El clásico empate

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México retumbó el sábado 19 de septiembre. No por un terremoto, aunque la fecha inevitablemente nos recuerde que este país también conoce el movimiento de la tierra, sino por algo mucho más cotidiano y, para millones, igualmente capaz de sacudir emociones: América contra Chivas. El Clásico Nacional volvió a ocupar ese lugar que durante algunos años pareció diluirse entre partidos administrados, planteles que especulan y equipos que aprendieron que, en determinadas circunstancias, empatar puede ser un buen negocio. De ahí nació, casi como una ironía futbolística, la idea del clásico empate: un resultado que podía convenirles a los dos clubes, pero que pocas veces satisfacía a quienes hacen posible el espectáculo. Esta vez fue diferente. Esta vez el empate no fue consecuencia de la apatía. Fue consecuencia de un partido que tuvo dos dueños y que, durante noventa minutos, volvió a recordarnos por qué este enfrentamiento sigue siendo el partido más influyente del futbol mexicano.

Recuerdo que cuando íbamos a la universidad, uno de mis mejores amigos era aficionado al América. Yo, por supuesto, estaba del otro lado: Chivas del Guadalajara. Cuando se acercaba el Clásico Nacional había temas que era mejor no tocar, y el futbol era uno de ellos. Preferíamos no hablar demasiado del partido que se avecinaba porque sabíamos que el resultado podía llegar a dolernos. No era simplemente que ganara o perdiera un equipo. Era esa extraña sensación de que durante noventa minutos el amigo podía convertirse en rival. Y cuando finalmente terminaba el partido, después de los reclamos, las burlas o el silencio, él solía mirarme y decirme: “Pareja, clásico empate”. “Pareja”, como se dicen entre sí los policías, tenía en nosotros un significado distinto: era una manera de bajar la tensión, de reconocer que ninguno podía presumir demasiado y, sobre todo, de recordar que antes que americanista o chiva éramos amigos. Aquella frase funcionaba como una pequeña tregua. El futbol podía dividirnos durante noventa minutos, pero el empate nos devolvía a la amistad. Quizá por eso la expresión volvió a mi cabeza el sábado.

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Pero esta vez el clásico empate fue diferente. Chivas dominó la primera mitad. Bryan González abrió el marcador y Ricardo Marín amplió la ventaja antes del descanso. Guadalajara parecía tener el partido bajo control. América, en cambio, parecía buscar respuestas. Las encontró en la segunda parte, cuando Miguel Borja entró y cambió el rumbo del encuentro: primero con una espectacular chilena y después para completar el 2-2. En apenas unos minutos, una noche que parecía rojiblanca se transformó en una noche donde pintaba el azul-crema y el tricolor de Chivas. Eso fue lo verdaderamente interesante: el marcador dice empate, pero el partido contó una historia distinta. Hubo un primer tiempo de Chivas y un segundo tiempo de América. Hubo euforia y después desesperación; hubo silencio y después gritos; hubo aficionados convencidos de que la victoria estaba asegurada y otros descubriendo que todavía podían rescatarla. Los colores rojiblanco y azulcrema pintaron las tribunas y el césped de un estadio que, durante décadas, ha sido escenario de una parte fundamental de nuestra memoria deportiva.

Porque América-Chivas no es solamente un partido. Es una conversación nacional. Es una rivalidad que se hereda, que se discute en las familias, en las universidades, en los trabajos y ahora, inevitablemente, en las redes sociales. Hay partidos que se ven; el Clásico Nacional se conversa. La dimensión de ese fenómeno puede observarse en las audiencias históricas: la edición de 2025 fue reportada con 18.2 millones de espectadores. Todavía no existe una cifra pública definitiva que permita afirmar cuántas personas vieron la edición de 2026, pero el antecedente muestra la magnitud de este encuentro. No estamos frente a un partido cualquiera: estamos frente a uno de los acontecimientos deportivos con mayor capacidad de penetración cultural en México.

