El vuelo, ¿o caída? del águila bicéfala

123 días han transcurrido desde la Operación militar especial emprendida por Rusia sobre Ucrania, una “operación” que en realidad no es más que un giro retórico, igual de errado e inexacto que el uso de la palabra guerra, a lo que en realidad es una simple y llana invasión. 123 días y contando. Los primeros días el temor se adueñó de muchos, la posibilidad de un holocausto nuclear volvía a cernirse en el aire. Una vuelta de golpe a la guerra fría esta vez con la posibilidad de una escalada en fuego y de probabilidades funestas para ambos bandos.

La maquinaria occidental propagandística se puso a andar de inmediato inundando las redes sociales con banderas y leyendas de “todos somos Ucrania”. Los medios informativos se dieron a la tarea de presentar todo tipo de notas, artículos, reportajes y paneles especiales de discusión sobre la malignidad encarnada en la figura de Putin y a su acción prácticamente suicida de enfrentarse a la OTAN y al mundo libre occidental.

Los discursos incendiarios contra Rusia y su máximo líder, así como las promesas desgarradoras de liberación y de justicia pronto acapararon la escena occidental.

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Ucrania sería liberada y lo sería en un corto periodo. Y sí, no solo Estados Unidos, sino toda la Unión Europea han venido destinando diversas partidas presupuestales a Ucrania, como la anunciada en días pasado por el presidente Biden de mil millones de dólares que se suman a una anterior de 350 millones, además del apoyo en material logístico y de defensa proporcionado a través del EUCOM (U.S European Command) países en su mayoría pertenecientes a la OTAN y que se han reunido para trabajar de manera coordinada en cuanto al proceso de entrega de recursos “para garantizar que se utilicen los recursos con la máxima eficacia para apoyar a los ucranianos”.

Las sanciones económicas impuestas por la comunidad internacional doblarían en poco tiempo al país del águila bicéfala, la salida intempestiva de los capitales occidentales de este país, además de la implementación de un conjunto de medidas que tienen por objeto atacar la economía rusa, su acceso a la tecnología y golpear principalmente a los sectores financiero, de energía, transporte, exportaciones y producción militar.

Restricciones de movilidad a la población, el cierre de emisión de sus principales medios informativos, así como de redes sociales, la prohibición del aterrizaje o de paso de aviones rusos sobre espacio europeo, una larga lista de medidas que aseguraban destruir la economía rusa y convertir a Vladimir Putin en el nuevo paria internacional.

Sin duda, un amplio despliegue de propaganda, condenas y mucha pantomima. En un artículo mío, anteriormente escrito y publicado en este medio titulado “Ni fría ni caliente; guerra tibia” (si no lo ha leído, por favor dedíquele unos cuantos minutos) el cual tenía como premisa principal que el conflicto Rusia – Ucrania tenía todas las cartas para prolongarse en el tiempo.

Una premisa que al paso de los días temo se fortalece. Vamos a tomar las cosas con calma. La intención de Rusia al invadir Ucrania siempre fue la de proteger su frontera ante la cercanía de una base militar de la OTAN, fue un reclamo permanente durante 15 años al interior de esta organización. Rusia no tiene intención de acabar con Ucrania, lo hubiera ya hecho. Es claro que no hay ningún tipo de comparación entre el poder militar de ambos países, mientras que Rusia ocupa el segundo lugar en la lista de los ejércitos más poderosos del mundo, solo precedido por los Estados Unidos, con un millón de efectivos, Ucrania ocupa el lugar número 22 con 180 mil hombres. Datos claro, previos al conflicto bélico.

No solo en hombres multiplica el ejército ruso al ucraniano, el primero tiene mil 400 aeronaves de combate, el segundo tiene (o tenía) 200. Podríamos seguir enumerando las grandes diferencias y la poca simetría entre estos dos Estados, pero no es la intención de este artículo.

Lo que nos ocupa es el doble discurso de una OTAN que, a pesar de todas sus sanciones económicas, sus discursos y operativos de apoyo a Ucrania poco o nada ha logrado. La posibilidad de que Rusia salga de territorio ucraniano en el ya no digamos corto, sino mediano plazo, se ve cada vez más lejana. Los préstamos que ha dado a este país ya se encargara de cobrarlos con creces por toda la eternidad.

Y ni qué decir del armamento viejo y caduco que han enviado a Ucrania, armamento únicamente defensivo, nunca de los que entran en la categoría de ofensivo, esta situación obedece principalmente a dos razones, la primera es que las fuerzas armadas ucranianas no tienen la formación ni la capacitación técnica para volar o utilizar naves y equipo más moderno y sofisticado. El mismo presidente Volodímir Zelenski ha dado varios listados sobre el tipo de equipo y aeronaves que solicitan a la comunidad internacional, dejando en claro que su ejército carece de habilidades y conocimientos en artefactos mucho más modernos como con los que sí están muy bien equipados y adiestrados el ejército ruso.

Y la segunda razón obedece sencillamente a que desde los primero días de la “operación especial militar” Putin declaró que estaría muy pendiente del tipo de ayudas que se brindara a Ucrania, advirtiendo que quien proporcionara equipo militar ofensivo contra el ejército ruso sería considerado un potencial enemigo, y como es más que evidente, más allá de las cámaras y las redes sociales, ningún país, léase bien, ninguno, ni Estados Unidos está interesado en entrar en disputa directamente con Rusia.

¿Ah, y sobre las sanciones económicas?

Ignoro si han logrado afectar el crecimiento de este país en los 2 puntos que habían calculado algunas empresas de análisis. Las sanciones más importantes y las que se esperaban pusieran a Rusia de rodillas son las que tiene que ver con la exportación de gas y petróleo de los que Rusia es el principal proveedor para Europa y otros países. Respecto al gas, las exportaciones de Rusia a Europa equivalen a aproximadamente un tercio del comercio mundial.

La principal sanción económica impuesta por Estados Unidos fue la prohibición total a las importaciones de energía rusa, y aunque todos apoyaron en el discurso (nuevamente) la medida, la verdad es que las principales economías europeas que dependen del gas y el petróleo ruso han evitado estas medidas y bajo diversas artimañas siguen comprando energéticos a Moscú y pagándolos en rublos como lo exigió Putin, lo que muestra la división al interior de la UE, pero sobre todo la no convicción de brindar todo su apoyo a Ucrania y mucho menos enemistarse abiertamente con Rusia.

¿Qué quién le sigue comprando energéticos a Rusia? De acuerdo a la agencia Reuters, además de Alemania, Grecia, Italia, Bulgaria, Indonesia, Croacia, Hungría, Eslovaquia, la India y muy posiblemente Holanda quien se ha negado a confirmar si mantiene o no negocios petroleros con el oso euroasiático.

Pero lo que sigue seguramente le sorprenderá aún más.

China, (de quien ya he escrito en diversos artículos) ha hecho a Rusia su principal proveedor de petróleo crudo. Agarre aire antes de leer esto. Solo en mayo de este año, el gigante asiático importó un total de 8,41 millones de toneladas de crudo, 2,98 millones de toneladas más que en el mismo periodo del 2021.

En este momento, Rusia ha desplazado a Arabia Saudita como máximo proveedor de petróleo a China y lo ha colocado en la segunda posición. Mientras tanto, occidente sigue pintando Facebook y Twitter con banderas de Ucrania y Biden jurando que: « el mundo hará que Rusia rinda cuentas».
En fin, la hipocresía.

Breviario cultural

El símbolo oficial de Rusia en la actualidad es un águila bicéfala, animal que aparece en el propio emblema nacional.

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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