Las fiestas patrias que acabamos de celebrar me dejaron una reflexión que va más allá del tradicional Grito de Independencia, las banderas y las plazas llenas de mexicanos.
Me llamó la atención comprobar cuánto desconocemos de nuestra propia historia. Recordamos algunos nombres, confundimos otros y muchas veces ignoramos quiénes fueron realmente los hombres y mujeres que participaron en la construcción de la nación que hoy llamamos México.
No basta gritar ¡Viva México! una noche al año. Amar a México también significa conocer su historia, respetar sus instituciones y comportarnos como ciudadanos responsables.
El problema no corresponde exclusivamente a niñas, niños y jóvenes, ni puede atribuirse solamente a maestros y escuelas.
Tenemos un problema de educación como sociedad.
Nuestra Constitución ofrece una visión mucho más amplia de lo que significa educar. El artículo tercero establece que la educación debe basarse en el respeto a la dignidad de las personas y fomentar, entre otros principios, el amor a la patria, el respeto a los derechos y libertades y la cultura de paz.
Por eso educar no consiste únicamente en aprender matemáticas, español, ciencias o historia. Educar también significa aprender a convivir.
Y ahí debemos vernos todos al espejo.
Resulta preocupante observar el deterioro del diálogo público. En las cámaras de diputados y senadores hemos visto cómo algunas diferencias políticas dejan de discutirse mediante argumentos para convertirse en descalificaciones, insultos y confrontaciones.
No importa de qué partido político provengan. La pluralidad y el debate enérgico de las ideas son indispensables en una democracia. El insulto y la falta de respeto no lo son.
Quienes ocupan una responsabilidad pública también educan mediante su ejemplo.
Algo semejante ocurre en algunos medios de comunicación. Palabras que hace algunos años difícilmente hubieran sido pronunciadas frente a un micrófono o una cámara hoy se escuchan con creciente naturalidad en radio, televisión y redes sociales.
No propongo censura. Hablo de algo diferente: no debemos confundir libertad de expresión con empobrecimiento del lenguaje.
Quienes hemos tenido durante años la oportunidad de estar frente a un micrófono tenemos una responsabilidad adicional. Los medios no solamente informan sino que también generan hábitos y construyen referentes.
Pero sería muy cómodo señalar solamente a políticos, funcionarios y comunicadores.
La educación también se demuestra manejando un automóvil.
Nos desesperamos ante un semáforo, ignoramos señalamientos, obstruimos cruceros y, cuando otro automovilista enciende su direccional solicitando incorporarse, muchas veces aceleramos para impedirle el paso.
¿Qué perdemos dejando pasar un automóvil? Probablemente unos cuantos segundos.
¿Qué podemos ganar? Civilidad.
El INEGI, al estudiar la cultura cívica, considera aspectos como nuestras obligaciones, la convivencia, la confianza interpersonal, la participación ciudadana y el respeto a la legalidad.
Ser ciudadano no consiste solamente en tener una credencial para votar. La ciudadanía se practica diariamente cuando respetamos una fila, recogemos nuestra basura, cedemos el paso, cumplimos una norma, aunque nadie nos vigile y tratamos con dignidad a quien piensa diferente.
Por eso tampoco podemos depositar toda la responsabilidad de la educación en las escuelas.
Los primeros educadores seguimos siendo los adultos.
¿De qué sirve pedirle a un niño que respete a sus compañeros si escucha a los adultos insultarse?
¿Cómo enseñarle respeto por la ley si nos observa ignorando un señalamiento de tránsito?
¿Cómo pedirle honestidad si aprende de nosotros que engañar es aceptable mientras nadie nos descubra?
¿Cómo enseñarle amor por México si nosotros mismos desconocemos nuestra historia?
La educación se aprende también en casa, en la calle, en el trabajo y mediante el comportamiento de quienes nos rodean.
Entonces quizá hemos formulado mal la pregunta. No deberíamos preguntarnos solamente:
¿Qué educación están recibiendo nuestros hijos?
También debemos preguntarnos:
¿Qué educación les estamos mostrando los adultos?
Necesitamos recuperar la historia, el civismo, la cortesía, el respeto por las instituciones y, especialmente, el respeto por quienes piensan diferente.
No necesitamos esperar una nueva reforma educativa. Podemos comenzar dejando pasar un automóvil, respetando el semáforo, evitando un insulto, escuchando antes de responder, cuidando nuestra ciudad y hablando correctamente frente a nuestros hijos.
Porque la educación no termina cuando salimos de la escuela.
La verdadera educación comienza cuando nadie nos está calificando ni vigilando.
Quizá México no necesite solamente mejores alumnos.
México necesita que todos volvamos a educarnos.

Héctor Molinar Apodaca
Facilitador Privado #24
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.
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