El hambre como arma de guerra

Vieja como la misma humanidad, el hambre ha sido un fiel acompañante del hombre desde su aparición en esta tierra. Plasmada a través de los siglos en las crónicas de todas las civilizaciones, las grandes hambrunas son temidas y consideradas uno de los más perniciosos males que puedan aquejar a un individuo o a una población. Lacerante hasta lo más profundo de la dignidad humana, el combate al hambre y el garante mínimo de supervivencia componen la constante lucha por el derecho de existir. 

Pero a pesar del avance tecnológico y el más alto grado que como civilización hemos alcanzado en materia de derechos y protección, el hambre sigue presente en nuestra historia. Harto conocidas son las grandes crisis alimentarias sufridas a todo lo largo y ancho del Magreb y Mashrek africano. Y aunque se superó en gran parte la grave emergencia sufrida en la década de los 80´s en África subsahariana, el hambre tanto en África como en el mundo sigue siendo un tema por resolver. 

De los más de 7 mil millones de personas que vivimos en este mundo, casi 800 millones sufren hambre y más de 2 mil millones están en constante amenaza. De ellos, cuatro países del Saheb (Nigeria, Sudán, Somalia y Yemen) viven amenazados por la falta total de alimentos y con un peligro real de muerte. 

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Las causas de la inseguridad alimentaria en el mundo son de diversa índole, siendo la primera de esta de carácter natural hasta llegar a las de índole política, abarcando el control de la población, control de los recursos, control del mercado y control militar. 

Sequías, catástrofes naturales, cambio climático y sobrepoblación conforman las causas naturales, de las crisis alimentarias, pero existen otras causas que nada tienen que ver con la acción de la naturaleza y son completamente originadas por la acción humana. Estas segundas causas son las que nos ocupan hoy. 

Pobreza estructural, inestabilidad laboral, infraestructura deficiente, desperdicio, conflicto y guerra son las principales acciones humanas generadoras de la insuficiencia alimentaria. El hambre vista como botín, como bandera política, como negocio, como arma. Un arma sumamente barata y letal. 

Las primeras voces alertando sobre una carencia alimenticia en el futuro próximo se escucharon en el 2020, con la aparición de la pandemia por Covid 19. El cierre de centros de trabajo, el largo confinamiento y las muchas reticencias de cientos de miles de trabajadores sobre volver a sus actividades presenciales de tiempo completo eran las razones que señalaban los expertos como causales en un cercano déficit de alimentos a nivel mundial, además de las severas afectaciones por diversas catástrofes naturales y el cambio climático. 

La alerta cayó en saco roto, pero tras los primeros minutos de la incursión militar de Rusia sobre Ucrania, todas las alertas que empezaron a circular en medios occidentales el gran riesgo que esta intervención representaba para garantizar el acceso al alimento para una gran parte del orbe.

Bien es cierto que la producción de grano de Rusia y Ucrania representan el 30% de la producción mundial de trigo y que solo Rusia es el encargado de abastecer al menos a 50 países de trigo, mientras que Ucrania es uno de los principales países exportadores de alimento. Tanto las sanciones económicas impuestas a Rusia, la destrucción de los puertos marítimos de Ucrania, sus principales canales de exportación, así como de sus centros de almacenamiento de grano, pero, sobre todo, ¿cómo cultivar, cosechar, almacenar y exportar cuando el país está siendo bombardeado?

Por supuesto que el conflicto Rusia – Ucrania (léase: OTAN) supone una gran afectación al comercio y distribución de alimento. Por supuesto que esto significa una desestabilización del mercado con el alza al precio del trigo, pero también a los precios del maíz, la soya, el aceite vegetal y de forma muy sentida los fertilizantes indispensables para la producción agrícola en todo el mundo. 

Claro que en un mundo interconectado y globalizado como el actual, toda actividad tiene un impacto. Es perfectamente entendible que haya repercusiones, pero entendiendo que el derecho al alimento se encuentra sujeto a una serie de decisiones de carácter meramente político, este es un buen momento para preguntarse cómo la seguridad alimentaria se convierte en una pieza más del ajedrez que representa la nueva agenda y el nuevo orden internacional que estamos presenciado. 

