Esta semana de la que apenas han transcurrido dos días —escribo en día martes— han sido reveladores en cuanto a una constante en el carácter de la titular del poder ejecutivo federal mexicano, Claudia Sheinbaum: el escarnio y la censura.
Por más que lo quiera componer o arreglar, lo declarado por ella en cuanto a que no veamos TV Azteca, alegando que era una “opinión”, fue una frase de censura. Se escuchó cual es.
Como dijo el clásico: “haiga sido como haiga sido”.
El escarnio vino cuando un grupo de estudiantes mostró carteles de protesta en una transmisión desde una escuela. Esto deja a la vista el tipo de tolerancia que practica la señora Sheinbaum; la diseñada por Herbert Marcuse. Y esto ya había sucedido antes. Como con la ley de telecomunicaciones.
Porque el problema del progresismo moderno no es que tolere demasiado.
Es exactamente al revés.
Tolera únicamente aquello que coincide con su visión ideológica.
Desde hace décadas algunos pensadores han advertido que el progresismo moderno no tolera realmente el disenso; únicamente tolera aquello que coincide con su visión ideológica. Lo incómodo no se debate. Se desacredita. Se ridiculiza. Se intenta expulsar culturalmente.
Y México empieza a caminar peligrosamente hacia esa lógica.
Primero apareció la presión alrededor de la ley de telecomunicaciones. Una iniciativa que provocó alarma por la posibilidad de abrir espacios de control político sobre contenidos, concesiones y plataformas digitales. Después vino el discurso de “modificar” o incluso retirar partes de la propuesta, intentando apagar el incendio político. Pero el mensaje ya había sido enviado: el poder quiere capacidad de intervención sobre la conversación pública.
Y eso nunca debe tomarse a la ligera.
Después apareció el episodio con TV Azteca.
La presidenta pidió prácticamente no consumir ese medio, argumentando desacuerdos editoriales y diferencias con ciertos comunicadores. Y aquí aparece un detalle importante:
cuando una figura con el enorme poder político, simbólico y mediático de la Presidencia “opina” sobre qué medios deberían o no consumirse, eso deja de ser una opinión privada.
Se convierte en presión política.
Porque no habla cualquier persona.
Habla el poder.
Y el poder siempre pesa.
Posteriormente vino el momento más revelador:
los estudiantes exhibiendo carteles críticos durante un evento público.
Ahí apareció el verdadero rostro de la tolerancia progresista.
La incomodidad frente al disenso.
La molestia frente a la crítica espontánea.
El progresismo moderno suele hablar permanentemente de diversidad, inclusión y pluralidad. Pero cuando surge una voz incómoda, la reacción cambia rápidamente:
ridiculización,
escarnio,
descalificación,
o censura indirecta.
Marcuse lo llamó “tolerancia represiva”. Una teoría bastante simple:
la sociedad puede ser intolerante con quienes representan ideas consideradas “incorrectas” para proteger el supuesto avance social.
En otras palabras:
sí se puede censurar…
si la censura tiene una causa “correcta”.
Y ahí exactamente se encuentra el riesgo.
Porque poco a poco se normaliza la idea de que existen opiniones legítimas… y opiniones permitidas solamente bajo vigilancia moral.
Porque cuando una sociedad deja de defender la libertad del adversario, termina destruyendo su propia libertad.
Y México empieza a acercarse demasiado a ese terreno.
Porque lo preocupante no es únicamente una frase contra TV Azteca.
Lo preocupante es el patrón.
El patrón de desacreditar medios incómodos.
El patrón de exhibir opositores.
El patrón de polarizar constantemente.
El patrón de dividir entre “buenos” y “malos”.
El patrón de convertir la crítica en sospecha moral.
Eso erosiona lentamente cualquier democracia.
Además, existe algo todavía más delicado:
el progresismo político moderno necesita permanentemente antagonistas visibles.
Necesita enemigos culturales.
Porque sin conflicto pierde cohesión.
Por eso siempre existe alguien señalado:
la oposición,
los medios,
los empresarios,
los conservadores,
la Iglesia,
los jueces,
o cualquier voz que no entre completamente en la narrativa oficial.
Y mientras más emocional se vuelve la política, menos espacio queda para el pensamiento crítico auténtico.
Todo se convierte en narrativa.
Todo se convierte en propaganda emocional.
Todo se convierte en control del discurso público.
Por eso los episodios de esta semana no son menores.
No son anécdotas aisladas.
Son síntomas.
Síntomas de una cultura política que empieza a confundirse peligrosamente con superioridad moral permanente.
Y cuando el poder político se siente moralmente superior, tarde o temprano aparece la tentación de censurar “por el bien de todos”.
Ahí comienza el verdadero deterioro.
Porque las democracias no se destruyen únicamente con tanques o golpes de Estado.
También se deterioran lentamente cuando la crítica empieza a incomodar demasiado al poder. Y eso es, El Meollo del Asunto

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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