Queen — These Are the Days of Our Lives (1991)
“Those were the days of our lives.”
Uno nunca sabe que está construyendo un recuerdo mientras lo vive.
Una comida es solamente una comida, una conversación parece tener continuación y un “te quiero mucho” parece una frase más hasta que el tiempo decide convertirla en la última.
Después entendemos que la vida estaba ocurriendo precisamente ahí, mientras nosotros suponíamos que todavía quedaba mucho.
A los tres meses de morir mi padre le pregunté a mi madre cuándo terminaba el dolor.
—No termina —me dijo—. Solo te acostumbras…
El seis de septiembre murió el Licenciado Raúl Ruiz Gómez.
La primera vez que nos vimos me recibió con cierta prudencia, como quien todavía no decide si vale la pena abrir la puerta.
No tardó mucho y cuando lo hizo, entró en mi vida con una generosidad que no conocía medida.
Ese hombre de gran porte que me pasó por la mente que vencería cualquier padecimiento, me enseñó a escribir o quizá algo más difícil: me enseñó a ver la vida para escribirla.
Caminó junto a mis ideales y, alguna vez, me dijo que no lo había hecho antes con nadie ya que decía ver en mí un liderazgo que todavía no consigo descifrar.
Raúl tenía el raro talento de tomarse la vida en serio sin dejar de burlarse de ella, eso estaba en sus columnas: la ironía, el filo, el cinismo elegante, la emoción apareciendo cuando menos se la esperaba.
También estaba en su casa, en la música, en el vino, en aquellas comidas que me presumía con el orgullo de quien sabe que comer bien también puede ser una forma de querer.
Le fue bien, después le fue mal, después volvió a levantarse y quizá ahí estuvo su verdadera victoria: no en volver a ganar en cuestión económica, sino en dar felicidad a todos.
Nos quedaron proyectos, ideas a medio construir, esperando un tiempo que ya no llegará.
Y me quedaron tres palabras, las últimas que me dijo: “Te quiero mucho”. Ahora sé que algunas palabras sobreviven al hombre que las pronuncia y que la ausencia no se vence: se aprende a llevar, como se lleva una cicatriz que uno no quiere borrar porque también demuestra que aquello ocurrió.
En fin, mi madre tenía razón; el dolor se queda, lo que cambia es uno, por eso no voy a despedirme de Raúl como si hubiera terminado todo, simplemente terminó su tiempo, el mío todavía tiene que aprender a vivir sin él.
Y si alguna vez me preguntan qué me dejó, no hablaré de sus libros, ni de sus experiencias institucional, ni de sus columnas, ni de todo aquello que hizo tan bien.
Diré solamente que me dejó su amistad y después diré lo único que todavía me duele decir:
ojalá hubiera llegado antes a su vida porque para quererlo me alcanzó el tiempo para despedirlo, no.

Alfonso Becerra Allen
Abogado corporativo y observador político, experto en estrategias legales y asesoría a liderazgos con visión de futuro. Defensor de la razón y la estrategia, impulsa la exigencia ciudadana como clave para el desarrollo y la transformación social.
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