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    febrero 26, 2024 | 11:47

    El mejor antídoto contra el virus es Dios

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    Anoche tuve la fortuna de sentir la presencia de Dios en mi sueño.Desperté a las 3:45 de la mañana y en mi mente estaban grabadas las palabras que trataré de transmitir: “El amor es un sentimiento que Dios siembra en nuestro espíritu, para fortalecer el alma y el cuerpo se estabilice con su fortaleza”.

    El maligno produce horror y pánico ante las debilidades de las personas que se olvidan de la existencia del Ser Supremo. Igualmente se apodera de los que ejercen el pecado más preciado del enemigo de Dios “la soberbia”. Esos que están impregnados de la soberbia, dominan en los países más poderosos por la riqueza económica que los sostiene. Los que están cerrando caminos y fronteras porque se creen una raza superior.

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    Dios está con la gente que lo busca y ora para la paz del mundo. Por eso está contacto con los más humildes y necesitados, pues en su sufrimiento no tienen más recurso que hacer efectivo el amor que prevalece en su cuerpo que se sostiene con su amor. Ellos son los que con su trabajo diario, sostienen el diario vivir de los que se han quedado en cuarentena por el COVID-19, conocido como coronavirus, pues son los que tienen la posibilidad económica de quedarse en sus casas.

    Curiosamente los que han contagiado al mundo con ésta epidemia, que ya es pandemia, son los que tienen recursos económicos para viajar por el mundo. Los de la clase alta. Los viajeros que andan de turistas y que a su regreso llegan infectados del virus. Una tragedia mundial que nos hace reflexionar sobre la muerte. Pues el temor no es solo el contagio.

    El virus logra sin embargo, unir a las naciones en la solidaridad que debe existir en todos los seres humanos para tener humildad y aceptar las cosas que no podemos cambiar- como dice en la oración de la serenidad-. Nos damos cuenta que el amor se manifiesta en todas las nacionalidades y que somos iguales de frágiles y vulnerables. Es el momento de evaluar la calidad humana de los políticos que gobiernan en el mundo. Dios no distingue a nadie en especial por su condición humana, riqueza, credo, sexo, ni edad.

    En mi sueño con el Creador pude percibir de nuevo su amor sobrenatural. Ese amor que no se puede describir con simples palabras. Es algo así como cuando celebramos el nacimiento de un hijo o hija. No cabemos de alegría. Queremos gritar a todo el mundo lo feliz que se siente tener en los brazos a un recién nacido, que nos identifica por dentro. Nos conectamos espiritualmente.

    Pude apreciar que el derecho humano universal más preciado es el derecho a la vida. Como lo es el derecho a la vida desde la concepción, porque lo primero que se desarrolla en el ser humano es el alma que da vida al corazón como primer órgano vital que nunca dejará de palpitar, sino hasta el último día de existencia terrenal.

    Es por ello, que esta pandemia trae cosas buenas y cosas malas como todo. Notamos la sensibilidad que tenemos ante nuestros seres queridos, amigos y familiares. Así como también la soberbia, la envidia, el odio y la falta de sensibilidad de los que se aprovechan del dolor ajeno. De los que hacen negocio de la enfermedad. De los que promueven sus posiciones políticas perversamente. De los corruptos que aprovechan para enriquecerse a costa del sufrimiento de su pueblo.

    Anoche me conecté con Dios a través de la oración mentalmente y le pedí perdón porque fácilmente se me olvida que me ha dado todo de lo más hermoso que produce su amor. Esposa, hijo, hijas, nieta y otro más en camino, dentro del vientre de su madre que derrocha su amor y energía. ¿Cómo no creer en Dios?.

    Por eso no debemos tener temor, ni pánico. Solamente hagamos las recomendaciones que en todo el mundo nos indican para evitar el contagio. El coronavirus no es mortal. Lo mortal es todo lo que debilita al cuerpo con el consumo de drogas, enervantes y bebidas alcohólicas con energéticos y productos que debilitan nuestras defensas naturales.

    En esta ocasión de manera respetuosa te doy mi testimonio. Dios se presentó en mi vida, hace casi veintiséis años con motivo de mi primer infarto, en el que tuve muerte súbita, según el dictamen médico. Dios me concedió vida después de la muerte hasta la fecha. Por eso no dudo, ni me avergüenzo de dar a conocer mi profesión de fe. El amor de Dios es infinito, grande, maravilloso y cuando llega el momento de morir se manifiesta con toda su bondad.

    Tal vez anoche me pidió que escribiera eso hoy. Pues sentí un enorme deseo de expresar al mundo que Dios nos ama y que está presente. La pandemia es un producto del maligno que no podrá contra el Todopoderoso. El poder de la oración es más fuerte que la vacuna.

    Molinar Apodaca

    Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.


    Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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