Juárez: la inclusión que prometía convivencia y terminó alimentando la confrontación

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En algún momento, el debate sobre derechos humanos en Ciudad Juárez dejó de centrarse en la búsqueda de convivencia y comenzó a transformarse en un terreno de confrontación política, moral e ideológica.

Lo que recientemente ocurrió en las protestas relacionadas con el matrimonio igualitario y las manifestaciones dentro y fuera donde se realizaba la sesión solemne del Congreso del Estado no es un hecho aislado; es el reflejo de una ciudad fracturada emocionalmente, donde cada grupo considera que posee la legitimidad absoluta de la verdad y donde disentir parece haberse convertido en un acto castigable socialmente.

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El problema ya no es jurídico. En México, el matrimonio igualitario está reconocido por la Suprema Corte y forma parte del marco de derechos civiles.

Ese debate legal prácticamente está resuelto.

Lo que verdaderamente explota hoy en Juárez es otra cosa: la imposición cultural y la percepción creciente de que existen sectores que exigen tolerancia sin estar dispuestos a ejercerla hacia quienes piensan distinto.

Ciudad Juárez históricamente ha sido una ciudad conservadora en muchos aspectos sociales.

La frontera produjo apertura económica y multiculturalidad, sí, pero también fortaleció estructuras familiares tradicionales, comunidades religiosas muy influyentes y una visión moral profundamente arraigada en amplios sectores populares.

Basta observar algunos indicadores.

De acuerdo con datos del INEGI y el Censo de Población, Chihuahua mantiene una alta proporción de población que se identifica con religiones cristianas y católicas, mientras que organizaciones civiles estiman que la población LGBT visible y organizada ha incrementado considerablemente en la última década, particularmente entre jóvenes urbanos.

Ese crecimiento de visibilidad no tendría por qué generar conflicto.

El problema aparece cuando la discusión pública abandona la lógica del respeto mutuo y se convierte en una dinámica de presión social, cancelación moral y confrontación política permanente.

Ahí es donde Juárez comenzó a convertirse en un auténtico campo de batalla ideológico.

Por un lado, diputados y figuras políticas de Morena han impulsado una agenda progresista alineada con las corrientes nacionales de izquierda identitaria; diversidad sexual, lenguaje inclusivo, perspectiva de género y ampliación de derechos para minorías.
Políticamente, la estrategia es evidente; consolidar bases urbanas jóvenes, universitarias y activistas que hoy representan un capital electoral importante.

Sin embargo, el error de muchos actores políticos ha sido convertir temas profundamente sensibles en herramientas de polarización electoral.

Cuando las causas sociales se usan como arma política, dejan de unir y comienzan a dividir.

Y eso exactamente está ocurriendo.

La reacción conservadora tampoco ha sido menor.

Iglesias, asociaciones familiares y sectores tradicionales perciben que existe una ofensiva cultural contra sus valores.

Muchos ciudadanos sienten que ya no pueden expresar opiniones religiosas o morales sin ser etiquetados inmediatamente como intolerantes, retrógradas u homofóbicos.

Ese sentimiento, aunque algunos intenten minimizarlo, es real y está creciendo.

La pregunta incómoda es inevitable

¿En qué momento disentir dejó de ser un derecho?

Porque una sociedad democrática no consiste únicamente en proteger a las minorías; también implica garantizar que la mayoría o cualquier individuo pueda expresar desacuerdo sin miedo a ser destruido públicamente.

Ahí aparece uno de los grandes dilemas modernos de Occidente y que Juárez está viviendo con enorme intensidad; la colisión entre libertad de expresión, libertad religiosa y derechos civiles.

Hoy existe una percepción social cada vez más extendida de que ciertos grupos activistas han adquirido una especie de superioridad moral automática donde cualquier cuestionamiento es interpretado como violencia.

No toda crítica es odio.

No toda diferencia de opinión constituye discriminación.

No todo desacuerdo equivale a represión.

Y cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir eso, entra peligrosamente en dinámicas de radicalización.

Resulta contradictorio exigir inclusión mientras se excluye socialmente a quien piensa distinto.

Resulta igualmente contradictorio pedir respeto mientras se ridiculizan creencias religiosas o estructuras familiares tradicionales.

El problema no es la existencia de derechos para minorías sexuales; el problema es cuando algunos sectores pretenden que esos derechos impliquen subordinación ideológica obligatoria para el resto de la sociedad.

Porque entonces la convivencia deja de ser convivencia y se convierte en obediencia cultural.

La victimización permanente también comienza a desgastar a parte de la población.

Muchos ciudadanos perciben que ciertos movimientos convierten cualquier desacuerdo en persecución política o agresión social.

Esa narrativa genera cansancio, resentimiento y eventualmente reacciones más radicales.

Paradójicamente, el exceso de confrontación termina debilitando las propias causas que originalmente buscaban empatía.

Eso no significa negar que históricamente existieron discriminación y abusos contra personas LGBT.

Sería irresponsable ignorarlo.

México sigue enfrentando altos índices de violencia contra minorías sexuales. Organizaciones nacionales de derechos humanos han documentado agresiones, exclusión laboral y violencia física.

Pero reconocer esos problemas no debería significar cancelar automáticamente el derecho de otros sectores a expresar convicciones religiosas, morales o culturales distintas.

La democracia auténtica no consiste en imponer unanimidad emocional.
Consiste en aprender a coexistir entre profundas diferencias.

Y precisamente ahí Juárez está fracasando.

Las escenas recientes en el Congreso del Estado reflejan una ciudad donde la política ya no está moderando conflictos sociales, sino amplificándolos.

Diputados que convierten causas sociales en espectáculo mediático; activistas que cruzan la línea entre protesta y confrontación; sectores conservadores que responden endureciendo posturas; redes sociales convertidas en tribunales de linchamiento ideológico.

Todos gritan.

Nadie escucha.

Lo más preocupante es que esta polarización apenas comienza.

La batalla ya no gira solamente alrededor del matrimonio igualitario. Los próximos años traerán discusiones aún más complejas; educación sexual, identidad de género en menores, libertad de conciencia, participación religiosa en espacios públicos y límites de la corrección política.

Y Juárez no parece preparada para discutir esos temas con madurez.

Porque cuando una sociedad entra en la lógica de “si no piensas como yo eres enemigo”, desaparece el diálogo y nace el autoritarismo social.

Un autoritarismo que puede venir tanto desde sectores conservadores como desde movimientos progresistas.

La verdadera inclusión no debería obligar a nadie a renunciar a sus creencias para evitar ser cancelado socialmente.

Tampoco debería permitir que, en nombre de la religión o la tradición, se humille o degrade a personas por su orientación sexual.

El equilibrio democrático exige algo mucho más difícil; aceptar que en una sociedad libre existirán ideas incómodas para todos.

Tal vez el verdadero problema de Juárez no sea la inclusión.

Tal vez el problema sea que hemos olvidado cómo convivir con quien piensa diferente sin convertirlo automáticamente en enemigo.

ADN Guadalupe Parada
Guadalupe Parada Gasson

Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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