En artículos anteriores hablamos de la carga ideológica que supone este conflicto y como el renacimiento de dos bloques enfrentados nos lleva a emular una nueva guerra fría, de tonalidad más tibia que otra cosa. La producción se impone, lo que varía y lo que los enfrenta es las condiciones bajo las que se produce, el marco político, ideológico.

Un conflicto marcado por los diversos frentes abiertos, tan importantes cada uno como el que más. Ya no es solo la posición geoestratégica, la capacidad armamentista, militar y nuclear. Sino también la carga mediática, el análisis del discurso y la presión ciudadana. Ahí es donde entra el control de los alimentos como una pieza más de un juego de suma cero. Más que la crisis alimentaria por causa de la propia naturaleza del conflicto Rusia – Ucrania, lo que vemos es una campaña mediática más tendiente a pegar en la percepción pública más que la verdadera vulnerabilidad.

 ¿Qué quiere decir esto? que por sí mismo la situación que se vive hoy en día al interior de la OTAN no es suficiente para poner en jaque la suficiencia alimentaria del planeta, sino que son otros intereses los que motivan a dar esta alerta y culpar solo a Rusia cuando las causas de la mala distribución de los alimentos son multifactoriales. 

Para la Realpolitik el uso del hambre como arma de guerra ha sido utilizada desde tiempos inmemoriales y se sigue utilizando bajo el argumento de su eficacia y bajo costo, a pesar de la inmoralidad que esto supone debemos ser conscientes que la Realpolitik es el discurso dominante de la escena internacional. Si los políticos han hecho sonar todas las alarmas sobre una inminente escasez de alimentos para el 2022, créales. 

Las crisis alimentarias se han convertido en una constante para cientos de millones de personas y lamentablemente pocas veces son atendidas, la hambruna en el mundo se ha convertido en una bandera política que solo se levanta cuando así conviene a ciertos intereses no por una auténtica intención de apoyar mecanismos que garanticen la suficiencia alimenticia de las personas. Si ahora se echa mano de ella y se muestra como aquel que busca asustar a un niño con el cuento del monstruo, es porque el mismo stablishment ha creado las condiciones para frenar la distribución, con el objetivo de implantar una idea, un discurso.

Los gobiernos populistas, autoritarios y la cesión de derechos tanto individuales y colectivos necesitan que la gente esté temerosa y qué mayor temor que la guerra, el hambre. 

 Bajo condiciones de temor y con el principal recurso para la supervivencia amenazado, es fácil implantar un nuevo orden económico y social. En realidad, la escasez de alimento anunciada para este año y el próximo es un arma más para seguir destruyendo el mercado y a las clases medias.

Demostrado está que a pesar de los innegables retos que vive el planeta, la sobrepoblación, la destrucción de tierras de cultivo, escasez de agua y cambio climático, el derecho a la alimentación estaría garantizado para casi el total de la población si no fuera por el terrible desperdicio de alimento. 

Según estimaciones de la FAO, se desperdicia el 40% de alimentos a nivel mundial, solo en México esto es más de 94 kilos de alimento por persona, además del terrible desperdicio de ese alimento que no llega a las mesas de los más necesitados, el impacto medioambiental es mayúsculo, pues ese alimento genera el 10% de los gases de invernadero causantes del calentamiento global. 

Si bien, la naturaleza marca ritmos muy precisos sobre el alimento, la acción humana tiene la capacidad de incidir en la correcta distribución de ellos. Pero es más fácil y barato permitir que millones de personas en el mundo mueran por causas ligadas a la falta de alimentos. Es una manera fácil de someter y controlar a países y ciudadanos, finalmente, una de las maneras más eficaces y económicas para exterminar a millones de seres humanos no son las bombas ni los misiles, el arma más barata y eficaz es el hambre. 

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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