En Ciudad Juárez parece repetirse el mismo procedimiento cada vez que llueve: aparecen los encharcamientos, se cierran vialidades, se forman hundimientos y después comienzan las reparaciones. Durante algunos días el problema ocupa la conversación pública, pero una vez que se restablece la circulación dejamos de hablar de lo que realmente importa: las condiciones de la infraestructura que permanece debajo de nuestras calles.
Esta semana, seis vehículos resultaron afectados por un socavón en el bulevar Juan Pablo II, cerca de la avenida Rafael Pérez Serna. Cinco conductores pudieron continuar su recorrido después de sufrir daños en sus neumáticos, mientras que una camioneta quedó atrapada y tuvo que ser remolcada. No hubo personas lesionadas, pero el incidente mostró el riesgo al que puede enfrentarse cualquier automovilista sin previo aviso.
La Junta Municipal de Agua y Saneamiento explicó que el hundimiento fue provocado por el colapso de una tubería de drenaje antigua. Después de revisar la zona, se determinó sustituir alrededor de 18 metros de tubería de concreto que ya había cumplido su vida útil. La lluvia aumentó la cantidad de agua dentro de una red que no fue diseñada para funcionar como drenaje pluvial y terminó por agravar el daño.
El punto no es negar que las precipitaciones fueron intensas. Tampoco se trata de responsabilizar automáticamente a una sola dependencia. Las cuadrillas de la JMAS trabajaron durante horas para sustituir la tubería y reabrir la vialidad, y el organismo anunció que su seguro cubrirá los daños de los vehículos involucrados. Esa respuesta debe reconocerse.Pero atender una emergencia no es lo mismo que prevenirla.
Durante los mismos días también se reportaron hundimientos en la avenida Vicente Guerrero, en el cruce de Ricardo León y Valentín Fuentes, así como en calles de las colonias Partido Romero y Bellavista. Además, en octubre de 2025, después de otro periodo de lluvias, se contabilizaron siete socavones en diferentes puntos de la ciudad.
Por lo tanto, no estamos frente a un hecho aislado ni completamente imprevisible. Existen antecedentes, zonas vulnerables y tuberías que han llegado al final de su vida útil. Las lluvias no son las únicas responsables; también influyen el envejecimiento de la red, la falta de infraestructura pluvial suficiente y el crecimiento urbano acumulado durante décadas.
Juárez se ha expandido con rapidez, pero sus servicios no siempre han avanzado al mismo ritmo. Se construyen fraccionamientos, vialidades y espacios comerciales, mientras una parte de la infraestructura subterránea continúa operando bajo condiciones para las cuales no fue diseñada. El resultado se vuelve evidente durante cada temporada de lluvias.
El Gobierno Municipal anunció un estudio técnico para atender los encharcamientos que han comenzado a presentarse en distintos puntos del bulevar Juan Pablo II y Cuatro Siglos, incluso en lugares donde antes no ocurrían. También se ha planteado la posibilidad de construir pozos de absorción y mejorar la limpieza preventiva de los sistemas pluviales existentes.
Es una decisión necesaria, pero el análisis tendría que extenderse a otras zonas de la ciudad. No deberíamos esperar a que se abra otro socavón para conocer las condiciones de las tuberías. Juárez necesita un diagnóstico completo de sus colectores, un registro de su antigüedad y un programa gradual de sustitución que permita atender primero los tramos que representan mayor riesgo.
Ese programa también debería ser público. La ciudadanía tenemos derecho a conocer dónde están las zonas vulnerables, cuánto se invertirá y cuáles son los plazos de atención. La prevención no solo requiere presupuesto, sino también planeación, coordinación y transparencia.
El Municipio y la JMAS tienen responsabilidades distintas, pero el problema exige que trabajen de manera conjunta. No sirve reparar el drenaje si el manejo del agua pluvial continúa siendo insuficiente, ni rehabilitar el pavimento sin revisar previamente lo que existe debajo.
Por supuesto que nosotros como ciudadanos también debemos evitar tirar basura, bloquear desagües o abrir alcantarillas durante las tormentas. Pero no podemos reducir una deficiencia estructural a la falta de cultura de los habitantes. Mantener limpias las calles ayuda, aunque no sustituye una tubería deteriorada ni una obra pluvial pendiente.
La lluvia volverá y probablemente volverán también los cierres y encharcamientos. Lo que no debería repetirse es la falta de prevención. Una ciudad no puede limitarse a reparar cada daño después de que ocurre. También debe identificar los riesgos y actuar antes de que una falla ponga en peligro a sus habitantes.

Karina Villegas
Activista social, licenciada en Administración de Empresas por el ITCJ y emprendedora con enfoque humano. Cree firmemente en que la participación ciudadana transforma realidades. Desde cada espacio que ocupa, impulsa causas que fortalecen la voz colectiva y la construcción de comunidad con visión solidaria y acción constante.
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