Guerra en Legítima Defensa

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“Lo hicimos en legítima defensa”.

Esta semana, Estados Unidos lanzó ataques contra objetivos iraníes después de responsabilizar a Irán por el derribo de un helicóptero Apache en el estrecho de Ormuz. La respuesta de Washington fue inmediata: calificó la operación como una acción proporcional y de legítima defensa. Del otro lado, Irán advirtió que no dejará sin respuesta ninguna agresión. Y así, una vez más, el mundo observa cómo dos potencias intercambian amenazas mientras millones de personas contienen la respiración.

Lo preocupante no es solamente el enfrentamiento militar.

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Lo preocupante es la facilidad con la que nos hemos acostumbrado a escuchar estas noticias.

Bombardeos. Represalias. Ataques preventivos. Objetivos estratégicos.

Palabras bonitas para describir algo profundamente sucio: la incapacidad de los seres humanos para resolver conflictos sin recurrir a la fuerza.

No estoy diciendo que los Estados no tengan derecho a defenderse. Sería absurdo. Toda nación tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos y a sus fuerzas armadas. El problema es cuando el concepto de “legítima defensa” se convierte en una justificacion para escalar conflictos sin medir las consecuencias.

La historia está llena de guerras justificadas en nombre de la seguridad, la democracia, la estabilidad o la paz. Y, curiosamente, casi todas terminaron dejando más muertos, más desplazados y más resentimiento del que existía antes.

Mientras tanto, los ciudadanos comunes seguimos observando.

La madre iraní que teme por sus hijos y la madre estadounidense que teme por los suyos tienen más cosas en común entre ellas que con cualquiera de los hombres que toman decisiones desde la casa blanca.

Esa es quizá la tragedia más grande de nuestro tiempo.

Los pueblos rara vez quieren la guerra.

Las élites políticas rara vez la padecen.

Y los medios de comunicación, dependiendo del país donde se encuentren, suelen presentarla como una necesidad inevitable o como una agresión imperdonable. Todo depende de quién esté lanzando los misiles.

Por eso conviene mantener algo que hoy parece escaso: la capacidad de cuestionar.

Cuestionar las versiones oficiales.

Cuestionar la propaganda.

Cuestionar las explicaciones.

Cuando una potencia asegura que actúa en defensa propia y la otra asegura que responde a una agresión, la primera víctima suele ser la verdad.

Y cuando la verdad cae, generalmente lo siguiente que cae son las bombas.

La paz nunca ha sido un acto de ingenuidad. Al contrario. Requiere más inteligencia, más valentía y más visión que cualquier demostración de fuerza.

La guerra siempre encuentra voluntarios para iniciarla.
La paz, en cambio, necesita personas dispuestas a pensar por si mismas.

Vivimos en la era de la información. Nunca antes la humanidad había tenido tanto conocimiento al alcance de la mano y, paradójicamente, nunca había parecido tan incapaz de aprender de sus propios errores.

Hoy podemos ver en tiempo real lo que ocurre al otro lado del planeta. Podemos comunicarnos con cualquier persona en segundos. Tenemos tecnología suficiente para combatir el hambre, las enfermedades y la desigualdad. Sin embargo, seguimos invirtiendo más energía en construir enemigos que en construir soluciones.

Deberíamos estar usando este momento histórico para defender algo más grande que una bandera, un partido o una ideología. Deberíamos estar defendiendo a la humanidad misma. La paz no de un país, no de un bloque político, no de una potencia militar. La paz de todos.

Resulta agotador despertar cada mañana y encontrar que las primeras noticias hablan de amenazas de guerra, de conflictos armados, de democracias cuestionadas, de elecciones impugnadas, de campañas de odio y de políticos dispuestos a destruir al adversario antes que construir un acuerdo.

La política se ha vuelto cada vez más sucia. Y aunque muchos creen que esa suciedad se queda atrapada en los partidos, en los congresos o en los estudios de televisión, la realidad es otra: esa suciedad nos termina salpicando a todos. Se cuela en nuestras conversaciones, divide familias, rompe amistades y alimenta el miedo colectivo.

Tal vez ha llegado el momento de recordar algo que parece haberse perdido entre tanto bullicio: ninguna guerra la gana realmente la humanidad. Ninguna bomba distingue ideologías. Ningún misil pregunta por nacionalidades antes de destruir una vida.

Y mientras los poderosos siguen discutiendo quién tiene la razón, millones de personas en el mundo solo siguen esperando algo mucho más sencillo y mucho más valioso: la oportunidad de vivir en paz.

“No hay camino para la paz, la paz es el camino”
-Mahatma Gandhi

ADN Angeles Gomez
Ángeles Gómez

Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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