.

Marisela Terrazas
Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.
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