Y justamente por eso resulta paradójico que el partido se haya jugado en un estadio que perdió su nombre.

El Estadio Azteca ya no se llama Estadio Azteca.

Hoy, comercialmente, es Estadio Banorte. La operación no es un secreto ni una especulación: Banorte y Grupo Ollamani anunciaron en marzo de 2025 una alianza que incluyó componentes publicitarios y de patrocinio, además de un financiamiento de 2,100 millones de pesos para la modernización del inmueble. Y sí, necesitamos estadios modernos. Necesitamos tecnología, accesibilidad, seguridad, conectividad y mejores condiciones para quienes asisten. El problema comienza cuando confundimos modernización con sustitución de la memoria. Porque el Azteca no era solamente una palabra colocada sobre una fachada, era un símbolo.

Fue inaugurado en 1966 y recibió los Mundiales de 1970 y 1986. En su cancha Pelé levantó la Copa del Mundo con Brasil y Diego Armando Maradona hizo lo propio con Argentina. En 2026 volvió a entrar en la historia mundialista al convertirse en el primer estadio en albergar tres ediciones de una Copa del Mundo. Es decir, México no tenía simplemente un estadio famoso. Tenía un lugar que pertenecía a la memoria colectiva del futbol mundial. Y ahora ese nombre puede comprarse. Ése es el punto que me incomoda.

No cuestiono que una empresa invierta. Cuestiono que aceptemos con tanta facilidad que todo aquello que tiene valor simbólico pueda convertirse en una superficie publicitaria. Porque si un nombre construido durante seis décadas puede sustituirse por el de una marca, ¿qué sigue? ¿qué parte de nuestra memoria estamos dispuestos a entregar a cambio de una operación financiera? El futbol profesional necesita dinero, por supuesto. Pero también necesita identidad. Y ahí aparece otro asunto que me parece todavía más importante: las canteras.

Si queremos que dentro de veinte o treinta años exista un Clásico Nacional capaz de detener conversaciones, dividir familias y llenar estadios, tenemos que preguntarnos de dónde saldrán los futbolistas que lo harán posible. El futuro del futbol mexicano no puede depender únicamente de grandes contrataciones, derechos televisivos, patrocinios y remodelaciones. También depende de formar jóvenes, de fortalecer las fuerzas básicas, de profesionalizar entrenadores y de construir una cultura deportiva que entienda que un jugador no solamente representa un contrato: representa una historia.

América y Chivas tienen, cada uno desde su propia tradición, una responsabilidad enorme. Porque sus rivalidades son rentables precisamente porque antes fueron culturales. El negocio existe porque primero existió la pasión. Y el sábado volvió a existir. Chivas ganó el primer tiempo. América ganó el segundo. Ninguno ganó el partido.

Pero esta vez el empate no fue aquel resultado cómodo que servía para que ambos clubes siguieran adelante sin demasiadas consecuencias. Fue un empate con tensión, con remontada, con euforia, con disforia y con una tribuna que vivió cada minuto como si el marcador fuera una cuestión personal. Por eso, mientras veía lo que ocurría en la cancha, pensé nuevamente en aquel amigo de la universidad.

“Pareja, clásico empate.”

Antes, aquella frase era nuestra manera de regresar a la amistad después de noventa minutos de rivalidad. Hoy la entiendo de otra manera. Quizá eso es lo que todavía puede enseñarnos el futbol: podemos estar en lados distintos, defender colores distintos y querer resultados distintos, pero necesitamos que exista algo que nos permita encontrarnos después del partido. El sábado hubo un clásico empate y qué diferencia entre un empate sin pasión y éste, este empate tuvo historia, tuvo memoria, tuvo futbol y tuvo algo que ningún patrocinador puede comprar completamente: la emoción de pertenecer. El estadio podrá tener otro nombre, pero para millones de mexicanos, seguirá siendo el Azteca, porque hay nombres que pueden cambiarse en una fachada y hay otros que ya forman parte de la memoria.

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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