Fútbol, alcohol y desorden

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Cada triunfo de la Selección Mexicana despierta una emoción que une a millones de personas. Por unas horas desaparecen las diferencias políticas, económicas, religiosas o sociales. Todos nos abrazamos bajo una misma bandera y compartimos la ilusión de ver a nuestro país triunfar en la cancha. Esa alegría colectiva es legítima y forma parte de nuestra identidad nacional.

Sin embargo, una vez más las imágenes posteriores a la celebración dejaron una amarga reflexión. En diversos puntos del país, particularmente en el Ángel de la Independencia y en el Zócalo de la Ciudad de México, miles de personas salieron a festejar. Lamentablemente, junto con los cánticos, las banderas y el entusiasmo aparecieron también el consumo excesivo de alcohol, las riñas, los actos de violencia, el vandalismo, las montañas de basura y la falta de respeto hacia los espacios públicos.

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No es el fútbol el problema. Tampoco lo es celebrar un triunfo deportivo. El verdadero problema comienza cuando confundimos la alegría con el descontrol y la libertad con el libertinaje.

Desde hace décadas hemos normalizado que toda celebración importante deba estar acompañada por el alcohol. Cumpleaños, bodas, graduaciones, fiestas patrias, Navidad, Año Nuevo, eventos deportivos e incluso reuniones familiares parecen incompletas si no existe una bebida embriagante de por medio. Como sociedad hemos aceptado una cultura donde el exceso se presenta como sinónimo de diversión.

Las consecuencias son ampliamente conocidas. Accidentes automovilísticos, violencia intrafamiliar, lesiones, riñas callejeras, intoxicaciones, daños al patrimonio público, detenciones y, en no pocos casos, pérdidas irreparables de vidas humanas. Mientras unos regresan a casa con la satisfacción del triunfo, otros llegan a hospitales, separos o ministerios públicos. Algunas familias reciben la peor noticia de sus vidas por una celebración que nunca debió terminar en tragedia.

Quienes tenemos muchos años trabajando en la recuperación de personas con alcoholismo y otras adicciones sabemos que detrás de cada botella existen historias de dolor que pocas veces aparecen en las cámaras de televisión. Mientras millones observan los festejos, miles de esposas, hijos, padres y madres viven horas de angustia esperando que su familiar regrese con bien o temiendo una nueva noche de violencia dentro del hogar.

También debemos reflexionar sobre el ejemplo que estamos dando a nuestras niñas, niños y adolescentes. Ellos aprenden observando mucho más que escuchando discursos. Cuando presencian que un triunfo deportivo termina entre personas intoxicadas, peleas, insultos y toneladas de basura abandonadas en las calles, el mensaje que reciben es profundamente equivocado. Sin proponérnoslo, les enseñamos que el éxito se celebra perdiendo el control.

La educación no comienza únicamente en la escuela. Comienza en el hogar y continúa todos los días con nuestras acciones. Una sociedad educada no es aquella que deja de celebrar; es aquella que sabe hacerlo con respeto, responsabilidad y consideración hacia los demás.

Las autoridades tienen la obligación de garantizar el orden y la seguridad. Los medios de comunicación pueden contribuir promoviendo una cultura de celebración responsable. Las familias debemos recuperar el valor del ejemplo y recordar que nuestros hijos aprenden más de nuestros actos que de nuestras palabras. Y cada ciudadano tiene la responsabilidad de entender que la vía pública también es su casa y merece el mismo cuidado y respeto.

México necesita seguir disfrutando del fútbol, vibrar con su selección y sentirse orgulloso de sus triunfos. Pero también necesita demostrar que es capaz de celebrar con civilidad. El verdadero orgullo nacional no consiste únicamente en ganar un partido; consiste en mostrar al mundo que sabemos convivir con alegría, sin violencia, sin excesos y sin destruir aquello que pertenece a todos.

Porque al final del encuentro, el marcador desaparece de las pantallas. Lo que permanece es el ejemplo que dejamos a las nuevas generaciones y la calidad de la sociedad que decidimos construir.

ADN Hector Molinar
Héctor Molinar Apodaca

Facilitador Privado #24
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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