Desde que Estados Unidos anunció que no renovará el T-MEC, el debate se ha dividido en dos extremos. Para unos, la decisión confirma el fracaso de la política exterior mexicana. Para otros, anuncia el principio del fin de la integración económica de Norteamérica. Ambas interpretaciones parten de la misma premisa: que el tratado es el tema central. Yo creo que no lo es.
La verdadera discusión no consiste en determinar si dentro de diez años existirá o no un acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá. La pregunta relevante debe ser más analítica: ¿qué tipo de integración regional surgirá después de esta negociación?
Los mercados parecen haber entendido esa diferencia antes que buena parte de los analistas. Si el anuncio hubiera sido interpretado como el inicio de una ruptura económica, habríamos visto una reacción inmediata en el tipo de cambio, en los mercados financieros y en las decisiones de inversión. Pero no fue así. No es porque el anuncio carezca de importancia, sino porque inversionistas y empresas saben que treinta años de integración productiva no desaparecen con un cambio de administración o con una declaración política.
Las cadenas de suministro que cruzan Norteamérica hoy son mucho más complejas que cuando nació el TLCAN. Se integran de miles de proveedores especializados, procesos de manufactura compartidos, inversiones acumuladas, centros de ingeniería y redes logísticas, todos integrados, lo que las hace extraordinariamente costosas de desmontar. El paradigma de aquel entonces era que los tratados comerciales creaban mercados; y era cierto. Pero tres décadas después ocurre algo distinto: las propias empresas han construido un entramado de relaciones productivas, inversiones e intereses que también sostiene al tratado. Las instituciones hicieron posible la integración; la integración terminó creando nuevas instituciones. En este momento, la política puede modificar incentivos; difícilmente puede borrar décadas de especialización productiva.
En este contexto, la revisión del acuerdo no debería entenderse como un intento por deshacer la integración, sino por redefinirla.
Desde 2016 Donald Trump ha sido consistente en dos objetivos: recuperar empleos manufactureros para Estados Unidos y reducir déficits comerciales considerados estratégicos. Lo razonable es pensar que buscará incorporar esos objetivos en las revisiones anuales, empezando por la de este año. Lo que podría buscar no es necesariamente una ruptura del comercio regional, sino cambios en el tratado que favorezcan sectores específicos y le permitan, en lo político, hablar de compromisos cumplidos, aun y cuando los resultados fueran graduales.
Podríamos seguir teniendo una conversación sigue concentrada en aranceles y acceso a mercados, pero la economía ya cambió. El T-MEC que hoy conocemos fue negociado antes de la irrupción de la inteligencia artificial generativa, de la explosión de los centros de datos y de la creciente competencia tecnológica entre Estados Unidos y China. El acuerdo que eventualmente emerja deberá responder a un contexto completamente distinto, donde la infraestructura digital, los semiconductores, la energía, la ciberseguridad y las cadenas de suministro para tecnologías estratégicas tendrán un peso mucho mayor que hace apenas cinco años.
Esto cambia también la posición de México. Por primera vez en décadas, el país no participa únicamente como plataforma manufacturera de bajo costo. La expansión de infraestructura para inteligencia artificial está fortaleciendo cadenas regionales donde México ya produce componentes electrónicos, sistemas eléctricos, equipo especializado y manufactura avanzada para abastecer al mercado estadounidense.
Si eso cambia, también debe cambiar el enfoque de juego en las revisiones/negociaciones. México no sólo debe preguntarse si exportará más, sino qué funciones logrará capturar dentro de esas nuevas cadenas: ¿seguirá concentrado en el ensamble o avanzará hacia actividades de mayor contenido tecnológico, ingeniería, diseño e innovación? Esa debería ser la agenda mexicana durante los próximos años: definir qué lugar ocupará México dentro de la nueva arquitectura industrial de Norteamérica.
Durante tres décadas el gran objetivo fue integrar mercados. La siguiente etapa será mucho más exigente: construir capacidades para competir en una economía donde el valor ya no depende únicamente de producir, sino de innovar, desarrollar tecnología y controlar funciones estratégicas dentro de las cadenas regionales.
Por eso, quizá el T-MEC no sea el tema. El verdadero tema es la Norteamérica que surgirá después de él. Y, sobre todo, si México llegará a esa negociación con una estrategia para capturar más conocimiento, más innovación y más valor agregado, o si volverá a conformarse con defender un acceso al mercado que, desde hace tiempo, dejó de ser suficiente.
Durante tres décadas el objetivo fue integrar mercados. La siguiente etapa debería redibujar cómo funciona Norteamérica como plataforma industrial y tecnológica. El nuevo acuerdo probablemente ya no se concentrará únicamente en reducir barreras comerciales. También definirá cómo se distribuyen las capacidades estratégicas de la región: infraestructura digital, energía, manufactura avanzada, inteligencia artificial, semiconductores y talento.
Ese cambio obliga también a México a replantear su propia estrategia. No basta con defender las reglas que hicieron exitoso el modelo exportador de las últimas tres décadas. Habrá industrias que enfrentarán una presión creciente para relocalizar parte de sus operaciones en Estados Unidos. Otras perderán dinamismo conforme la automatización transforme las cadenas de valor. Pero también surgirán nuevas oportunidades para capturar funciones de mayor contenido tecnológico. La verdadera pregunta no es qué concesiones obtendrá Estados Unidos, sino qué modelo económico construirá México para competir en esa nueva región.
Es posible que la negociación más importante no ocurrirá alrededor de una mesa en Washington, sino dentro del propio país. En estados como Chihuahua y ciudades como Juárez, donde habrá que decidir cómo transformar décadas de experiencia manufacturera en capacidades de diseño, innovación y desarrollo tecnológico, al tiempo que se construyen nuevas cadenas productivas capaces de absorber el talento que inevitablemente desplazarán las próximas transiciones industriales. Ahí comenzará realmente el siguiente capítulo del T-MEC.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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