Hay algo particularmente irritante, y no menor, en la manera en que la Fiscalía de Chihuahua ha intentado cerrar filas en torno al caso de agentes de la CIA operando en suelo Chihuahuense. No es solo la opacidad habitual, ni siquiera las contradicciones que ya parecen parte del paisaje institucional. Es, más bien, la velocidad con la que pretenden convertir una narrativa incompleta en verdad oficial.
Setenta y dos horas. Ese es el tiempo en el que, según la propia autoridad, se construyó una versión suficientemente sólida como para presentarse ante la opinión pública. En un estado donde las investigaciones de ciudadanos como tú o como yo, como cualquier asunto que te lleve a fiscalía o incluso aquellas donde hay inocentes privados de la libertad, suelen diluirse durante años; la prontitud no se percibe como eficacia, sino como conveniencia.
Porque lo que se ofreció no fue claridad, sino un cierre prematuro: el muerto como único depositario de la verdad.
La idea de —“solo el muerto sabe”— no es un desliz menor ni una torpeza discursiva. Es una definición de postura. Es, en los hechos, renunciar a la obligación de esclarecer para encapsular la duda en alguien que ya no puede hablar. Convertirlo en eje de la narrativa no sólo simplifica el caso; también libera de presión a quienes sí están obligados a rendir cuentas.
Y en ese contexto, la escena política terminó de acomodarse con una precisión que difícilmente puede atribuirse al azar.
Desde la mañanera, Claudia Sheinbaum acotó el terreno: aquí hay responsables y están en dos lugares posibles —la gubernatura o la Fiscalía. Un encuadre que no abrió posibilidades, sino que las delimitó. Y en Chihuahua la respuesta fue casi automática: la gobernadora quedó fuera de la ecuación con una rapidez que dice más de la operación política que de los hallazgos.
No porque se haya demostrado de fondo en cuestión de horas, sino porque era la pieza menos conveniente para sacrificar.
Así, la balanza se inclinó hacia donde el costo era más manejable. La Fiscalía.
Por un lado, la institución descarta la participación de agentes extranjeros en el operativo. Por otro, el propio fiscal, César Jáuregui, presenta su renuncia asumiendo “responsabilidad política” por omisiones procesales. La pregunta queda flotando: ¿qué tipo de omisiones ameritan la salida del titular, pero no alcanzan para poner en duda la versión oficial presentada apenas minutos antes?
Porque ese detalle no es menor.
Los primeros “resultados” del caso —esos que apuntalan la narrativa del muerto como pieza central— se dieron a conocer apenas minutos antes de la renuncia. No después, no como parte de una investigación que se abre con su salida, sino justo antes. Como si fuera necesario dejar sembrada una conclusión antes de que el costo político terminara de materializarse.
La renuncia, en ese sentido, se presenta como un acto de responsabilidad. Pero también funciona como válvula de escape: se asume el desgaste, se promete apertura… y al mismo tiempo se deja instalada una versión que condiciona lo que viene después.
Es una jugada conocida: ceder en la forma para preservar el fondo.
El problema es que, en ese movimiento, se subestima a la ciudadanía. Se apuesta a que la rapidez sustituya a la profundidad, a que una narrativa cerrada inhiba las preguntas incómodas. Se confía en que la figura del “único sabedor” funcione como punto final.
Pero las inconsistencias no desaparecen por decreto.
Queda la contradicción entre descartar tajantemente la participación de agentes extranjeros y, al mismo tiempo, aceptar fallas en el proceso. Queda la ligereza de pretender cerrar un caso complejo en cuestión de días. Y queda, sobre todo, la sensación de que la historia se contó al revés: primero la conclusión, luego —si acaso— la investigación.
En el fondo, la jugada es transparente: proteger lo que sigue, contener el daño inmediato y fijar una versión que parezca suficiente.
La duda es si, esta vez, alguien más está dispuesto a creer que en Chihuahua la verdad cabe en 72 horas… y en el silencio de un muerto.

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.
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